Miles de libros y una pasión llamada Cuenca
Antonio Rodríguez Saiz sostiene entre sus manos el primer libro que compró de joven: ‘Guía Larrañaga’ de Cuenca, de 1929. Lo conserva con el cariño de quien reconoce en un objeto una parte importante de su vida. Después llegaron miles de libros más, tantos que han acabado repartidos entre distintas estancias de dos viviendas y un generoso trastero. Y no, nunca los ha contado. “No he tenido tampoco interés en saber cuántos libros tengo”, nos dice. Le ha ocupado mucho más tiempo el buscarlos, leerlos y, en muchas ocasiones, volver a ellos.
Con motivo del Día de las Bibliotecas, el profesor y escritor conquense nos abre las puertas de ese universo personal construido pacientemente durante décadas. Cercano, metódico y con sentido del humor, Rodríguez Saiz habla de sus lecturas favoritas, de los maestros que dejaron huella y de las búsquedas en librerías de viejo de Madrid y Valencia.
Cuenca ocupa una sala entera perfectamente ordenada, donde los libros, las fotografías, los archivos personales, las llaves antiguas, la colección de llaveros, los relojes, las cintas de música, los mapas de la provincia, los cuadros, los carteles y los recortes de prensa conviven con decenas de poemas impresos y colgados por doquier. Una memoria reunida poco a poco, clasificada por temas, autores y pueblos, que ha alimentado su trabajo como investigador y divulgador.
Nacido en el barrio de Los Moralejos en 1942, en el mismo barrio que su madre, Rodríguez Saiz atribuye su pasión por la historia local a José Niño Astudillo, maestro de maestros. De él aprendió a mirar el pasado y recibió enseñanzas como la responsabilidad, la puntualidad y el cariño por la lectura. “A mí me dejó una gran impresión la figura de don José”, recuerda.
En su casa de la infancia, nos cuenta, no había libros. Su abuelo paterno, también llamado Antonio Rodríguez y maestro de profesión, había reunido una buena colección, pero murió al comienzo de la Guerra Civil y aquellos fondos desaparecieron. Para leer, el joven Antonio acudía a la biblioteca Fermín Caballero. También recuerda las lecturas que su profesor de latín, Fidel Cardete, compartía en clase.
Cuando empezó a ganar dinero pudo formar su propia biblioteca, “aunque los destinos docentes y las mudanzas complicaban la tarea”. Ejerció durante 42 años y fue reuniendo títulos de historia, clásicos y publicaciones conquenses. A las compras se sumaron regalos y libros procedentes de la familia de su mujer.
Conseguir determinados ejemplares exigía paciencia. Recorría librerías, recibía catálogos y mantenía contacto con un librero de Girona que le escribía cuando encontraba algo de Cuenca. En algunos establecimientos descubría que otros coleccionistas llevaban ventaja: antes avisaban a Fernando Zóbel y a otros compradores habituales.
La biblioteca privada de Antonio Rodríguez Saiz siempre ha estado muy viva. De hecho, el profesor consulta constantemente, relee muchos de sus libros y contrasta datos. Desde 1984 ha investigado en el Archivo Municipal de Cuenca, fuente de buena parte de sus escritos, y agradece el trato recibido tanto allí como en el Archivo Histórico y el de Diputación. De esa dedicación han nacido libros, artículos, conferencias y una página web donde comparte sus trabajos. Uno de sus numerosos libros, ‘Cuenca en el Recuerdo’, se editó en 1988 y fue el más vendido de la Feria del Libro de aquel año.
El papel tiene para él un valor insustituible. Necesita mirar y tocar los libros, detenerse y regresar a sus páginas. “Yo el libro lo tengo que saborear”, subraya. A su juicio, leer es algo necesario que nos aporta conocimiento, entretenimiento y respuestas, pero también preguntas: “La lectura es el camino necesario y fundamental para el bienestar de una persona y de la sociedad. No concibo a personas sin leer. Me parece que es algo fundamental y, como he dicho antes, necesario. Por eso, todas las manifestaciones que se hacen a favor del libro, a favor de la lectura, pues es un enriquecimiento”.
Le preguntamos por el futuro de tantos libros. Y sí, dice que es un asunto que le ha preocupado, aunque ahora prefiere, por encima de todo, disfrutarlos. Le gustaría que los conservaran sus hijos y nietos, consciente de que las viviendas actuales dejan poco espacio para ello. Entre bromas, lanza una recomendación a los suyos: si algún día se desprenden de esos ejemplares dedicados a él, que rompan antes la dedicatoria porque “duele encontrar libros con dedicatorias y anotaciones personales arrinconados y vendidos a peso”.
De momento, sigue disfrutando de sus libros, con lecturas que repasa, fichas pendientes de archivar y miles de páginas a las que volver.