José Miguel Carretero hizo historia en el primer Pregón de San Roque
Cada 16 de agosto, Cuenca cumple una obligación religiosa que se remonta casi a cinco siglos, pues la Ciudad juró en el siglo XVI celebrar la fiesta de San Roque, como bien databa el historiador conquense Mateo López en un manuscrito que recoge Antonio Rodríguez en el libro “Cuenca en el recuerdo”, así como en otros artículos publicados por José Vicente Ávila en la prensa conquense en distintas etapas. En el manuscrito se puede leer que “en la peste que se padeció en Cuenca en los años de 1508 y 1509 se juró por la Ciudad celebrar todos los años la festividad de San Roque, y se decretó que los ayuntamientos de la ciudad se tuvieran fuera de ella; el primero se celebró en Albaladejito y otros en Chillarón, Cólliga y otras aldeas inmediatas a Cuenca”. Así se refleja en las actas del Concejo de 1588.
En las vísperas de la festividad de San Roque de 2026 la Cofradía introdujo una novedad en el tríduo al incluir el Primer Pregón de San Roque, que fue pronunciado por el doctor en Derecho José Miguel Carretero Escribano, pregonero de Semana Santa y todo un estudioso y conocedor de las tradiciones y costumbres de la ciudad de Cuenca y sus hechos históricos, amén de ser uno de los más antiguos funcionarios del Ayuntamiento de Cuenca, con cerca de 45 años de servicio.
El pregón fue pronunciado por José Miguel Carretero en la iglesia de San Felipe, ante la imagen de San Roque en andas y la severidad de la talla de Jesús de Medinaceli, de Marco Pérez en su Retablo, y las pinturas de Luis Roibal en el altar mayor. Un Pregón de altura, como nos tiene acostumbrados José Miguel Carretero, que publicamos íntegro, conocedores de la curiosidad de nuestros lectores por todo lo que escribe y publica tan preclaro pregonero y presentador de tantos actos en la ciudad, de manera especial como padrino de Letras de tantos escritores. Este es el primer Pregón sobre San Roque:
“Muy buenas tardes, conquenses y tormentosas (cayó un fuerte aguacero minutos antes del Pregón).
Sr. Párroco de “El Salvador” y rector de este maravilloso Templo, Don Gonzalo.
Hermana Mayor Carmen, Hermano Mayor Marino y Junta Directiva de la Cofradía de San Roque de Cuenca, encabezada por nuestro eficaz Secretario Pablo Manuel.
Hermanas y hermanos. Amigas y amigos. Señoras y señores.
Comienzo dando las gracias y explicando mi presencia aquí.
Comparezco, premiado y apremiado, en libertad, por devoción y convencimiento. Por amistad y por cariño.
Es que hace algunos meses me llamó Antonio Martínez de la Presa para hacerme una propuesta, que en realidad era un mandato insoslayable: quería instituir dentro de los Cultos a San Roque el acto de un Pregón, humilde, sentido y fraterno, y que yo me hiciese cargo del primero.
Y en esto de las vidas y los amores cofrades, siempre he procurado seguir los principios aprendidos en casa: ser respetuoso y servicial, que no servil; ayudar y dar; atender a los mayores en edad, saber y gobierno e intentar serles útil.
Para mí, sin duda, Antonio es el principal referente de nuestra Cofradía de San Roque, con o sin cargos, jamás sin cargas. Y además nos abraza una amistad vieja y perenne, renovada y firme. Así es que le dije, naturalmente, que sí, porque era la única respuesta. Hoy este Pregón va dedicado a él en especial, deseándole a nuestro Antonio su pronta recuperación.
Y añado modestamente otros porqués. Como muchos conquenses, pertenezco a varias Hermandades y Cofradías nazarenas. También a otras, por rito familiar (La Luz, Las Angustias, San Isidro), o, sin antecedentes, por decisión propia. Éste es el caso: soy hermano, cofrade, de esta Cofradía de San Roque de Cuenca. Ahora mismo tengo el número 41, conforme a la última citación recibida. No está mal. Es un honor y un amor.
Me incorporé en 1983, nada más tomar posesión de mi plaza, por oposición, de funcionario en el Ayuntamiento de Cuenca. Allí me recibió con los brazos abiertos mi inolvidable compañero Javier González y me lo sugirió, o mejor, mandó: “Te tienes que apuntar a San Roque, que es nuestro Santo de los funcionarios municipales”.
