Terminar la residencia es, para cualquier profesional sanitario, enfrentarse a lo incierto que es el futuro en algunas ocasiones. Es el momento de tomar decisiones, de buscar estabilidad o de perseguir el prestigio en grandes urbes. Sin embargo, para un grupo cada vez más numeroso de MIR (Médicos Internos Residentes) y EIR (Enfermeros Internos Residentes), el destino ideal no está en los macrohospitales de las grandes capitales, sino continuar su proyecto de vida donde han desarrollado su residencia.
Eso es lo que ocurre en Cuenca. Serán, de momento, 10 médicos internos residentes los que se queden en Cuenca tras su formacion, a la par que lo harán varios residentes de enfermería. La previsión del Área Integrada es que sean más los sanitarios que se queden tras su formación en los próximos meses. Y para este reportaje, lo cuentan Esther Colmena, Pilar Escribano, Laura Pedrosa, Gabriela Pruna y Ana Muñoz, cinco profesionales que, tras completar su formación en distintas especialidades del área sanitaria conquense, han tomado una decisión que no siempre es la más habitual: quedarse. Lo hacen por motivos distintos, pero todos confluyen en una misma idea: aquí han encontrado algo que va más allá de un destino formativo.
Cercanía, confianza, aprendizaje o calidad de vida son algunas de las cualidades que ofrece Cuenca, un lugar donde el residente, dicen, aprende haciendo y donde el trato humano sigue siendo un pilar fundamental de la sanidad.
El área sanitaria de Cuenca combina, según explican las cinco residentes, cercanía, tutorización y posibilidades de rotación externa, una mezcla que consideran clave para salir bien preparadas
Para Esther Colmena Cañas, médica residente de Medicina Familiar y Comunitaria, la elección fue clara desde el principio. Natural de Cuenca y formada en Albacete, reconoce que no dudó cuando tuvo que escoger plaza. Volver a su ciudad era una prioridad, pero lo que empezó como una decisión emocional se ha convertido en una convicción profesional. “Salimos súper formados”, dice Esther, que subraya el papel de los tutores y de los profesionales que, durante cuatro años, se implican activamente en la formación de los residentes.
Explica que la residencia le ha permitido recorrer tanto el hospital como los centros de salud, con un programa estructurado desde el inicio que combina teoría, práctica y rotaciones. Destaca especialmente la formación práctica, con cursos de simulación, reanimación o cirugía menor que permiten adquirir seguridad antes de enfrentarse a casos reales. “La práctica es un lujo”, afirma, convencida de que esa experiencia es lo que realmente marca la diferencia.
Pero si hay algo que define su vocación es la relación con el paciente. Esther recuerda que eligió la Medicina de Familia por esa cercanía, por la posibilidad de acompañar a las personas durante años y ver su evolución. “La gratitud del paciente es lo más bonito”, asegura, al tiempo que reconoce que ese vínculo humano es lo que le impulsa a seguir. De cara al futuro, no descarta el medio rural, donde considera que la asistencia es más pausada y permite una atención más completa.
Muy distinto fue el caso de Laura Pedrosa Canalejo, residente de Anestesiología y Reanimación. Llegó desde Jaén tras estudiar en Lleida y lo hizo, en gran medida, por la nota. No conocía Cuenca, ni había estado antes en la ciudad. Sin embargo, con el paso del tiempo, ese destino desconocido se ha convertido en un lugar donde quiere quedarse.
Laura destaca el buen ambiente entre residentes y la calidad de vida de una ciudad pequeña, cómoda y manejable. Pero pone el acento, sobre todo, en la formación recibida. En una especialidad tan exigente como la suya, subraya la importancia de contar con una tutora implicada y con un entorno donde el residente puede aprender de forma directa. También señala la relevancia de las rotaciones externas, necesarias en hospitales pequeños para completar áreas más específicas. “Enriquece mucho salir fuera y volver con más formación”, explica.
Su decisión de quedarse tiene mucho que ver con el salto que supone pasar de residente a adjunta. “Da vértigo”, reconoce Laura, que valora la tranquilidad de empezar esa nueva etapa en un entorno conocido, rodeada de compañeros y equipos con los que ya ha trabajado.
