De Cuenca a Sudáfrica para digitalizar el tráfico del país
Carlos Valero recuerda con precisión aquella tarde de diciembre de 2012. Había ido a ver unas tierras que su padre tiene cerca de Palomares del Campo, todavía dándole vueltas a la oferta de trabajo más importante que le habían hecho nunca, cuando sonó el teléfono. Era uno de sus jefes, y le preguntó si quería dirigir un proyecto que les acababan de adjudicar en Pretoria, una de las tres capitales de Sudáfrica.
Carlos colgó y siguió mirando el campo un rato más. “Tras darle muchísimas vueltas, me lié la manta a la cabeza y dije que sí”, recuerda sobre los días siguientes. La decisión, sin embargo, no fue solo suya. Esos mismos días, Marisa Soriano, su mujer, empezaba a encontrarse mal y sospechaba que estaba embarazada. “Cuando confirmamos que estaba embarazada, él ya tenía el pasaporte y el billete listos para el check-in”, recuerda ella, sobre unos días en los que la noticia del embarazo y el sí a Sudáfrica llegaron casi a la vez.
Han pasado 14 años y el matrimonio sigue allí. Carlos y Marisa viven en Johannesburgo, después de más de una década en Pretoria. Lo hacen en lo que allí llaman “estates”: urbanizaciones cerradas y vigiladas, con seguridad las veinticuatro horas, campo de golf y, en alguna de ellas, hasta una reserva con antílopes dentro del propio recinto. A pocos kilómetros, la otra Sudáfrica: los townships, los barrios de chabolas de hojalata que quedaron de la época del apartheid, donde todavía vive buena parte de la población más pobre del país. “Siempre decimos que es un país de contrastes”, resume Marisa.
Ese salto de más de 8.000 kilómetros llegó por el trabajo de Carlos. Ingeniero de Telecomunicaciones, cursó la Ingeniería Técnica en Cuenca y completó posteriormente la Superior en Madrid. Su trayectoria profesional comenzó precisamente fuera de la provincia, ante las pocas oportunidades que encontraba entonces para desarrollar aquí su profesión. Trabajó inicialmente en una empresa de ingeniería vinculada a proyectos para Vodafone y, después de distintos destinos, recaló en SICE, Sociedad Ibérica de Construcciones Eléctricas, compañía en la que está a punto de cumplir dos décadas.
Carlos llegó a Sudáfrica como director de proyecto para modernizar las infraestructuras de tráfico de Pretoria. Entre los trabajos que recuerda se encontraba la instalación de alrededor de 240 nuevas intersecciones, fibra óptica, un centro de control y sistemas vinculados también al transporte público. Aquella primera experiencia abrió después la puerta a nuevos proyectos en el continente.
Hoy ha pasado de dirigir un proyecto concreto a encargarse del área africana de la compañía, principalmente con actuaciones en Sudáfrica y Botsuana, aunque su trabajo también le obliga a desplazarse a otros países en busca de nuevas oportunidades.
“Hemos contribuido a la mejora de las infraestructuras”, explica Carlos, satisfecho especialmente por el impacto que estas actuaciones han tenido sobre la seguridad vial y la reducción de los tiempos de espera en las ciudades.
Mientras la carrera profesional de Carlos avanzaba, Marisa tuvo que adaptar la suya a aquella nueva vida. Maestra de formación y funcionaria en España, durante los primeros años se dedicó principalmente al cuidado de sus hijos después de no conseguir el visado necesario para trabajar como profesora en centros públicos sudafricanos.
Probó entonces otros caminos. Impartió clases de español a hijos de algunas familias que habían ido conociendo y actualmente trabaja desde casa como administrativa para una empresa española gracias al teletrabajo.
FAMILIA
El matrimonio tiene dos hijos. Julia es la mayor, y Carlos el pequeño. Ambos nacieron en España, aunque prácticamente toda su vida ha transcurrido en África. Estudian en un liceo francés de Johannesburgo y los dos dominan español, inglés y francés. En este tiempo, sus padres han mantenido una regla sencilla: dentro de casa siempre se habla español.
De ahí que los dos pequeños puedan cambiar de idioma y modificar el acento con absoluta naturalidad. Eso sí, cuando hablan castellano “tienen el acento de Cuenca”, presume Carlos. De hecho, algún ‘copón’ se les escapa.
Y es que, Carlos y Marisa no quieren que Cuenca sea para sus hijos simplemente el lugar al que viajan durante las vacaciones, sino un espacio que también reconozcan como suyo.
Por eso procuran que cada verano tengan amigos, actividades y una pequeña vida propia tanto en la capital como en los pueblos de la familia (San Lorenzo de la Parrila y Palomares del Campo). Julia ha formado ya su grupo de amigas y Carlos, aficionado al fútbol como su padre, ha participado este verano durante todo julio en el campus de la UB Conquense.
VIVIR EN ÁFRICA
Por otro lado, vivir en Sudáfrica les ha permitido también conocer un continente que describen con entusiasmo. Han recorrido las Cataratas Victoria en Zimbabue, el delta del Okavango en Botsuana, distintas reservas naturales y buena parte del territorio sudafricano. Les gustan las playas de Durban y el océano Índico, los safaris y, especialmente, Ciudad del Cabo, que ambos sitúan entre sus lugares preferidos.
Pero más allá de los paisajes, destacan todo lo que estos años les han aportado personalmente. Su círculo de amistades ha incluido personas vinculadas a embajadas, consulados, Naciones Unidas, la Unión Europea o el Banco Mundial.
También ha reforzado la relación entre los cuatro. “Vamos en el pack a todos los sitios”, bromea Carlos. En Sudáfrica los niños necesitan que sus padres los lleven prácticamente a cualquier actividad, por lo que gran parte de su tiempo libre lo comparten juntos. Hasta el punto de que, cuando llegan a España y pueden dejarlos unas horas con los abuelos, reconocen que la sensación les resulta extraña.
Han construido así una vida que nunca imaginaron cuando aquel teléfono sonó en diciembre de 2012.
Y, de momento, continuará. Carlos tiene acordado con su empresa permanecer al menos otro año y está pendiente también de nuevos proyectos. Pero existe ya una fecha aproximada para empezar a mirar definitivamente hacia Europa. La marca Julia. Cuando su hija mayor alcance los 17 años, Carlos y Marisa quieren plantearse el regreso a España o, al menos, a algún país europeo que les permita estar mucho más cerca de sus familias.
Hasta entonces seguirán repartiendo su vida entre dos lugares que sienten propios.