Dicho y hecho. Pronto me llegó la primera citación: “sírvase asistir a la Junta que se celebrará el día tal a tal hora, en el lugar de costumbre”. No decía cuál era ese lugar, dándolo por consabido; me lo aclararon: era aquí, en San Felipe. Elemental.
Y me vino la primera cuota. Llamó al timbre el cobrador: “¿quién es?; respuesta, “San Roque”. Es que esa ha sido la manera, coloquial y directa, durante muchas décadas y los cobradores eran “La Virgen”, “El Cristo”, “San Juan” o “El Huerto”; siempre nos entendimos, ¿verdad, Ramón? (por Ramón Gómez Couso, gran amigo y en su tiempo Secretario de la Hermandad de Jesús Orando en el Huerto, de San Esteban).
Además, aquel de San Roque iba acompañado por dos perretes, como decimos en Cuenca, chiquitines y listos: no podía ser más genuino, tratándose de nuestro Santo.
Luego procuré cumplir lo mejor que supe, sobre todo asistiendo a la Procesión del día 16, mañanera y castiza, sorpresa de turistas y orgullo de los leales vecinos del “Vati”: ya sabéis, del Vaticano, que es el cogollo de esta Ciudad amada, claro que levítica, mas no en el tono barojiano, sino en el sentimental de Raúl del Pozo.
Pues eso, para arriba y para abajo, Alfonso VIII, la Plaza y vuelta; unas hileras apañadas de calmosos fieles arropando al Paso, entre ellos mi muy querido Jesús Morón, que nobleza obliga su apellido. Y el sonar de las horquillas. Y, antes, el peligroso estrépito de los cohetes, al cuido de Julito. Y detrás la Banda, no tan en cuadro, con Don Aurelio o con Juan Carlos Aguilar al frente, interpretando “Nuestro Padre Jesús”, que es lo que toca tocar.
No es sólo nostalgia; es vida vivida y disfrutada.
Y máximo honor, como el que tuve en mi año de Hermano Mayor, que fue el 2013, dignidad compartida con Doña Ángeles Carrascosa Bodoque. En esos menesteres me guió Antonio, por descontado, y contado. Y ahí, conmigo, a mi lado y de mi lado, estaba Desi, esto es, el gran Desiderio Martínez Botija. No he conocido, ni conoceré, mejor persona: humilde, laborioso, discreto, seguro. Bueno.
En varios de los actos religiosos le cedí mi cetro: “Toma, llévalo tú, que te lo mereces mucho más”. Es que era la autoridad moral. Lo sigo echando mucho de menos, aunque sé que, estando en el Cielo, sigue conmigo aquí.
Recupero y repaso las fotos de la entrañable Procesión de aquel año, que son testimonio eterno, y me emociono.
Y ahora dirigimos la mirada a nuestro Santo, al glorioso San Roque, que nos convoca en su justo momento.
Primero, el hombre; real y humano, su yo y sus circunstancias. Nacido en Montpellier, occitano por ello y, por entonces, perteneciente su tierra a la Corona de Aragón (estamos a caballo entre los Siglos XIII y XIV). Familia noble; orfandad temprana. Decide repartir sus bienes a los pobres. Y marcha, peregrina. Objetivo: Roma. Pero se le cruza otro destino, sombrío: una pandemia de peste que arrasó Europa en mortandad enorme.
Y en ese trance actúa: cuida y sana a los enfermos, hasta caer él mismo y bordear la muerte. Ulcerado y decrépito, como un Padre Damián, como el pobre Lázaro de la parábola que nos relata el Evangelio de Lucas; al fin, como Cristo en su Pasión.
Y aparece el perro: el mejor amigo. Ahí lo tenemos, llevándole el pan, símbolo y testimonio: toma y come. Y lamiéndole las llagas, igual que en la narración lucana de las palabras del Señor.
Roque resistió y ganó. Curó. Fue agradecido de por vida con enfermos y animales. Verdaderamente fue santo y así los hombres lo sintieron y la Iglesia lo proclamó con prontitud.
Nos detenemos un momento en la iconografía de San Roque, porque es curiosa y reveladora, amén de universal.
