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Cuando la improvisación es sinónimo de vida

La catedral de Cuenca celebró el concierto número 6 del programa Música en la Catedral bajo el título Improvisaciones a dos órganos, a cargo de Juan de la Rubia y Monica Melcova.

Cuando la improvisación es sinónimo de vida
Fotos:Gustavo Villalba
27/9/2020 · Jose An. Montero

No andaba Johann W. Goethe muy desencaminado cuando decía aquello de que el viaje más apasionante es aquel que se emprende sin saber adónde ir. Aunque, como dicen los ingleses cuando desean a alguien que viva tiempos interesantes, no queda muy claro si estamos ante una maldición o una bendición. Tiempos apasionantes en los que estamos aprendiendo a volver a la rutina en mitad de la tempestad. Rutina e improvisación, dos palabras ambiguas, que en el concierto número 6 del ciclo Música en la Catedral tuvieron aroma de bendición.

Con el otoño ya caído y mirando de frente a lo que será sin duda un largo invierno, la cita mensual con este ciclo musical se antoja como uno de los grandes oasis donde ojalá podamos refugiarnos. La maravillosa rutina invernal de subir a la Catedral de Cuenca a disfrutar juntos de la música al menos una vez al mes. Fue éste el primer concierto del ciclo que comenzaba con la noche ya bien caída y el viento trayendo el anuncio de los próximos fríos, razones que no fueron suficiente contrapeso para que la Catedral volviera a lucir una sobresaliente, aunque distanciada, asistencia.

Con una página en blanco como programa, el dúo de órganos de la Catedral se puso en manos de Monica Melcova y Juan de la Rubia para ofrecer un concierto de improvisaciones a dúo. La profesora de improvisación del Centro Superior de Música del País Vasco (Musikene) y el organista titular de la Sagrada Familia de Barcelona, unidos a la maravillosa amplitud sonora de los órganos mayores de la Catedral construidos en el siglo XVIII por Julián de la Orden, hicieron más cierta que nunca la cita del gran improvisador Stephen Nach­­manovitch. Ningún momento volverá a repetirse de la misma manera. Ahí precisamente reside la belleza de la improvisación musical. La música que sonó esta noche en la Catedral de Cuenca no volverá a sonar en la historia del universo. Y si además, los intérpretes, los instrumentos, el espacio, el momento histórico, el público y tantos otros elementos se alinean, surgen destellos únicos de belleza.

Con un programa base decidido tras días previos de trabajo y desconocido previamente por el público, Monica Melcova y Juan de la Rubia iniciaron la velada con la delicadeza de la música minimal, para ir progresando hacia un intercambio de melodías que servían de base para la improvisación del amistoso contrario, pasando por improvisaciones sobre Brahms, un concierto con inspiración de Händel, para concluir en una maravillosa batalla de órganos. Un concierto que fue desde la extemporización, utilizando la denominación de Vicenzo Caporaletti, de las primeras piezas en las que se reelaboraron elementos existentes, hasta la improvisación final en la que todo el material era original.

Un recital de una hora en el que los intérpretes formaron un todo con los órganos de tubos de la Catedral de Cuenca y en el que, además de disfrutar del programa musical, las cámaras instaladas junto a los intérpretes, permitieron seguir sus evoluciones y disfrutar con la belleza plástica, casi de ballet, en los cambios de registro de Monica Melcova, de la elegancia de la interpretación de Juan de la Rubia o de la complicidad de sus gestos a través del juego de espejos que conectaba sus miradas. Una celebración de la vida.

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