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De las cintas de Bach a los órganos de la Catedral

El organista de la Catedral, Carlos Arturo Guerra Parra, repasa su trayectoria profesional y el patrimonio musical de Cuenca
Foto: Saúl García
01/11/2026 - Eduardo M. Crespo

La historia de Carlos Arturo Guerra Parra empezó en Belmonte mientras, siendo un niño, escuchaba una y otra vez unas cintas de casete de Johann Sebastian Bach. Aquellas piezas de órgano, corales, fugas y preludios, junto con la restauración del órgano de su pueblo, fueron el prólogo de una pasión por la música y por un instrumento que marcaría tanto su vida profesional como personal. Casado con la también organista Lucie Žáková, Guerra Parra es el organista titular de la Catedral de Cuenca desde hace casi una década y profesor en el Conservatorio Arturo Soria de Madrid.

“Eran cintas y las escuchaba una y otra vez, yo solo en casa. Me gustaban muchísimo, me las sabía de memoria”, recuerda. En aquel Belmonte no tenía dónde estudiar música. La recuperación del órgano, restaurado en 1991, abrió una puerta para aquel adolescente que entonces era monaguillo. Lo que escuchaba en los casetes tenía ante él una forma concreta: “Este es el instrumento con el que se hace esto. Para mí era maravilloso”.

El párroco Luis Andújar, los organeros del taller Desmottes y los intérpretes que llegaban al pueblo alimentaron su curiosidad. Comenzó de manera autodidacta, recibió clases particulares de piano en Cuenca y, hacia los diecinueve años, ingresó en el conservatorio. Antes de la formación reglada ya tenía claro qué instrumento le interesaba.

Hoy, sentado ante los órganos de la Catedral, aquella fascinación convive con la responsabilidad. “Ser organista de un buen lugar y un buen instrumento es algo que a cualquier organista le honra”, afirma. Su cometido incluye estar pendiente de su estado y organizar actividades culturales junto al templo y a su mujer. Lo considera “un punto de riqueza personal muy grande” y un honor.

Su vínculo con estos instrumentos precede a su nombramiento como titular. Ya los tocó tras las restauraciones de 2006 y 2009. Los dos órganos del coro, construidos en 1770, son obra de Julián de la Orden, natural de Barchín del Hoyo. Surgieron después de un incendio que dañó los anteriores y fueron, explica, instrumentos de extraordinaria calidad para su época. Su prestigio llevó a la Catedral de Málaga a encargar al mismo organero otros dos todavía mayores.

“Representan la culminación de la organería castellana”, sostiene Guerra Parra. A ese valor se suma su concepción como órganos gemelos: “Están pensados para ser tocados por dos organistas al mismo tiempo”. Aunque presentan diferencias internas, comparten una apariencia y una sonoridad muy similares.

Ese diálogo tiene también una memoria escrita. El archivo catedralicio conserva una treintena de obras para ambos instrumentos, compuestas especialmente durante el siglo XIX. Carlos Arturo y Lucie trabajan para recuperarlas y devolverlas al público. “De vez en cuando tocamos obras escritas que desempolvamos del archivo y las tocamos. Hay muchas cosas por hacer y por rescatar”.

La recuperación permite escuchar una música vinculada a estos instrumentos y a quienes los tocaron antes. Para el matrimonio, las partituras del archivo son parte de un patrimonio que merece volver a sonar.

 

ÓRGANOS EN LA PROVINCIA

La mirada se vuelve más dolorosa cuando Guerra Parra recorre el patrimonio provincial. Según explica, hubo un tiempo en que era raro encontrar una iglesia o un convento sin órgano. La guerra y la posguerra cambiaron ese paisaje. Con cautela, señala que no conoce otros instrumentos de la provincia que hayan conservado su material histórico como los de la Catedral, aunque, dice, “podría existir alguna excepción”.

Los que suenan hoy en Belmonte, Villaescusa de Haro, Villar del Maestre, Villar de Cañas o Cardenete son, explica, reconstrucciones que “aprovecharon cajas u otros elementos conservados”. Todavía quedan estructuras vacías esperando una recuperación. En otros lugares desaparecieron incluso esas huellas. “Nadie pensaba que se fuera a restaurar ningún instrumento”, explica sobre la posguerra, cuando la necesidad llevó a reutilizar las maderas, también como leña. Durante la contienda, añade, el plomo y el estaño de los tubos eran materiales valiosos.

Frente a esas pérdidas, hacer sonar los instrumentos permite compartir su riqueza.