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20 de Septiembre de 2021 Son las 23:04

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Especial Semana Santa 2020
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 La Alberca de Záncara y la Santa Cruz nos recibió en gracia

La Alberca de Záncara y la Santa Cruz nos recibió en gracia

Hacía mucho tiempo, tal vez más de doce años, que había estado en aquel lugar manchego, enraizado en su paisaje y adornado por las aguas de su Záncara moruno, del que tanto aprovechan en cuerpo y alma.

Sin duda, aquella aldea de época islámica creció gracia a familias de recio abolengo que fueron cubriendo campos de cereal, viñas y olivares. Por eso, el rico caldo que cosechan en su Cooperativa o que bien vende la Viña Charcón de su bodega moderna, han enaltecido un pueblo que durante siglos vivió al lado de su citada Alberca como icono de la historia más real.

Todo aquí es historia y mucha. Cuando el marqués de Villena llena armas para su lucha por el poder de Castilla, aquí se vive adosado a él. Luego la llegada de Francisco de la Cruz, el toledano de Mora, que inicia hábitos en los carmelitas de La Alberca para luego crear esos Esclavos de la Santa Fe que darán a este lugar el santo y seña de su devoción y patronazgo a favor de la Santa Cruz.

Por eso sus habitantes que pasean por sus calles nobles y sus callejas más rurales en trazado manchego, alardean de sus escudos y portadas en la calle Nueva, de devoción en la calle de la Amargura. Ellos y yo, bebemos agua en la Fuente del Pilar y refrescamos mirada en esa calle de las Huertas, pero cuando pasamos por la plaza de Arriba o del altozano donde se encuentra el Ayuntamiento de soportales, bellísimo, y su iglesia parroquial dedicada a la Asunción, todo se transforma. Dentro, sus capillas y el retablo mayor.

Seguimos en ese convento de Santa Ana, antes carmelito descalzo, y ahí, el barroquismo alberga a su reliquia de la Santa Cruz en su capilla sin acordarse de que hubo otro convento también –ahora desaparecido- y como mucho podemos pasear hacia la ermita de San Isidro, el labrador junto a la Serrezuela para hacer romería de la buena. Casas, casonas, balcones, algún tejaroz, hospitalillo de Juan López, ermitas de antaño, fachadas emblanquecidas, plaza nueva remozada con fuente elegante, mercado y costumbres ancladas en su honestidad, la de sus gentes. Por eso cuando se canta la Jota rabiosa: “Yo no me canso morena, subo la cuesta contigo y no me canso morena y luego la bajo solo y me fatiga la pena” te sientes otro –como diría Blas Patiño- y entre mayos a la Virgen y a la Santa Cruz, los Dichos de moros y cristianos que aún están mantenidos por tradición y solera, al igual que aquel San Marcos, Cruz de Mayo, Santa Cecilia, el baile del garrote o las doce palabritas y el Caracol en la Navidad.

Y así fue como el pasado miércoles volvía a acercarme a este lugar -acompañado de mi hermano Susy-, para recordar antaño con mi pregón de fiestas y acercarme al Estanco de Ernesto Cerrillo Higueras para charlar con él de tiempos pasados y presentes, dejando a su servicio un puñado de aquellos libros escritos que nos cuentan la Historia de esta rica población, rica en generosidad y en honestidad, sin que olvidemos que ahora, sigue habiendo un buen vino y un buen aceite para saborear con gusto y precio.

La Santa Cruz nos bendijo y eso, en tiempos de pandemia, es muy de agradecer, sin duda.

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