De la Edad del Bronce a las necrópolis: los tesoros de Abia de la Obispalía
“Mi interés por la historia del pueblo es porque no se había escrito nada. Veía que escribían en otros sitios y empecé a investigar un poquito. Había mucha miga para poder darlo a conocer”. Así comenzó Jesús Guerra Fernández a tirar del hilo de la historia de Abia de la Obispalía, una pequeña localidad situada a poco más de veinte kilómetros de Cuenca que, pese a su reducido tamaño, conserva huellas de quienes habitaron estas tierras a lo largo de los siglos.
Guerra no es historiador. Nació en Cuenca en 1966 y trabaja como administrativo, pero mantiene desde niño un estrecho vínculo con Abia, de donde procede su madre. Ese apego fue el que despertó una curiosidad que, con el paso de los años, se convirtió en una labor de investigación realizada durante su tiempo libre y que le ha llevado a publicar dos libros. Archivos históricos, prensa, internet y fotografías antiguas proporcionadas por algunos vecinos han sido algunas de sus fuentes. “Han sido muchos años, poco a poco, porque al estar trabajando tiene que ser en el tiempo libre. Le he quitado mucho tiempo a mi familia”, reconoce.
Y cuanto más buscaba, más aparecía. Uno de los descubrimientos que más sorprendieron a Jesús Guerra tiene varios miles de años de antigüedad y conduce directamente hasta el British Museum: el conocido como Tesoro de Abia de la Obispalía, un conjunto de objetos de oro de la Edad del Bronce. En 1918, un brazalete de 169 gramos procedente del hallazgo fue depositado en el Museo Arqueológico Nacional junto con información sobre otras diez piezas, pero no hubo acuerdo para su adquisición y fue retirado al año siguiente. Durante años se perdió la pista del tesoro, hasta que el arqueólogo Martín Almagro-Gorbea lo localizó en el British Museum, que lo había adquirido en 1921 por 250 libras esterlinas. El conjunto conservado actualmente en Londres está formado por 14 piezas, aunque no todas coinciden con las descritas inicialmente. Para Guerra, conocer el destino de aquel hallazgo fue una de las grandes sorpresas de sus años de investigación: "Es patrimonio nuestro y es una tristeza que no esté en nuestro museo".
Las huellas del pasado se suceden por distintos puntos del término municipal. En el Cerrillo de los Arenalejos se pueden contemplar 33 tumbas antropomorfas excavadas en la roca, “un espacio utilizado para enterramientos cuya datación podría corresponder a época prerromana o medieval”. A ellas se suman antiguos colmeneros, que podrían remontarse a época romana o medieval, y un singular petroglifo situado en el camino de la Fuente del Chorro-Val de la Dehesa. “Se trata de una peña de arenisca labrada en la que aparecen inscripciones realizadas en diferentes épocas”.
Precisamente este último fue uno de esos descubrimientos que sorprendieron al propio Guerra pese a conocer el terreno desde pequeño. “Había pasado muchas veces por esa zona porque soy aficionado a la caza, al medio ambiente y al senderismo, y un día, al lado del camino, me quedé mirando y vi unas cruces patadas. Pensé: ¿Pero qué estoy viendo aquí?”.

RECORRIDO POR LA HISTORIA
La presencia romana también dejó rastros. Guerra habla de un tramo de calzada que se encuentra ya muy deteriorado y de varios denarios —monedas romanas de plata— hallados en el municipio. “Hay unos hallazgos que están en el Museo de Cuenca, 33 creo que son, en dos lotes. Evidentemente, aquello era una zona de paso porque salvaba alturas y también tenía un sitio estratégico para controlar el valle del río Záncara”, señala.
Otro capítulo singular lo escriben las cuevas-bodega. Abia de la Obispalía conserva cerca de 200, algunas de las cuales podrían remontarse al periodo de ocupación árabe. Su abundancia está estrechamente relacionada con la importancia que tuvo el cultivo de la vid y la elaboración de vino en la localidad. “Allí hubo muchísima viña, lo que pasa es que luego se fue abandonando, vinieron enfermedades y llegó la despoblación cuando la gente emigró. Pero hay gente que todavía sigue elaborando el vino allí”, explica Guerra.
El recorrido por la localidad conduce también hasta la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, fechada en 1198, y la ermita de San Jerónimo, patrón de la villa. No existen datos sobre la fecha de construcción de esta última, aunque sí consta su reconstrucción en 1905. Es, además, uno de los rincones preferidos de Jesús Guerra. “La Ermita del Santo es uno de los sitios que más me gustan. En mayo hacemos una romería y llevamos a San Jerónimo hasta allí. También está el Cerro del Castillo, donde ver una puesta de sol, un eclipse o la luna llena es una pasada”.
Y entre las construcciones que han logrado sobrevivir al paso del tiempo sobresale la torre del telégrafo óptico, una de las mejor conservadas de la provincia. Su futuro, sin embargo, preocupa especialmente a Guerra. La torre se encuentra en una propiedad privada y cualquier proyecto de recuperación requiere un acuerdo que permita actuar sobre ella. “Está declarada Bien de Interés Cultural y tiene una protección. Estamos a tiempo de que no se venga abajo, porque en muchos sitios las están restaurando”, insiste.
Buena parte de este patrimonio puede conocerse hoy a través de itinerarios señalizados. Guerra está convencido de que todavía queda mucho por descubrir y, sobre todo, por dar a conocer. “Lo conoce muy poca gente. Yo lo he dado a conocer todo lo que he podido, de manera altruista, evidentemente, por el amor al pueblo”, resume.
“Estamos a tiempo de que la torre del telégrafo no se venga abajo; en muchos sitios las están restaurando”