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Fernando Muñoz, el taranconero que conquistó a María Cristina

Son dos de los protagonistas del nuevo ensayo novelado del historiador y cronista oficial Miguel Romero

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Foto: Saúl García
31/12/2019 · Gorka Díez

María Cristina de Borbón, reina de España entre los años 1829 y 1840, accedió al trono gracias a su enlace matrimonial con Fernando VII, que con ella consiguió la descendencia que hasta entonces había buscado sin éxito en sus tres matrimonios anteriores: de su unión nacieron la que sería Isabel II y la infanta María Luisa Fernanda. Sin embargo, fueron ocho más los hijos que, tras la prematura muerte del monarca en 1833, María Cristina dio a luz, todos engendrados con un amante conquense que con los años sería su marido: el taranconero Fernando Muñoz, al que conoció como guardia de la corte real.

María Cristina y Fernando Muñoz son dos de los protagonistas del libro número 41 en la trayectoria del historiador y cronista oficial de Cuenca Miguel Romero, el ensayo novelado Voluntades y Pasiones en la España del siglo XIX. María Cristina de Borbón e Isabel II, reinas de corazones, publicado por la editorial Infante y presentado esta semana en el Teatro-Auditorio.

Fernando Muñoz, cuenta Romero, era hijo de una estanquera de Tarancón, un hombre alto y apuesto que habría ingresado en el cuerpo de la llamada guardia de corps por los contactos que su abuela tenía en la Casa Real y del que la regente se habría enamorado y con quien mantuvo una relación a escondidas durante cinco años. Pasado ese tiempo la hizo pública y se exilió en París, donde logró que se le reconociera su matrimonio morganático, entre una noble aristócrata real y un hombre de clase popular.

“María Cristina de Borbón se quedó viuda muy joven, con 38 años, y como regente del reino al tener su hija primogénita tan solo tres años. Era joven y voluptuosa y el amor puede tocar a la puerta de cualquiera. Se enamora de Fernando pero no puede mantener relaciones porque se lo prohíben las cortes y su propia calidad de regente. Los hijos que va engendrando se los entrega a diferentes familias, y al descubrirse su relación el pueblo español le hará marcharse al exilio, donde se casa con autorización papal una vez que Isabel II es mayor de edad. Aunque a partir de entonces tendrá que buscarse la vida porque se queda sin recursos al tener que dejarlo todo a sus dos hijas tenidas con Fernando VIII”.

En esa “búsqueda” del sustento económico entrará en liza algo tan común en estos últimos años, la corrupción, pues Muñoz, que recibe el título de duque de Riánsares y logra títulos semejantes para sus dos hermanos, hará negocio junto a ellos y el marques de Salamanca a través de una serie de “entramados” ligados a la llegada del ferrocarril a España. Hasta se vio inmerso en una venta de armas para la revolución polaca.

Aunque no lo consigue, el duque de Riánsares quiere incluso hacer valer su posición para colocar a uno de sus hijos de emperador en Ecuador, con un trabajo y un jornal asegurado. Y una de sus hijas, Amparo Muñoz, llegó a casarse con el príncipe polaco Ladislao Czartoryski. En una visita a Cracovia Romero logró un material inédito que incluye en el libro: las cartas que Amparo intercambió con su madre, María Cristina, y con su hermanastra Isabel II en los preludios de la primera guerra mundial.

En su ensayo, Romero tampoco pasa por alto que, al ser la ansiada descendencia de Fernando VII solo femenina, esto llevó al monarca a modificar, unilateralmente, la llamada Ley Sálica que restringía la sucesión monárquica a los varones. Un cambio que generó las guerras carlistas entre los partidarios de la hija primogénita de Fernando VII y María Cristina de Borbón y quienes respaldaban como nuevo monarca al hermano de Fernando VIII, Carlos María Isidro de Borbón; a su vez una lucha entre liberales y conservadores y germen de la división de España en dos mitades que, pese al tiempo transcurrido, las guerras y los periodos de República, la dictadura y la actual monarquía parlamentaria, aún persiste.

La regencia de Isabel II no sería nada fácil, pues, a las guerras carlistas, que siendo ella conservadora le obligaron a gobernar con el respaldo de los liberales, hay que sumar su casamiento con un primo hermano homosexual, Francisco de Asís de Borbón, condición que “genera conflictos en la corona y dimes y diretes en el pueblo español, sobre todo en las tabernas, con muchas canciones”.

Una época en la que según Romero persistió el analfabetismo y surge además el “caciquismo político” que se prolongaría hasta el franquismo “y casi aún está”. Tiempos en los que también se produjo la desamortización de Mendizábal, que propició la expropiación a la iglesia de tierras en desuso y en los que, pese a todo, se aprobaron constituciones moderadas y se celebraron las primeras elecciones. “Solo votaba el que tenía cierto dinero, pero, aunque falsa, ya hay democracia”.

Conquenses con influencia

Miguel Romero explica que se adentró en esta época de la historia de España porque, como historiador, se considera “un enamorado” del siglo XIX, un periodo “muy complejo y convulso, con muchos cambios de gobierno, enfrentamientos ideológicos, guerras civiles y confusión” en el que Cuenca tuvo además un gran protagonismo al aportar una serie de “personajes políticos, tanto liberales como conservadores absolutistas, de alta trascendencia”, pues a Fernando Muñoz hay que añadir Fermín Caballero, ministro de la gobernación, ilustrado y liberal nacido en Barajas de Melo con quien Muñoz tiene un grave enfrentamiento; Mateo Miguel Ayllón, ministro durante la regencia de María Cristina y de Espartero; o Sor Patrocinio, también conocida como la monja de las Yagas, mujer natural de San Clemente que fue confesora de Isabel II y tuvo mucha influencia en la corte. A ello hay que añadir la aparición del balneario de Solán de Cabras, adonde Fernando VII y su tercera esposa acuden en busca de la fertilidad.

Como es habitual en Romero, todo está contado en forma de ensayo novelado y tratando de llegar a todo tipo de público. “No sé escribir novelas ni me lo he propuesto como tal, pero sí que procuro dar datos sin perder el rigor científico pero con un lenguaje lo más coloquial que pueda, contando acciones curiosas y anécdotas que hagan al lector entrar en los personajes”.

El libro cuenta además con el aliciente de estar prologado por la escritora Carmen Posadas, que no acostumbra a aceptar este tipo de encargos y le ofreció a Romero algunos consejos para que el libro tuviera más continuidad y se centrara en sus historias principales.

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