Su vestimenta es la de un peregrino: túnica, capa, esclavina y sombrero. Se apoya en un alto bordón de caminante, madera cálida, del que a veces pende una cantimplora de calabaza y suele portar unas conchas al modo jacobeo y un sencillo zurrón.
Muestra la pierna ulcerada, lesión real, llaga material, más que estigma espiritual.
Y al lado, toman corporeidad las presencias. Cito que en algunos casos, menos habituales, se le coloca un Ángel, para unos anunciador y para otros confortador cual de un personal Getsemaní. Muchísima más frecuente, hasta hacerse consustancial, es la compañía de un perro: o sea, del “perro de San Roque”, inspiración de artistas múltiples y de sonoras expresiones populares, frases y dichos, en prosa y con rima.
El símbolo es evidente y pregona, preconiza, fidelidad y socorro, lealtad incondicional. Ahí está con su panecillo presto para la ofrenda y el sustento: pan para la vida, heraldo y enviado por quien es el Pan de Vida.
Hay más perros en representaciones iconográficas cristianas. Así, en algunos Pasos de La Santa Cena (por ejemplo los de Zamora y Jerez) se sitúa un perro a los pies de la Mesa eucarística. Y éste, el de San Roque, por aclamación se lleva la palma. Con todo merecimiento.
Queda claro que es el más famoso. Y no han faltado quienes han ido más allá hasta ponerle nombre. No es una nimiedad y no hay unanimidad. Menciono las dos versiones principales. Lo llaman “Melampo” en bastantes lugares, entre ellos en San Roque (pueblo de Cádiz), donde tiene hasta Monumento, con el Santo, al aire libre, Plaza de Cuatro Vientos.
En cambio, en otros recibe el nombre de “Rouna”: así en Calatayud, especificando que el animal es una perra, género femenino. Singular.
Del apócrifo, seguramente inexistente, Ramón Ramírez, nadie duda. De cabo a rabo. Y cortamos.
La devoción a San Roque ha cumplido ya, de largo, el medio milenio. Fue muy tempranera en gran parte de Europa, empezando por Venecia, de la cual es Patrón y donde se halla su artístico sepulcro. Se extendió por Alemania y Bélgica, Francia y Países Bajos. Desde luego que a España y, a su través, a Portugal.
Y destaco que los españoles, cruzando el océano, llevaron, llevamos, además de la civilización, la lengua y la fe, específicamente el culto por San Roque a la América hispana.
Nos centramos en España, patria grande. Llegaremos a Cuenca, gran patria chica, pero antes repasamos deprisa la ancha geografía nacional.
Sobresale Compostela, donde se mezcla, sin confundirse, con el Santiago peregrino; además su día, el 16 de agosto, es festivo en una treintena larga de municipios gallegos.
El patronazgo y la celebración de San Roque unen el norte con el sur, porque se da, por ejemplo, en Llodio, alavesa, muy destacadamente en Llanes y Tineo, asturianas, o también en multitud de pueblos castellanos y andaluces; sin olvidarnos de Garachico, en Tenerife.
Pero nos llama Cuenca, capital de esta provincia preciosa, preterida y preferida, que a mí me gusta ver y presentar como una mano abierta y extendida y, a la vez, una estrella de cinco puntas brillantes.
Son numerosos los pueblos conquenses que tienen como Patrón a San Roque o lo celebran en especial. Menciono algunos, sin ser, en absoluto, exhaustivo: Ledaña, Barchín del Hoyo, Reíllo, Portalrubio de Guadamejud, Uña, Landete, Boniches, Salinas del Manzano, Campillos-Paravientos, Carboneras de Guadazaón o Aliaguilla y Barrios de Tarancón y San Clemente.
Mi queridísimo José Vicente Ávila Martínez, gran Maestro, excepcional y enciclopédico, prolífico y asombroso, a quien después me volveré a referir, certifica y cifra en 26 las localidades, incluidas pedanías, que festejan a San Roque en Cuenca.
Nos quedamos en la Ciudad capitalina. Y para hablar de la historia del culto a San Roque en nuestro lar, bebo de la mejor fuente, manantial puro. Nos la regala Antonio Rodríguez Saiz, conquense extraordinario, investigador exquisito, apasionado escritor de muy elegante estilo y, para mi suerte, muy dilecto amigo. Gracias Antonio por honrarnos con tu presencia aquí.
