Las personas que viven en situación de calle, cada vez más jóvenes
A diario, las calles de Cuenca dejan escenas que, de tanto repetirse, terminan pasando desapercibidas. En la calle Carretería, en los parques, en los portales o en las zonas próximas al río es posible cruzarse con personas para quienes esos espacios que forman parte del recorrido cotidiano de cualquier vecino se convierten, llegada la noche, en el lugar donde dormir.
La presencia de personas en situación de calle se ha integrado así en el paisaje urbano hasta convertirse en una realidad conocida, visible y, al mismo tiempo, fácilmente ignorada.
María del Mar Resusta, responsable de Inclusión Social de Cáritas Cuenca, estima que entre 15 y 20 personas de entre 35 y 50 años pernoctan habitualmente en las calles de la capital, una cifra que se mantiene aproximadamente estable respecto a años anteriores.
En 2024, la organización situaba entre 20 y 25 una cifra que la organización humanitaria considera constante a lo largo de los años. Sin embargo, señalan que la media de edad de las personas que se encuentran en esta situación ha bajado unos 15 años. Es decir, cada vez son más jóvenes.
La cifra puede parecer reducida a primera vista. Sin embargo, los recursos de atención muestran una realidad mucho más amplia. El Centro de Alojamiento de Urgencia (CAU), uno de los principales recursos de la ciudad, atendió a 525 personas durante 2025. Cuenta con diez plazas destinadas a cubrir necesidades básicas inmediatas como alojamiento nocturno, aseo y alimentación y, según Cáritas, se mantuvo prácticamente lleno de manera continuada. Además, 19 personas no pudieron ser atendidas por falta de espacio.
En 2023, 584 personas pasaron por el CAU, 125 de ellas por primera vez. En 2024, hasta octubre, habían pasado por este recurso 493 personas y otras 43 habían sido atendidas en centros residenciales.
La diferencia entre quienes duermen en la calle y quienes necesitan atención permite entender una de las claves del fenómeno: el sinhogarismo no empieza necesariamente cuando alguien extiende una manta en un banco ni termina cuando consigue dormir bajo un techo.
Cáritas atiende a perfiles cada vez más diversos: personas que pasan de un alojamiento temporal a otro, familias que no pueden asumir un alquiler, migrantes en situación administrativa irregular, personas con problemas de salud mental o adicciones y ciudadanos que, pese a contar con ingresos, no consiguen acceder a una vivienda.
También ha aumentado, según observa la entidad, la presencia de mujeres y familias con hijos. En el caso de las personas migrantes, Cáritas ha encontrado durante el último año a personas en situación administrativa irregular, especialmente después de que se les haya denegado la protección internacional.
La vivienda se convierte así en uno de los principales puntos de partida del problema. Resusta explica que la entidad atiende incluso a personas con trabajo y contrato indefinido que no consiguen acceder a un piso. Un alquiler de 600, 800 o 900 euros puede absorber una parte considerable de un sueldo cercano a los 1.200 euros, además de fianzas y otros gastos iniciales.
Para quienes dependen de prestaciones, el margen es todavía menor. Según Cáritas, una habitación en Cuenca puede situarse actualmente entre 350 y 400 euros, mientras que algunas personas sobreviven con ingresos de alrededor de 500 o 700 euros procedentes de prestaciones como el Ingreso Mínimo Vital o pensiones no contributivas.
Tener algún ingreso, por tanto, no garantiza tener una vivienda. “Es un problema estructural”, insiste Resusta. La cuestión no se limita a encontrar alojamiento para quien ya vive en la calle, sino también a evitar que quien pierde su vivienda termine allí.
UNA CUESTIÓN DE ESTRUCTURA
Las adicciones y los problemas de salud mental aparecen de manera recurrente entre los perfiles atendidos por Cáritas. En Cuenca existen recursos como la Unidad de Conductas Adictivas y Proyecto Hombre, pero la entidad considera que no siempre son suficientes y reclama más recursos, entre ellos comunidades terapéuticas.
Hay personas diagnosticadas que mantienen una adherencia irregular a los tratamientos y otras que permanecen sin diagnosticar porque ni siquiera llegan al sistema sanitario. A ello se suman los tiempos de espera. Las citas y los procedimientos pueden demorarse durante meses, y ese tiempo puede ser decisivo para alguien que acaba de reconocer que necesita ayuda.
“Cuando la persona está en ese momento óptimo en el que reconoce la situación en la que se encuentra y quiere dar el paso a salir para adelante, no tardemos meses en tener esa cita”, reclama. Su propuesta es que las respuestas puedan producirse en semanas y no en meses.
Los recursos de alojamiento son también limitados. Además del CAU, con diez plazas, Cáritas dispone del Centro de Acogida Residencial San Julián, con otras 15 plazas. Se trata de un recurso de convivencia orientado a procesos de inserción sociolaboral y recuperación personal a medio plazo, con estancias de hasta 18 meses. Ambos recursos muestran que salir de la calle no consiste solo en encontrar un lugar donde pasar la noche.
Durante los episodios de calor extremo también se habilitan recursos específicos de refugio, aunque la capacidad de respuesta vuelve a plantear una cuestión: qué ocurre cuando las plazas disponibles no son suficientes y cuáles son las alternativas para quienes quedan fuera.
Resusta asegura que muchas personas en situación de calle sí solicitan ayuda, aunque la dificultad puede aparecer después, con los trámites, las citas y los tiempos de espera. La intervención comienza incluso antes de que una persona entre en un recurso. “Nosotros lo que intentamos siempre es vincularlos a la organización en primer lugar, conocerlos bien”, explica.
Esa relación puede ser determinante para que acepten acudir al CAU y comenzar un itinerario de recuperación. Pero no siempre funciona a la primera. Algunas personas abandonan los recursos y posteriormente regresan; otras terminan recuperando una vida estable y permanecen en Cuenca “como cualquier ciudadano más”.