Hay melodías que dejaron de escucharse hace siglos, voces que se apagaron con el paso del tiempo y composiciones que, pese a haber formado parte de las grandes celebraciones religiosas de Cuenca, hoy resultan prácticamente desconocidas. Sin embargo, buena parte de aquella música continúa ahí, escrita sobre pergaminos y partituras que custodia el Archivo del Cabildo de la Catedral de Cuenca. Un patrimonio que permite conocer no solo cómo sonaba el templo en otras épocas, sino también cómo era la vida de quienes dedicaban buena parte de sus jornadas a cantar entre sus muros.
Con motivo del Día Mundial de las Catedrales, que se celebra el lunes 19 de octubre, Las Noticias de Cuenca vuelve a adentrarse en uno de los espacios menos conocidos de la Seo conquense. En esta ocasión, de la mano del archivero del Cabildo, Ángel Martínez Catalán, el recorrido se detiene en una de las grandes riquezas documentales que alberga la institución: su archivo musical.
Entre sus fondos se conservan cerca de 200 cantorales, algunos de ellos con varios siglos de antigüedad, además de una importante colección de partituras que abarca especialmente los siglos XVII y XVIII. Obras compuestas para acompañar las misas, solemnizar las festividades religiosas o rendir homenaje a figuras tan vinculadas a Cuenca como San Julián.
"Los siglos fuertes de la música aquí son el XVII y el XVIII", explica Martínez Catalán, quien detalla que la documentación permite conocer la enorme importancia que tenía la música en la vida cotidiana de la Catedral.
HASTA 30 KILOS DE PESO
Uno de los elementos más llamativos de este patrimonio son los grandes cantorales, libros manuscritos que podían alcanzar entre 20 y 30 kilos de peso y cuyas páginas estaban elaboradas con pergamino de piel animal.
Sus dimensiones no respondían a una cuestión ornamental, sino a una necesidad práctica. En una época en la que elaborar un libro suponía un importante esfuerzo económico y material, resultaba más sencillo confeccionar un único volumen de grandes dimensiones que numerosas copias para cada uno de los integrantes del coro.
"Se ponía en el centro, en el atril que se llama facistol", explica el archivero. De esta manera, los canónigos podían seguir las letras y las notas musicales desde sus respectivos asientos.
Las páginas, escritas a mano y decoradas en ocasiones con grandes letras iniciales, dan buena cuenta del trabajo que había detrás de cada ejemplar. Martínez Catalán muestra uno especialmente singular, fechado en 1587, cuyas primeras hojas presentan una cuidada ornamentación relacionada con las antífonas de las conocidas como Vísperas de la O, propias del tiempo de Adviento.
Las grandes letras, los dibujos y los colores convierten estos libros en auténticas obras artísticas. Sin embargo, su principal cometido era mucho más cotidiano: permitir que los integrantes del Cabildo interpretaran los cantos correspondientes a los distintos oficios religiosos.
El archivero explica que buena parte de aquellos repertorios respondía al denominado canto llano o gregoriano, caracterizado por una única línea melódica. Con el paso del tiempo, especialmente durante la Edad Moderna, fueron ganando presencia las composiciones polifónicas y el acompañamiento instrumental.
Así, junto a las grandes voces del coro comenzaron a cobrar protagonismo los órganos y otros instrumentos, dando lugar a interpretaciones mucho más elaboradas, especialmente durante las misas solemnes.
VILLANCICOS Y MÚSICA DE SEMANA SANTA
La riqueza musical del archivo va mucho más allá de los cantorales. Entre sus estanterías se conserva una extensa colección de partituras que permite reconstruir parte de la actividad musical que tuvo la Catedral durante siglos.
Martínez Catalán muestra el catálogo de estos fondos, donde aparecen misas con y sin orquesta, motetes, salves, letanías, himnos, composiciones dedicadas a la Virgen, oficios de difuntos y numerosas obras vinculadas a la Semana Santa.
También destacan las piezas dedicadas a San Julián, algunas de ellas bajo la denominación de villancicos, un género que entonces no estaba limitado a las celebraciones navideñas.
Entre los documentos aparece una composición de Cayetano Echeverría, identificado como maestro del Pilar, cuya letra hace referencia al "espumoso Júcar". Una alusión al río conquense que permite imaginar cómo la música religiosa también incorporaba referencias al entorno de la ciudad.
El archivero muestra las distintas partes de la composición, distribuidas entre las voces y los instrumentos. Aparecen las correspondientes a los cantantes, pero también las destinadas a violines y trompas, reflejo de la complejidad que podían alcanzar aquellas interpretaciones.
La obra cuenta, además, con una transcripción moderna realizada por el músico e investigador Fernando Cabañas, que permite trasladar aquella antigua escritura musical a una notación que facilite su interpretación actual.
Y es que, aunque buena parte de este repertorio apenas se escucha hoy, no ha caído en el olvido para los especialistas. Martínez Catalán explica que la sección musical es una de las más consultadas por investigadores y musicólogos, algunos procedentes incluso de otros países.
"Hay gente que nos pide desde Alemania una partitura de un músico concreto", señala. Entre los compositores representados en los fondos figuran nombres como Pedro Aranaz o José Nebra, mientras que investigadores como José de la Fuente Charfollet y Fernando Cabañas han contribuido al estudio de este patrimonio.