Titula su más reciente libro, que tuve el honor de presentarle, “Cuenca, memoria recordada”: es una delicia. De su texto y de otros suyos publicados, aprendemos datos y hechos esenciales que ahora extracto y transmito, citando a su autor, como Dios manda, con atención y sin plagiar.
Así, nos enseña que la Ciudad de Cuenca juró celebrar todos los años la festividad de San Roque. Agradecida; bien nacida. Le había rezado al Santo en la peste padecida en 1508 y 1509, y sintió su protección y amparo.
En su honor y con su nombre se erigió una Ermita. La procuramos entrever y ubicar en las espléndidas vistas del flamenco Van den Wyngaerde de mediados del XVI o, dos siglos después, en las panorámicas de Juan Llanes y Massa. Son verdaderos tesoros.
Y hay profusa documentación, muy bien trabajada por otro Antonio, tercero en concordia, Pérez Valero. Palpitó la vida en torno a aquella Ermita y a su Titular, llamado “El Señor San Roque”: respeto, loor, candor.
Allí tenían también su aposento las Imágenes primigenias del Jueves Santo, o sea, los renombrados “Cuatro Santos Pasos”; a saber: el Huerto, La Caña (que era un Ecce Homo, pero no el de San Gil), el Nazareno y la Soledad.
Transcurrieron tres centurias, entre lo sublime y lo terrible, porque la Ermita sufrió un grave incendio, en mitad del XVII y atroz saqueo durante la Guerra de Sucesión. Otra ulterior Guerra, la de la Independencia, terminó por devastarla sin remedio.
Fue el final físico, que no moral. Y los Pasos, tras estar en San Esteban, Parroquia matriz, cruzaron el Júcar por su pétreo puente entre chopos y golondrinas para recibir cobijo en San Antón. Acaba de hacer de esto doscientos años. Y por eso el Jesús es hoy llamado “del Puente”, lo mismo que la Soledad.
Y por eso también hay una Imagen de San Roque, moderna, en la Iglesia de la Virgen de la Luz, al lado de ese púlpito que Dios guarde. Es un buen mozo, pues la talla mide casi dos metros de altura (uno noventa y siete, concreta Antonio Rodríguez); la sufragó el Ayuntamiento, dueño y por ello responsable de ese Templo, como gustaba memorar, con toda intención y su vozarrón, Don Amadeo.
El escultor autor de este San Roque grande y llamativo, es Faustino Culebras. O sea, Fausto. Nacido en Gascueña. Conquense y magno. Perdura la frase, casi epitafio, a él dedicada: “Salir de España para morir en Cuenca”. Se refería a Cuenca del Ecuador, aunque nuestro paisano no falleciese en la ciudad cuencana; sí en aquel País hermano, en Quito. Final maldito humano, pero bendito, divino, para el arte perpetuo.
Pervivió el nombre del Santo en el escenario urbano. Y el Cerrillo que seguimos llamando de San Roque nos evoca ese pasado de nuestros ancestros que hace cinco siglos, quince generaciones, se unieron en Cabildo para dar gracias rezando y laborando.
Hubo mañanas luminosas y dorados atardeceres. También cultos en San Miguel, asomada a la Hoz y al agua verde; para mí nostalgia de Pregones del ayer, vuelo de palabras y emociones: en uno de los altares del antiguo Templo lucía un cuadro de San Roque pintado por Andrés de Vargas.
Y en la misma Catedral, los devotos se reunieron para honrar a San Roque en la Capilla que fue llamada de la Asunción y luego de los Pozo (por Juan del Pozo, mecenas renacentista del Puente y Convento de San Pablo). Allí, delante del pequeño y muy bello retablo, fue colocada otra Imagen más del Santo.
Nos vamos acercando en el tiempo. Hubo algún conato, en los años veinte del XX, para fundar una Hermandad de San Roque que fuese heredera, legítima, del antiquísimo Cabildo y tuviese por sede San Miguel. La incivil guerra española lo acabó de frenar y malograr, pero no para siempre.
