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“Se siente impotencia porque no puedes llegar a todos”

El sacerdote conquense Roberto Visier recuerda sus doce años en Venezuela y catorce en la periferia de Roma, donde la fe y la atención a las personas marcaron su trabajo
“Se siente impotencia porque no puedes llegar a todos”
Foto cedida
18/10/2026 - Eduardo M. Crespo

Roberto Visier Cabezudo tuvo claro desde muy joven que sí, que quería ser misionero. Esa vocación llevó a este sacerdote conquense hasta un populoso barrio de la periferia de Valencia, una ciudad industrial del estado de Carabobo, en el centro de Venezuela. Allí pasó doce años atendiendo, junto a otro cura, una parroquia de aproximadamente unos 80.000 habitantes. Aquella labor religiosa iba de la mano de las necesidades más acuciantes de los vecinos, por lo que ampliaron los comedores para niños y mayores y pusieron en marcha un colegio a partir de unas clases de apoyo escolar. “Lo que importa es que somos cristianos y que tenemos que amar y que tenemos que llevar este amor a los demás”.

Nacido en Cuenca en el año 1969 y miembro del instituto secular Servi Trinitatis, su vocación creció entre la formación y los campamentos de Acción Católica. También fue catequista en la parroquia de San Esteban, donde tuvo contacto con el grupo de misiones. Después de ordenarse sacerdote, los proyectos de su comunidad le dieron la oportunidad de marcharse. Y no lo pensó dos veces: “Yo siempre me sentí muy llamado a partir para las misiones”.

El padre Visier, nos cuenta, llegó joven a Venezuela y tuvo que aprender a desenvolverse en una cultura diferente, pese a compartir idioma. El calor, las costumbres y las expresiones requerían adaptación, pero encontró una enorme acogida que facilitó ese camino. Recuerda especialmente lo que ocurría cuando bajaba de la casa parroquial a la escuela: “Los niños se te echaban encima. Aquello era estar rodeado de niños que te abrazaban. El calor humano era algo verdaderamente maravilloso”.

La actividad misionera durante aquellos años fue enorme. Centenares de niños acudían a catequesis y los sacerdotes tuvieron que trasladarla a una escuela porque la parroquia se quedaba pequeña. Los dos comedores que ya funcionaban se convirtieron en cinco. Y al observar que algunos jóvenes ayudaban a los pequeños con los deberes, decidieron ampliar aquella iniciativa: “Con esos jóvenes empezamos una labor educativa más grande hasta fundar un colegio parroquial”. 

Los domingos celebraban cuatro misas en distintos puntos del barrio. Además de la iglesia principal y una capilla, reunían a los vecinos en espacios cotidianos. “A la sombra de un árbol de mango celebrábamos una misa. Otra tenía lugar en el garaje de una casa, donde podían caber treinta o cuarenta personas. También visitábamos enfermos y distribuíamos alimentos, en una tarea que era ingente”.

Esa entrega misionera no era fácil. Es más, tenía unos límites difíciles de asumir. “Se siente mucha impotencia porque no puedes llegar a todos y eso es muy duro”, reconoce el sacerdote conquense. Las peticiones eran constantes y “los recursos no alcanzaban”. A ello se añadía la inseguridad. Visier recuerda “algún tiroteo cercano” y haberse visto “entre la policía y los ladrones que huían”. Atravesaba barrios peligrosos, aunque lo hacía “con la confianza de que al sacerdote lo suelen respetar”.

De sus vecinos aprendió una manera de afrontar las dificultades que todavía le acompaña: “Se aprende, por ejemplo, la dignidad de personas que tienen muy poco dinero, pero que viven con una gran dignidad, con una gran honestidad. Enorme era la  solidaridad de quienes llamaban a la puerta de al lado para pedir arroz, azúcar o harina de maíz porque hoy me falta a mí, pero mañana te puede faltar a ti”.

 

Y LUEGO TOCA VOLVER

Por eso, marcharse de aquella comunidad tampoco fue sencillo. “El regreso es duro, es duro, es duro”, repite. Dejaba atrás años de convivencia y una realidad muy distinta de la que encontraría después. También necesitaba recuperar fuerzas. “Llega un momento en que el misionero tiene que tener un equilibrio muy grande, saber medir muy bien los tiempos, el descanso, cuidar la oración, porque si no te quemas. Allí están continuamente viniendo personas a pedir de todo”.

Tras su periplo misionero en Venezuela, el padre Visier pasó catorce años en parroquias de la periferia de Roma. Allí encontró otras necesidades: personas sin hogar, adicciones y situaciones de exclusión. “Las periferias de las grandes ciudades son lugares realmente de misión”, sostiene. Recuerda historias de hombres que, tras una ruptura familiar y perder el empleo, acababan en la calle sin una red que pudiera sostenerlos.

Hoy por hoy, desde Cuenca, su preocupación por Venezuela no cesa: “los profesores del colegio necesitan ayuda porque su salario no alcanza para vivir”. Su compañero, que ha pasado veintisiete años allí, construyó un pozo cuando los cortes eléctricos dificultaron el suministro de agua. La parroquia se convirtió también en un lugar al que acudir para abastecerse.

Con motivo del Domund, Visier insiste en el sentido evangelizador de esa entrega, en la que fe y caridad caminan juntas. Habla de comunidades que ofrecen acogida, ayuda y esperanza, también a quienes tienen otras creencias. “No importa el color de la piel, no importa la lengua que se hable, la distancia, si las comunidades son grandes o pequeñas. Todos somos hermanos aunque algunos no lo sepan”.