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Los últimos guardianes de la memoria del extinto Santa María de Poyos

Prudencio y Leandro, que nacieron en el poblado ahogado por el pantano de Buendía hace 70 años, rememoran la crudeza de un éxodo forzoso marcado por el frío y la miseria
Fotos: Lola Pineda
01/08/2026 - Rubén M. Checa

Prudencio Puerta recuerda todas las fechas a sus 96 años. Leandro Torrecilla, con 91 años, tiene cada imagen guardada en su memoria. El primero sabe que las familias comenzaron a llegar a Paredes de Melo en noviembre de 1951, mientras él cumplía el servicio militar en Melilla. El segundo todavía se ve con 15 años caminando bajo la lluvia junto a su padre y un primo, conduciendo cuatro vacas durante cerca de 50 kilómetros desde Santa María de Poyos. Han pasado más de siete décadas, pero ninguno ha olvidado cómo empezó aquella nueva vida.

Y es que, este 2026 se cumplen 70 años de que Santa María de Poyos desapareciera finalmente bajo las aguas del embalse de Buendía. Los habitantes del pueblo, que estaba ubicado en la provincia de Guadalajara, fueron realojados en distintos lugares de la geografía española. Algunos acabaron en Guma (Burgos), otros en Palencia o Valladolid, y un grupo de 51 familias recaló en Paredes de Melo. 

Hasta esa fecha no existía el pueblo, así que fue un núcleo construido desde cero y considerado el único pueblo de repoblación levantado por el franquismo en la provincia de Cuenca. En concreto, se encargó de su construcción el Instituto de Reforma y Desarrollo Agrario (IRYDA) y sobre el papel, recuerdan los últimos habitantes que tuvo Santa María de Poyos, iban a recibir casas y tierras en este nuevo emplazamiento en la provincia de Cuenca. Pero la realidad, recuerdan, fue mucho más amarga.

“Se portaron muy mal con nosotros de primeras”, afirma Leandro a Las Noticias de Cuenca, que se encuentra sentado junto a Prudencio bajo la sombra de un pino de la plaza principal del pueblo. Desde allí rememoran para este periódico la historia de lo que consideraron “un engaño”, ya que cuando llegaron, Paredes todavía no estaba terminado. 

Algunas familias tuvieron que compartir habitaciones; otras fueron alojadas en barracones levantados con materiales precarios o durmieron en cuadras junto a las mulas. Recuerdan ambos los piojos, el frío y el barro. “Te quitabas la camisa, la sacudías y caían”, explica. Prudencio, visiblemente emocionado, rememora viviendas en las que convivían hasta tres familias y cuartos tan pequeños que había que pasar por encima de una cama para llegar a otra.

Tampoco pudieron traer todo cuanto tenían. Leandro detalla que su familia se vio obligada a vender el ganado y que las cosechas quedaron atrás cuando comenzó a cerrarse la presa. “Todo se lo llevó el agua y no nos dieron un duro”, lamenta. Su padre, que tenía cabras, perdió con ellas la forma de vida que conocía. Al llegar al nuevo asentamiento hubo que comprar paja y pienso porque allí todavía no había nada.

La promesa de comenzar de nuevo tampoco salió gratis. Los colonos tuvieron que amortizar durante 25 años las casas y las tierras que recibieron. “Aquí no nos han regalado nada”, repiten ambos varias veces. Prudencio lo resume con una escena que todavía le duele: su padre acudió a un banco de Tarancón buscando dinero para sacar adelante a la familia, pero le negaron el crédito porque las propiedades de Poyos ya habían sido expropiadas y las de Paredes aún no eran suyas. “Nos pagaron tarde, mal y nunca”, sostiene.

Aun así, salieron adelante. Trabajaron la tierra, que no eran tan fértiles como las de Poyos y tardaron años en empezar a tener buenas cosechas, criaron a sus hijos y fueron transformando aquellas viviendas idénticas, pensadas con grandes corrales para los animales, en hogares propios. Leandro tuvo tres hijos y vivió primero de las vacas y las mulas y después del tractor. “He criado a mis tres hijos y no le debo a nadie un duro”, dice orgulloso. Prudencio mira ahora las casas arregladas y vuelve a insistir en que cada puerta, cada ventana y cada mejora han sido pagadas con el esfuerzo de sus dueños.