Y así, en 1947, un grupo de conquenses, atrevidos, soñadores y muy vinculados a la Cuenca sacra, elevada y alta, se unió para dar el paso, pisando fuerte.
Conocemos sus nombres, sacados a plena luz, otro servicio más, por Antonio Rodríguez. Y porque lo merecen de sobra, los citamos, recitados, hoy aquí, como una alineación de campeones: Florentino y Carlos Cañas, Lázaro Martínez, Manuel Cano, Julián y José Morón, Tomás Solera, Germán Nielfa, Luis Antón, Agustín Fernández y Rómulo Silva. Es que salen once, cual equipo de fútbol. Y valen por once, como los ases de la baraja.
Nace con ellos la Congregación de San Roque, quedando instituida en la Iglesia de San Nicolás. Y encargan Imagen, ésta, que a nuestra vista se halla en su clamor silente.
Es su escultor José Bieto Masip, barcelonés que se hizo conquense, buena elección, y autor también del gigantesco Sagrado Corazón de Jesús de nuestro Cerro del Socorro, ese faro que anuncia Cuenca al coronar Cabrejas. A su vez, Tomás Solera, fino con los pinceles, policromó la talla del Santo.
Pronto las crecientes humedades en San Nicolás amenazaron la integridad de la Imagen, varias veces por ello reparada, gratis, por Ángel Redondo. Urgía buscar nuevo acomodo, siempre en la Cuenca vieja e histórica. Se pensó en San Pedro y la elección final, que el tiempo ha mostrado y demostrado óptima, fue San Felipe, año 1970.
Y aquí retorno a mi relicario de recuerdos. En mi casa no se decía San Felipe sino “Los Oblatos”, lo mismo que a San Pablo “Los Paúles”, a las Justinianas “Las Petras” o a las Concepcionistas “Las Monjillas”.
Vivíamos en Carretería, oyendo las Misas en “El Salvador” (por el Cristo de la Agonía), pero en ocasiones especiales subíamos hasta “Los Oblatos”, porque allí, aquí, oficiaba Don Bonifacio Martínez Montero, o sea, Don Boni. Es que el vínculo espiritual era máximo: casó a mis padres en la Virgen de la Luz, me bautizó en San Esteban viejo y me dio la Primera Comunión en “La Esperancilla”.
Eran muy frecuentes las reuniones familiares con él, bondadoso y socarrón, parapetado tras de sus gafas negras; no faltaba a Coro y después se marcaba unas caminatas tremendas, de etapa reina, bajando hasta cruzar por Los Descalzos y luego subir a San Julián El Tranquilo por la pedregosa senda. Daba gloria verlo desde los ventanales traseros del Ayuntamiento, casi como un punto negro (por su inseparable sotana) moviéndose por esa cicatriz del cerro: “ahí va Don Boni”.
Pero es que, en seguida, llegó además su sobrino Manolo, cura jovencísimo, para formar un tándem perfecto en esta singular Iglesia. Naturalmente hablo, y me descubro, de Don Manuel Martínez Moset. Yo lo conocí así, delgado, ágil, exultante, cantarín. Él y su tío sí que eran un “Dúo dinámico”.
Muy amigo del añorado Alberto Vera, éste creador, director y alma del Coro llamado de “Pequeños cantores conquenses”, Manolo asistía a los ensayos y a veces codirigía. Y ayudó a rescatar y consolidar el canto del Miserere en Semana Santa.
Lo sé muy bien porque yo era uno de aquellos niños, voces blancas conjuntadas, lo mismo que mis amigos Javi Serrano, Jesús Córdoba, José Carlos Palomares o Javier Muñoz Alarcón, que era el solista.
Y por eso siento tan mía esta escalinata de acceso al Templo, en la cual formábamos para cantar la antífona “Pueri Hebraeorum” en la bendición de palmas y luego, medio ateridos en las frías Procesiones nocturnas, las tres estrofas clásicas: “Miserere”, “Et secundum” y “Amplius”, ésta última ahora casi rareza. Alberto, que fue “seise”, y Manolo, que era cura moderno educado a la antigua, sabían latín. Nosotros no, aunque lo pareciese.
Y sí, aquí dentro estaba, sigue estando, reo y Rey, Dios y Señor, el Medinaceli, con esa mirada penetrante que es el Evangelio entero, y su negra melena que se mueve al viento como lo hacen a su paso las hiedras de Zapaterías. El de las manos atadas para hacernos libres. El de las infinitas filas de granate y morado.
