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Julián Carboneras, el artista que hizo grande lo pequeño

Treinta años después de su muerte, sus nietas reivindican el legado del prolífico artista conquense que cultivó el dibujo, la acuarela, el óleo, las miniaturas y el naïf
Julián Carboneras, el artista que hizo grande lo pequeño
Tren saliendo de Abia. Foto cedida
27/09/2026 - Eduardo M. Crespo

Cuenca ha sido y es tierra de artistas. Muchos nacieron aquí y otros tantos encontraron entre sus hoces, sus calles, sus paisajes y su particular luz una fuente de inspiración. Hay nombres conocidos, reconocidos y admirados por todos y otros que, pese a haber gozado de prestigio en su tiempo, no ocupan hoy en la memoria colectiva el lugar que su trayectoria parece merecer. Entre estos últimos podría situarse Julián Carboneras López, un artista tremendamente prolífico nacido en Abia de la Obispalía que se atrevió con distintas técnicas y estilos y que llegó a destacar especialmente en el arte de la miniatura.

Han pasado treinta años desde su muerte y quizá sea un buen momento para volver a mirar su obra. No solo por la cantidad —su familia conserva más de 600 trabajos—, sino por la variedad de una producción que abarca más de cinco décadas y en la que encontramos dibujo, acuarela, óleo, miniaturas y hasta una última etapa dedicada a la pintura naïf. Para recordar su biografía, recorrer su trayectoria y acercarnos también al hombre que había detrás del artista hemos hablado con sus nietas Laura, Susana y Estefanía Urrutia Carboneras, con quienes mantuvo una estrecha relación y que hoy trabajan para preservar y dar a conocer su legado.

Del dibujo a la miniatura

Julián Carboneras nació en Abia de la Obispalía el 17 de febrero de 1910. Su inclinación por el arte apareció pronto y durante su juventud se trasladó a Valencia, donde asistió a la Escuela de Artes y Oficios. Allí adquirió una formación en la que el dibujo desempeñaría un papel fundamental y que posteriormente trasladaría al resto de su producción artística.

Sus primeros pasos profesionales fueron precisamente como dibujante. Colaboró con periódicos y revistas y, ya instalado en Madrid, sus trabajos aparecieron en publicaciones como El Pueblo, Madrid, La Gaceta del Norte o La Vanguardia, además de cabeceras internacionales como Caras y Caretas, de Buenos Aires, y Cartel, de La Habana.

Pero una disciplina terminaría convirtiéndolo en un artista especialmente singular. En 1947 orientó su trayectoria hacia el retrato-miniatura sobre marfil, una técnica de enorme precisión. Dos años después celebraba en el Museo Nacional de Arte Moderno de Madrid su primera exposición individual de miniaturas, una muestra que alcanzó una notable repercusión en la crítica y los medios y que llegó incluso a ocupar la portada de La Vanguardia.

Carboneras trabajó también el óleo, la acuarela y el dibujo y, en sus últimos años, se adentró en la pintura naïf. El inventario que conserva actualmente la familia reúne más de 220 óleos, 98 acuarelas, alrededor de un centenar de dibujos y obras sobre papel, 51 miniaturas y 88 trabajos correspondientes a esa etapa final.

Julián Carboneras, de joven, con su paleta en el jardín. Foto cedida

Constante evolución

A lo largo de su trayectoria, Julián Carboneras protagonizó 53 exposiciones individuales y participó en numerosas muestras colectivas. Su presencia en el Salón de Otoño de Madrid se tradujo además en distintos reconocimientos: Tercera Medalla de Pintura en 1961, Tercera Medalla de Acuarela en 1962, Segunda Medalla de Acuarela en 1965 y Segunda Medalla de Pintura en 1966.

Sus nietas creen que detrás de esa variedad técnica y de estilos había, sobre todo, una enorme curiosidad y el deseo permanente de aprender. “Era innovador respecto a sí mismo. Empezó con el dibujo a tinta y, cuando lo dominó, pasó a la acuarela, después al óleo, al naïf... Era curioso y quería avanzar en su carrera a un nivel personal, crecer artísticamente y enfrentarse  constantemente a nuevos retos”, explica Estefanía.

Cuenca siempre estuvo allí

Su carrera artística se desarrolló lejos de su localidad natal, pero Cuenca nunca desapareció de su pintura ni de sus recuerdos. El paisaje fue uno de los grandes ejes de su producción y el inventario familiar conserva más de una veintena de obras dedicadas expresamente a la ciudad y a Abia de la Obispalía, además de otras composiciones relacionadas con el entorno conquense.

Las Casas Colgadas, las calles, los paisajes y otros rincones quedaron plasmados en diferentes trabajos. Incluso en una de sus maravillosas pinturas naïf aparece una estación ferroviaria con el nombre de Abia. El propio Carboneras dejó constancia de esa fascinación por su tierra en una entrevista publicada por Diario de Cuenca en 1976, en la que afirmó que “Cuenca y León son las capitales más pintables de España”.

“Siempre recordaba su tierra y se consideraba conquense. Le gustaban muchísimo sus paisajes, sus motivos y sus recuerdos. Y hablaba mucho de la luz de Cuenca”, explica Laura.

Esa mirada atenta hacia cuanto le rodeaba forma parte también de los recuerdos más personales de sus nietas. Estefanía, hoy pintora y residente en Barcelona, pasó muchas horas de su infancia junto a su abuelo. Él trabajaba frente al caballete y ella dibujaba a su lado. “Veía que yo quería pintar como él y me ponía ejercicios. Me decía que tenía que copiar del natural, colocaba un jarrón y unas naranjas y yo dibujaba mientras él pintaba. Me corregía, me enseñaba a dibujar e íbamos juntos a exposiciones. Mi abuelo me enseñó a mirar”.

Ciruelas con paño de hilo. Foto cedida

Un legado por redescubrir

Treinta años después de su fallecimiento, sus descendientes conservan más de 600 trabajos y llevan años tratando de ordenar, documentar y divulgar un legado mucho mayor de lo que podría imaginar quien apenas conozca hoy su nombre.

La familia trabaja con el Museo de Cuenca en la posibilidad de organizar el próximo año una exposición retrospectiva. El proyecto todavía no está cerrado, pero permitiría recorrer las distintas etapas de un artista cuya obra, consideran sus nietas, merece volver a mostrarse precisamente en la tierra en la que nació.

“Creemos que la obra de mi abuelo lo merece, porque es extensa y maravillosa. Que no se esté exponiendo y que los conquenses no conozcan a este pintor es algo que no puede ser. Merece ese reconocimiento y que su obra vuelva a mostrarse, porque es lo que él hubiera querido”, reivindica Estefanía.

Julián Carboneras falleció en Madrid en 1996. Treinta años después, permanecen sus miniaturas, sus dibujos, sus acuarelas, sus óleos y aquellos paisajes en los que Cuenca nunca dejó de estar presente. Y quizá ahora corresponda hacer con su obra aquello que él enseñó a hacer a su nieta: detenerse, prestar atención y volver a mirar.

Dama con sombrero. Foto cedida