Pilar Escribano Argandoña, residente de Oftalmología, comparte esa sensación. Natural de Quintanar del Rey y formada en Valencia, buscaba una especialidad muy concreta y encontró en Cuenca un servicio que le ofrecía cercanía y oportunidades. “No me arrepiento para nada”, asegura Pilar, que destaca que en un hospital pequeño se empieza a operar antes y se adquiere experiencia quirúrgica desde etapas tempranas.
Además, su formación se ha completado con rotaciones en hospitales de referencia como el 12 de Octubre o centros en Málaga y Albacete, lo que le ha permitido ampliar conocimientos en distintas áreas. Esa combinación entre proximidad y apertura a otros centros es, para ella, uno de los grandes puntos fuertes de Cuenca.
De cara al futuro, Pilar quiere seguir creciendo profesionalmente y considera que el nuevo hospital ofrece oportunidades importantes. Destaca la llegada de tecnología más avanzada y la posibilidad de ampliar la cartera de servicios. “Es un buen sitio para seguir formándome”, afirma, convencida de que su desarrollo profesional puede continuar aquí.
Del quirófano a la UCI, de la consulta al centro de salud, todas defienden que en Cuenca se aprende haciendo y acompañando
La historia de Gabriela Pruna Aguirre añade una perspectiva internacional. Llegó desde Ecuador tras estudiar en Quito y eligió Cuenca casi por casualidad, guiada por recomendaciones y por su cercanía con Madrid. Sin embargo, lo que encontró superó sus expectativas.
Gabriela explica que, en la UCI, el hecho de que haya menos residentes permite una formación muy intensa. “Te enseñan mucho y te dejan hacer”, dice, destacando que esa autonomía obliga a desarrollar habilidades y a enfrentarse a situaciones complejas. Frente a la idea de que los hospitales pequeños ofrecen menos oportunidades, ella defiende que la formación es más completa porque obliga a resolver más.
Tras rotar en grandes hospitales, asegura que la base adquirida en Cuenca es muy sólida. Por eso ha decidido quedarse, al menos en los primeros años. A la calidad de vida y la cercanía suma la comodidad de trabajar en un entorno conocido. Eso sí, también señala la necesidad de reforzar plantillas en unidades como la UCI, especialmente tras la ampliación del hospital.
Entre los recuerdos que guarda con más emoción están los pacientes que lograron recuperarse tras situaciones críticas. Verlos volver tiempo después, agradecidos y recuperados, es, para ella, una de las mayores recompensas de su profesión.
Por último, Ana Muñoz Carramolino representa el caso de quienes llegan y descubren en Cuenca algo inesperado. Criada en Torrevieja, estudió Enfermería en la ciudad y decidió quedarse para hacer su residencia en Enfermería Familiar y Comunitaria. Ana habla de Cuenca como un lugar donde existe comunidad, donde los vecinos se preocupan unos por otros y donde la vida se vive de forma más cercana.
Esa experiencia encajó con su vocación. Durante la residencia ha trabajado en centros de salud, en programas comunitarios y en actividades de prevención. “Se crea una relación muy bonita con los pacientes”, subraya Ana, que destaca el valor de conocer a las personas más allá de la consulta puntual.
Uno de los recuerdos que más le emocionan es el de los niños que, tras charlas en colegios, la reconocen por la calle y la señalan como la enfermera que estuvo con ellos. Para Ana, ese tipo de reconocimiento refleja el impacto real de su trabajo.
Las cinco comparten diagnósticos parecidos sobre lo que ofrece Cuenca: una ciudad amable, asumible, cómoda para vivir y rodeada de naturaleza; un área sanitaria donde el residente encuentra espacio para aprender de verdad; y un entorno profesional en el que la cercanía no resta calidad, sino que muchas veces la multiplica. También señalan retos, como la necesidad de más personal en algunas unidades o de seguir favoreciendo oportunidades laborales y formativas. Pero, incluso con esas dificultades, su decisión es la misma: se quedan en Cuenca.