NIÑOS QUE FIRMAN
Pero los cantorales también cuentan historias que poco tienen que ver con las grandes composiciones musicales. Algunas de sus páginas conservan las huellas de quienes aprendieron a cantar con ellos hace décadas e incluso siglos.
El archivero muestra varios ejemplares en los que aparecen nombres, fechas, pequeñas anotaciones y dibujos realizados por antiguos estudiantes del antiguo Colegio de San José, donde se formaban los niños cantores de la Catedral, conocidos como seises. Aquellos muchachos utilizaban los propios libros para aprender música y, en ocasiones, aprovechaban sus páginas para dejar constancia de su paso por el colegio.
Entre las inscripciones figura la de Manuel Santos, colegial de San José, que dejó escrito que había ingresado en 1795 y salido en 1799. También aparecen firmas de otros alumnos, y no faltan los dibujos. Martínez Catalán enseña uno que parece representar un animal y recuerda que en otros volúmenes han aparecido caricaturas de profesores realizadas por los propios estudiantes.
El Colegio de San José, situado en el edificio que actualmente ocupa la Posada de San José, mantenía una estrecha vinculación con la Catedral. Allí se formaban los seises, cuyas voces infantiles permitían interpretar las notas más agudas de las composiciones, especialmente en las obras polifónicas.
A parte, entre los documentos que custodia el archivo también aparecen historias tan sorprendentes como la de un niño que, según relataba su propio padre en una carta, había quedado castrado tras sufrir el ataque de un perro. Una circunstancia que, según exponía, permitiría al niño conservar su voz aguda al llegar a la edad adulta, algo especialmente valorado en determinadas composiciones musicales de la época.
El archivero reconoce que desconoce si aquel episodio ocurrió realmente como lo describía el padre o si detrás de aquella explicación podía esconderse una castración intencionada para preservar las cualidades vocales del muchacho. Tampoco ha podido confirmar si finalmente llegó a incorporarse al coro de la Catedral. No obstante, señala que los registros del Colegio de San José y la documentación sobre los cantores permitirían investigar qué fue de aquel niño. Una historia que demuestra que, entre las miles de páginas del archivo, todavía quedan muchas vidas por descubrir.
EL CORO
La importancia que tuvo la música en la Catedral también se refleja en la organización de la vida religiosa. Durante siglos, los cantos acompañaban los distintos momentos del oficio divino, desde las primeras oraciones de la mañana hasta las celebraciones de la noche.
El coro constituía uno de los principales espacios de reunión del Cabildo. Allí, los canónigos se distribuían en dos grupos que alternaban los cantos, de manera que unos comenzaban las salmodias y otros respondían.
"El coro es el hábitat del Cabildo", explica Martínez Catalán, que recuerda cómo los integrantes ocupaban distintos asientos según su posición dentro de la institución.
Precisamente, el archivo cuenta con una reconstrucción parcial de aquella disposición, realizada a partir de antiguas piezas de la sillería que habían permanecido repartidas por distintas dependencias catedralicias. Una recreación que permite explicar a los visitantes cómo funcionaba el coro y qué papel desempeñaba en la vida diaria del templo.
La actividad religiosa podía extenderse prácticamente durante toda la jornada. El archivero señala que existen documentos del siglo XV que acreditan la celebración de maitines a medianoche, una muestra de la intensidad con la que se desarrollaban los oficios.
Y aunque aquella organización ha cambiado considerablemente, parte de su esencia permanece. Martínez Catalán recuerda que el Cabildo sigue celebrando diariamente el rezo de laudes en la Catedral, manteniendo la alternancia entre los dos coros. Las voces continúan respondiéndose unas a otras, como se hacía siglos atrás, aunque las circunstancias y los libros empleados sean diferentes.
PATRIMONIO
No todos los libros y partituras que formaron parte de la actividad musical de la Catedral han llegado hasta nuestros días. Y es que, el archivero explica que, durante siglos, la conservación de los documentos respondía principalmente a su utilidad. Cuando un cantoral quedaba deteriorado o su contenido dejaba de utilizarse, podía ser sustituido por otro, vendido como material viejo o aprovechado para distintos usos.
Los cambios litúrgicos impulsados tras el Concilio de Trento, en el siglo XVI, también contribuyeron a que determinados repertorios fueran abandonados. "Se conservaba lo que tenía utilidad para la institución", resume Martínez Catalán.
De hecho, algunos fragmentos de aquellos antiguos cantorales todavía pueden encontrarse reutilizados como refuerzo de encuadernaciones de otros documentos del archivo. Páginas que un día sirvieron para cantar acabaron protegiendo escrituras y expedientes administrativos.
Por eso, cada ejemplar conservado adquiere hoy un valor especial. El Cabildo ha acondicionado mobiliario específico para guardar los grandes volúmenes en posición horizontal, evitando los problemas que provocaba su enorme peso cuando permanecían colocados en estanterías convencionales.
El objetivo es garantizar la conservación de unos libros que han sobrevivido a siglos de uso, transformaciones y cambios en la propia vida de la Catedral.