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Especial Semana Santa 2020

Chirimías, sacabuches y ministriles en la Catedral de Cuenca

'Ministriles de Marsias', junto al organista Javier Artigas, protagoniza el quinto concierto del programa 'Música en la Catedral'

Chirimías, sacabuches y ministriles en la Catedral de Cuenca
13/9/2020 · José An. Montero

Hay quien dice que la vida es eso que pasa entre dos procesiones. Una de entrada y otra de salida. En medio, todo lo demás. Tientos y jerigonzas. Oraciones y folías. El quinto concierto del ciclo "Música en la Catedral" discurrió también entre dos procesiones. Una de entrada y otra de salida. En medio, doscientos cincuenta años de tradición musical de ministriles, un concepto que denomina a los instrumentos de viento que se tocaban en las capillas de iglesias y catedrales desde el siglo XV.

Fue un concierto cargado de simbolismo, pues si la vida hubiera discurrido por los derroteros previstos en lugar de ir desbocada, ayer hubiéramos celebrado la recreación histórica de la conquista de Cuenca y la Plaza Mayor habría vuelto a ser habitada por personajes históricos, caballos y mercados medievales. La pandemia lo suspendió todo y en la programación cultural de la ciudad apenas ha sobrevivido el ciclo de "Música en la Catedral", que ha tenido que reducir drásticamente el aforo, extremar al máximo las medidas de seguridad y poner a todo su equipo humano a trabajar un paso por delante para prever cualquier posible incidencia. Un concierto que, como viene siendo habitual, completó las localidades disponibles y que tuvo como invitado al conquense Monseñor Andrés Carrascosa Coso, designado en 2017 por el Papa Francisco como Nuncio Apostólico de Ecuador.

Con el excelso Arco de Jamete de fondo, el programa presentado por los "Ministriles de Marsias" en la Catedral de Cuenca comenzó su recorrido procesional en torno a mil quinientos diez con una partitura tallada en un relieve de una silla del coro de la Catedral de Burgos. Cuatro compases que repetidos evocaron el nacimiento de esta tradición musical y que fueron capaces de eliminar simbólicamente la estricta distancia social establecida por la normativa sanitaria. Maravilloso poder el que ejerce la música sobre el ser humano, aún cuando ésta provenga de un pasado remoto o esté ejecutada por instrumentos modestos y extintos como la chirimía, la corneta, el sacabuche o el bajón.

Con los bancos dispuestos hacia la nave del Evangelio, el recién recuperado Ecce Homo de piedra presidió el concierto. Una escultura mutilada de nariz y brazos por los avatares de la historia, hermanándola en cierto modo con el arte clásico, al mismo tiempo que acentúa el sufrimiento de la Pasión. La acertada iluminación nadir o contrapicada del Arco de Jamete realza la figura de este Ecce Homo y subraya su papel como interlocutor entre los humanos y Dios Padre situado casi en la clave del Arco. Una figura de la que apenas percibimos la poderosa sombra de su mano bendiciendo gracias a la citada luz nadir.

Un diálogo entre la tradición clásica y la tradición católica del Ecce Homo que por azares del programa, aunque hay quien dice que las casualidades no existen, también forma parte de la denominación de los ministriles protagonistas del programa, evocando en su nombre al sátiro Marsias, capaz de desafiar a Apolo en un concurso musical. Un desafío que tuvo a las Musas como juezas y que el sátiro pagó con su vida, siendo desollado vivo tras ser derrotado por Apolo que acompañó su lira con su voz. Marsias protestó, pero el dios griego replicó que Marsias soplaba en su flauta, lo que venía a ser lo mismo.

Un papel de interlocución entre lo humano y lo divino que tan bien representaron los ministriles durante sus siglos de pervivencia, introduciendo en los templos el alboroto de las músicas profanas, al mismo tiempo que arropaban la solemnidad del órgano.

Distintas fuentes de inspiración que tuvieron reflejo en el programa de ayer de los "Ministriles de Marsias", que por la similitud tímbrica de sus instrumentos se transmutaban de alegres niños bailando y saltando a un coro de ángeles acompañando a uno de los majestuosos órganos de la Catedral de Cuenca.

Desde procesiones hasta bailes, o la solemnidad de las composiciones de Antonio de Cabezón, que tampoco pudo resistirse a la plasticidad de los ministriles, el programa fue un menú degustación de las posibilidades de estos instrumentos de caña y boquilla que habitaron las capillas hasta bien entrado el siglo XIX y que en la actualidad, algunos especialistas como el músico estadounidente Christian P. De Villiers, han pedido recuperar para la Catedral de Toledo.

Y como la vida, el concierto pasó entre dos procesiones. Si en la de entrada el bullicio de la Plaza Mayor mostraba su parte más despreocupada a pesar de las mascarillas, a la salida un corte de tráfico que anunciaba un grave accidente de motos en la calle de San Pedro enmudeció el Casco Antiguo. En medio, la vida. Bella como la música de un ministril, cruel como una pandemia.

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