Valdecolmenas de Abajo, un pueblo unido por su festival de teatro
En Valdecolmenas de Abajo, un pueblo que en invierno apenas supera la veintena de habitantes, el teatro no es una actividad cultural más, es una forma de que sus vecinos se mantengan unidos. Desde hace más de 60 años, los habitantes mantienen vivo un festival de teatro que sigue llenando cada verano la plaza y ha pasado de padres a hijos y de abuelos a nietos.
La tradición teatral del pueblo se remonta a cuando los inviernos eran largos y no había apenas distracciones, tal y como cuenta María Antonia Perucha, hija de una de las fundadoras. Entonces, las obras se ensayaban y representaban durante los meses fríos, dirigidas muchas veces por vecinos del propio pueblo. Con el paso del tiempo, el teatro se trasladó al verano, coincidiendo con el regreso de quienes viven fuera y vuelven por vacaciones. Desde entonces, el festival se ha convertido en uno de los momentos “más esperados del año”, señala Maribel Barbero, una de las actrices que a día de hoy sigue en activo.
A lo largo de las décadas se han representado clásicos de Lorca, Arniches o adaptaciones de textos griegos, además de obras escritas o versionadas específicamente para el grupo. También se han recuperado piezas tradicionales como La Endiablá, un auto sacramental ligado a la historia del pueblo.
Y aunque el festival ha tenido parones, desde principios de los años 2000, ha adquirido mayor continuidad bajo la dirección de Fermín García, que se encarga de adaptar las obras, repartir los papeles y coordinar los ensayos. Su papel ha sido clave para coordinar a un reparto cambiante, formado por vecinos que viven en Madrid, Cuenca, Mallorca, La Rioja o Toledo, y que solo coinciden unas semanas al año.
Para que todas las piezas de la obra acaben encajando a la perfección como si de un puzle se tratase, los papeles se reparten con antelación y los ensayos se adaptan a la disponibilidad de cada cual, hasta que en la primera quincena de agosto todos se reúnen para dar forma a la obra.
Uno de los rasgos más singulares del festival es su carácter intergeneracional. En el escenario conviven actores de más de 80 años con adolescentes que se suben por primera vez a las tablas. Lejos de ser una barrera, la diferencia de edades se convierte en aprendizaje mutuo. “Los jóvenes nos ponen las pilas”, reconoce entre risas Maribel Barbero.
Eso sí, el festival no se limita a la representación de verano. Todo se hace en el pueblo y con lo que el pueblo tiene. El escenario se monta entre vecinos, el decorado se construye a mano, los trajes se reciclan de carnavales, armarios familiares o antiguos vestidos de boda. Y si alguien canta, toca un instrumento o sabe dibujar, acaba formando parte del espectáculo. Así, consigue que el teatro se expanda más allá del escenario e involucre a músicos, técnicos improvisados y ayudantes de todas las edades.
En este sentido, las representaciones suelen tener lugar en un rincón de la plaza, aunque en ocasiones se han adaptado a otros espacios como la ermita o patios particulares. El público se sienta en sillas que antes cada uno llevaba de casa y que hoy facilita la asociación local La Rivilla, que también ayuda a sostener el festival con recursos limitados. Todo se financia casi de forma personal, con la ilusión como principal motor y el deseo de seguir mejorando, por ejemplo, el sonido o la infraestructura.
A pesar de esta dilatada trayectoria, la difusión sigue siendo mínima y, durante muchos años, el festival ha sido casi un secreto guardado por y para el pueblo. Aun así, quienes asisten saben que no van solo a ver una obra de teatro, van a ver a sus vecinos, a sus familias y a sus amigos.
Y es que, en Valdecolmenas de Abajo, el teatro es sacrificio, nervios y ensayos interminables, pero también es orgullo, pertenencia y emoción compartida. Cada verano, cuando se apagan las luces improvisadas y comienza la función se demuestra cómo el teatro es capaz de unir a un pueblo entero.