Ese sacrificio levantó el Paredes de Melo actual, un municipio de fachadas blancas y calles trazadas con orden. El alcalde, Marcial Martínez, explica que existen dos modelos de vivienda original, prácticamente iguales por dentro, y que los corrales ocupaban mucho más espacio que la propia casa. El Ayuntamiento mantiene una normativa para conservar esa imagen propia de los pueblos de colonización ideados durante el franquismo: las nuevas construcciones deben respetar las fachadas blancas, aunque pueden incorporar algún zócalo de piedra.

La agricultura continúa siendo la principal actividad, mientras que la ganadería ha desaparecido. El municipio cuenta con unos 65 habitantes censados, una cifra que, según detalla Martínez, apenas ha variado en los últimos años. Algunas familias viven en Tarancón y regresan para atender sus tierras, y también hay jubilados que emigraron a Madrid en su juventud y han vuelto al pueblo al terminar su vida laboral.

Paredes conserva, además, las fiestas que viajaron desde Santa María de Poyos: la Virgen de la Soterránea, San Roque y San Isidro. Al mismo tiempo, cada cuarto domingo de septiembre se celebra una romería junto a la antigua ermita a las orillas del pantano de Buendía. Allí se reúnen quienes permanecieron en Cuenca y los descendientes de las familias repartidas por otros puntos de España.

Rosa María Moreno, hija de un vecino de Poyos, recuerda aquellos encuentros de su infancia. Las familias preparaban tortillas y chorizos, acudían a misa y participaban en la procesión. Pero lo que más se le quedó grabado fueron los reencuentros: “Se les caían las lágrimas al verse después de tanto tiempo”. Ella teme que la tradición pierda fuerza cuando ya no vivan quienes nacieron en el pueblo desaparecido. “Nosotros ya hemos nacido aquí en Paredes”, reconoce.

El Ayuntamiento colabora cada año con la romería y conserva en la iglesia fotografías antiguas de Poyos recopiladas entre los vecinos. Sin embargo, no dispone de espacio ni presupuesto para crear un museo permanente. Martínez señala que esa falta de recursos es uno de los grandes problemas de los pequeños municipios. Paredes, además, apenas posee terrenos municipales: durante el reparto se adjudicó todo a los vecinos y al Ayuntamiento solo le quedaron el casco urbano y el cementerio.

Para el alcalde, mantener las fiestas y los recuerdos es una forma de respeto hacia quienes fueron expulsados de su hogar. “Bastante pasaron. Si ahora les quitas lo poco que tienen del recuerdo, es matarlos del todo”, afirma.

Hoy, apenas quedan ocho matrimonios vivos de los que hicieron aquel amargo viaje y con ellos se va apagando la memoria directa de Santa María de Poyos, aunque sus fotografías, sus santos y sus relatos continúan viviendo en Paredes de Melo. “Nadie sabe lo triste que es abandonar su casa, sea mejor o peor, porque hasta la piedra más humilde de una pared resulta querida cuando forma parte del lugar en el que uno ha nacido”. 

No en vano, al año de venir aquí “se murieron todos los viejos de pena”. “Mi abuela cayó muerta en la fuente, nadie sabe lo triste que es dejar tu casa”. También fue triste dejar a sus seres queridos allí, “echaron hormigón sobre el cementerio y no pudimos sacar los cuerpos de nuestros familiares”, enfatizan.

Setenta años después, el agua de Buendía sigue sobre los cimientos anegados de Santa María de Poyos. Sin embargo, en las calles de Paredes de Melo y en las manos curtidas de Leandro y en la memoria de Prudencio, sobrevive la resistencia de una generación que se negó a ahogarse. Nadie les regaló nada, pero compraron su derecho a existir con el sudor de toda una vida.