Y el de esas penitentas humildes que para mí son lo mejor de la Pasión de Cuenca. Detrás del Paso y delante de ellas, muchísimos Martes Santos, Manolo Moset. Para siempre.
No bajamos la mirada. La seguimos alzando, como el espíritu, para compartir las bellezas de esta Iglesia de San Felipe Neri. Y ponemos el texto en contexto.
Nos hallamos en un extraordinario lugar de culto y supremo arte, que merece ser contemplado y disfrutado; conocido y reconocido. Saber de su historia para calar la intrahistoria.
Nos ilustra, en esta parte ya final, Jesús Mora Pastor, talentoso discípulo del sabio Catedrático Pedro Miguel Ibáñez. Añado que hermano de Gracia, por la gracia de Dios.
Jesús se crió a la vera misma de este edificio monumental y sagrado; en el Barrio, en el rodal. Y le ha devuelto el ciento por uno con su docta tesis sobre el Arquitecto José Martín (Aldehuela) y su obra en Cuenca. Descollante.
Hay que venir, entrar y ver para creer. Porque el exterior severo da paso a este interior fastuoso, máximo exponente del setecientos conquense. Los hermanos Álvaro e Isidro Carvajal y Lancáster hicieron el mejor fichaje trayéndose a Martín.
Y aquí está el resultado. Ya se encontró la traza, avanzada la hechura. Y fabuló la fabulosa rocalla.
Nos guarece y ampara esta bóveda de pañuelo del crucero; nos llama y aguarda la Capilla oval de Las Angustias; nos sorprende cada detalle de una decoración genial. Nos sentimos muy cerca de quienes nos precedieron en la fe y rezaron en el enhiesto Oratorio filipense.
Y nos acarician los recuerdos en la Cripta, donde corretearon Luz María y Pedrito, aprendiendo catequesis y haciendo teatrillos; infancia que es tesoro.
Voy concluyendo.
Es mandamiento esencial el hacer buenas obras. También el conservar las buenas obras hechas. A esto se aplicó, y vuelvo sobre él, Manolo Martínez Moset. Es justo que conste, ahora y en el futuro. Que se valore su empeño personal, sabiendo moverse entre los poderes del Cielo y de la tierra, para lograr la oportuna y bien ejecutada restauración, de pies a cubierta, de este San Felipe Neri en los años noventa.
Y de no conformarse y seguir ideando. Así fue capaz de convencer al muy especial pintor conquense Luis Roibal Tejedor, todo un fuera de serie, para crear, en su más avanzada madurez, unas audaces pinturas religiosas destinadas al Retablo y la linterna de esta Iglesia. Roibal, por cierto primo hermano de mi suegra Angustias, sentó cátedra; última lección magistral.
Así, hay que esforzarse para ver bien, tan lejos y tan cerca, por ejemplo el cuadro roibalesco titulado “El ejercicio del Oratorio”, puesto en 2014, en la esquina inferior derecha de la predela del Retablo. Igual que Zapata en las puertas de “El Salvador” o Víctor de la Vega en el mural de la Diputación, Luis retrata a una serie de personas e ilustres personajes de la vida conquense, juntos y avenidos, y, en este caso y lugar, los sitúa escuchando atentos una plática de Felipe Neri. Mortales e inmortales. Ya eternos.
José Vicente Ávila nos lo va a detallar en su inminente libro sobre Cuenca, siempre Cuenca, que va a ver la luz en los próximos meses de este 2026 y que, por decisión suya, voy a tener la gran satisfacción de prologar. A ver si acierto, como él se merece.
Termino. Pregonar es anunciar, proclamar, de viva voz y en público. Y hacerlo en pie y a corazón abierto.
Eso he pretendido con este Pregón de hoy, con verdadera ilusión y mi mejor empeño. Cumpliendo mandato cofrade y fraterno. En casa, en esta segunda jornada del Solemne Triduo, víspera de La Asunción.
Para vosotros y vosotras y por nuestro Glorioso Santo.
Buena tarde. Y feliz Fiesta de San Roque.
Muchísimas gracias. José Miguel Carretero Escribano”.