Hay una Cuenca de invierno, de persianas bajadas, brasero, consulta médica con nombre y apellidos y bares donde se sabe quién pide cortado y quién caña. Y luego está la Cuenca de verano, esa en la que aparece gente de debajo de las piedras, se agotan las barras de pan a media mañana, las sillas salen a la calle cada noche y el pueblo que en enero parecía dormido se convierte, de repente, en una pequeña capital con verbena, piscina y primos de Madrid o Valencia.
Y es que los datos de población estacional de 2024 de la Encuesta de Infraestructuras y Equipamientos Locales del Ministerio para la Transición Ecológica ponen cifras a ese fenómeno tan conquense como volver al pueblo “solo unos días” y acabar quedándose hasta después de las fiestas. La estadística recoge padrón, población estacional e incremento por pueblos, entidades y núcleos, sin incluir la capital al superar los 50.000 habitantes.
Así, sin contar Cuenca capital, los municipios y núcleos analizados pasan de 140.925 habitantes empadronados a 322.935 personas de población estacional. Son 182.010 más en solo unas semanas, un incremento del 129%, lo que convierte al territorio conquense en ese lugar al que volver en verano.
Donde el fenómeno se vuelve casi de récord es en los pueblos y núcleos más pequeños. Villar del Saz de Navalón pasa de cinco habitantes de padrón a 250 de población estacional, un incremento del 4.900%, mientras que Villaseca salta de dos a 100, también con un 4.900%.
No se queda lejos El Arrabal, en el municipio de Moya, que pasa de apenas 2 empadronados a 60 habitantes estacionales, lo que supone un aumento del 2.900%. Yémeda también protagoniza una de las subidas más llamativas: de 17 vecinos de padrón a 500 en verano, con un incremento del 2.841%.
La lista de grandes multiplicadores sigue con Campillos-Sierra, que pasa de 29 habitantes a 500; Salmeroncillos de Arriba, de 5 a 85; Pineda de Gigüela, de 60 a 1.000; y Valsalobre, que sube de 21 a 350. Son pueblos donde el verano no duplica la población, sino que la transforma por completo
El tirón de las raíces familiares y las segundas residencias convierte cada verano a muchos pueblos en la primera opción para las vacaciones
A mitad de la tabla aparecen municipios que no parten de cifras tan diminutas, pero que también experimentan un subidón veraniego considerable. Garaballa pasa de 62 habitantes empadronados a 1.000 estacionales, un incremento del 1.513%; Alcohujate, de 19 a 300, con un 1.479%; y el núcleo del Pantano de Buendía, de 33 a 500, con un 1.415%.
También destacan Valdemeca, que pasa de 82 a 1.045 habitantes estacionales; Huérguina, de 48 a 600; El Tobar, de 24 a 300; o Valdemoro-Sierra, que sube de 105 a 1.300.
En el otro lado de la tabla están los pueblos que menos crecen en porcentaje. Y es que, cuanto mayor es el municipio, menor suele ser el impacto relativo de la población estacional. Es lo que ocurre en Arcas, que apenas crece un 3%, al pasar de 1.453 a 1.490 habitantes estacionales; o en Motilla del Palancar y Quintanar del Rey, ambos con un 19% de incremento.
La misma lógica se repite en Mota del Cuervo, que suma un 20%; San Clemente, con un 21%; Tarancón, con un 26%; Las Pedroñeras e Iniesta, con un 27%; y Valera de Abajo, con un 28%. Son localidades con más población estable, más servicios durante todo el año y una vida menos dependiente del calendario estival, aunque también noten la llegada de veraneantes, familias y visitantes.
Aun así, los grandes municipios siguen aportando muchos habitantes en términos absolutos. Tarancón suma 4.248 personas más en verano; Belmonte añade 3.725; Ledaña, 2.438; Villamayor de Santiago, 2.395; El Pedernoso, 2.378; y Los Hinojosos, 2.269.
Con todo, la población estacional demuestra que muchos pueblos conquenses tienen una vida mucho más amplia que la que refleja el padrón toda vez que cada municipio del territorio conquense sigue teniendo gente vinculada a él, aunque no siempre figure empadronada.