La patata de Mariana mejora su rendimiento y roza las 30 toneladas por hectárea
La patata de Mariana afronta una campaña con mejores perspectivas que las de años anteriores. Así lo cree Santiago Muñoz Igualada, uno de los pocos agricultores que mantienen viva la producción de este tubérculo en el municipio conquense. Calcula que este año sus parcelas, situadas a orillas del río Júcar, rendirán en torno a 30 toneladas por hectárea. La campaña empezó a primeros de septiembre y, de momento, lo que está saliendo, “está saliendo mejor que otros años”, asegura.
Muñoz explica que la producción por hectárea en la zona es baja si se compara con la de las grandes explotaciones. “Solemos estar en torno a 25 o 35 toneladas por hectárea”, detalla. Reconoce que hay campañas en las que el rendimiento cae hasta las 20 toneladas, lejos de las 40 o 50 que alcanzan los grandes productores. Para esta temporada sitúa sus previsiones entre las 25 y las 30 toneladas por hectárea. “No creo que suba de ahí”, matiza.
Este año cultiva algo más de cinco hectáreas, una superficie que suele oscilar entre las cinco y las seis cada campaña. Con esas cifras, su cosecha podría rondar las 150 toneladas.
El agricultor señala que el resultado de cada año depende en buena medida de la climatología. “Los calores o las diferencias de temperatura al cultivo de la patata le vienen muy mal”, explica.
En años anteriores la cosecha se resintió, bien porque el gusano de la tierra atacó con más fuerza, bien porque la patata salió más pequeña. Esta vez el panorama es más halagüeño. “Alguna puede estar tocada, pero de momento la campaña se está desarrollando bien”, apunta.
La variedad que siembra Muñoz es la Agria, y el agricultor no duda en destacar sus virtudes. “Freír, fríe muy bien. Se queda muy amarilla, muy dura y está muy buena”, describe. Añade que no es dulce, como sí lo son otras variedades.
Sobre el origen de su fama, que la ha convertido en un producto muy apreciado en la capital, reconoce que ni los propios productores tienen una respuesta clara. Apunta como posibles causas la altitud, ya que los cultivos se sitúan entre los 900 y los 1.000 metros, y unas tierras que, a su juicio, marcan la diferencia con las patatas que se crían en otros entornos. A ello se suma la cercanía a Cuenca.
Muñoz detalla que la campaña tiene dos momentos. Este año empezó a cosechar a finales de agosto, coincidiendo con la Feria de San Julián, pero esa patata “la tienes que coger y venderla rápido”. La de ahora, entre octubre y noviembre, es la que mejor se conserva. “En esta época ya se puede guardar y almacenar, siempre que no venga mucho calor”, precisa.
PRECIOS ESTABLES
En cuanto a los precios, el agricultor explica que el kilo se vende entre 0,80 y 1 euro, una horquilla que se mantiene desde hace tres años. “Te tienes que adecuar al mercado. Hay años que la patata está muy cara y a lo mejor la puedes subir un poco, pero normalmente no varías el precio”, detalla.
En un momento en el que muchos cultivos han dejado de ser rentables, la patata sigue siendo un respaldo para los agricultores de la zona. “Aquí el cereal ya no es rentable con los precios que llevamos. Sembrando un poquito de patata y un poquito de cereal, te ayuda”, explica Muñoz, que combina ambos cultivos en su explotación.
Sin embargo, la patata ha dejado de ser el motor económico que fue en Mariana. En el pueblo quedan cuatro productores. Muñoz es de los que más superficie siembra, mientras que otros vecinos de más edad apenas cultivan entre 2.000 y 3.000 metros cuadrados. La producción de Muñoz se queda casi íntegramente en la capital y sus alrededores.
FIESTA DE LA PATATA
La importancia de la patata en Mariana tiene incluso su propia celebración, que el pueblo vivirá el domingo 25 de octubre. Muñoz recuerda que la Fiesta de la Patata nació hace muchos años de la mano de un animador sociocultural llamado Juan Ramón, que alentó a los vecinos a organizarse, plantearse una cooperativa y dedicar un día al producto. “Llevamos haciéndolo más de una década”, recuerda Muñoz.
Ese día, los vecinos que quieren colaborar cocinan la patata a su gusto para comer después todo el pueblo junto en el salón de baile municipal. “A uno le apetece hacerlas con conejo, otro con chistorra, otro quiere hacer unas patatas a lo pobre. Cada uno que colabore y que las cocine como quiera”, explica. Él aporta la materia prima y, en los últimos años, la lleva ya pelada y cortada para que la gente que colabora no tenga tanta faena esa mañana.
A sus 49 años, Santiago Muñoz no recuerda una etapa de su vida alejada de este cultivo. Empezó a acompañar a su padre al campo con 12 o 13 años, y antes que él ya cultivaban patata sus abuelos.