El secreto de una obsesión: un secreto diferente se mire como se mire
24/04/2016 - Pepe Alfaro
Las últimas experiencias de adaptar ajenas películas de éxito por parte de la gran industria americana enseguida me recuerda los fiascos estrellados de Vanilla Sky (versión del film de Amenábar Abre los ojos) o The Tourist, lujosa adaptación de la producción francesa El secreto de Anthony Zimmer (Jérôme Salle, 2005), que no evitaba la decepción a pesar de contar con la presencia de dos estrellas de la talla de Johnny Depp y Angelina Jolie.
No eran antecedentes muy estimulantes a la hora de acercarse a una de esas historias que, sin saber muy bien por qué, dejaron un poso de emoción insoluble con el paso del tiempo. Hablamos de la producción argentina El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009), cuya versión made in Hollywood se presenta reescrita por el director Billy Ray bajo el título El secreto de una obsesión.
Desde el propio título asistimos a un giro que empieza en la misma concepción de género, partiendo de un drama construido a base de pinceladas no exentas de cierto tono lírico, que en la versión original acercaban al espectador hasta los despachos de la burocracia judicial argentina, el nuevo guionista se decanta por un thriller que solo comparte con el original el hilo argumental. Es el mejor acierto, estamos ante una historia nueva, y como tal debe abordarse, las motivaciones de los personajes y las relaciones personales se han tamizado y cambiado; por ejemplo, el amor no culminado por compartimentado ha pasado de estar motivado por una desigualdad social a añadir la diferencia racial. Y además, sin remisión.
Como siempre los americanos aprovechen para acercar el ascua a su sardina, y en este aspecto empieza a cansar que se vuelva a argumentar el tema del 11-S como leitmotiv del equipo de investigación donde se ambienta el proceso argumental de los tres personajes principales. En cualquier caso, la historia se sigue con interés, y si uno logra evadirse referencias argentinas y acceder a las angustias del nuevo héroe recreado por el actor de color Chiwetel Ejiofor (el protagonista de 12 años de esclavitud), podemos sumergirnos en una obsesión a lo largo de trece años de investigación. El triángulo se completa con la sorprendente mirada de madurez natural y envejecida por la condena que padece en el film Julia Roberts, contrastando más si cabe con la inexpresiva máscara que ofrece Nicole Kidman. Otra cosa es la credibilidad del conjunto, y eso depende de cada espectador.
Por ello sorprende la capacidad expresiva de las “estrellas” creadas digitalmente para la película El libro de la selva, otra nueva adaptación de Disney de su versión animada de hace cincuenta años con base en el libro de Rudyard Kipling, también estrenada en nuestra ciudad esta semana. Curiosamente, el personaje más limitado es el único que ha sido interpretado por un actor, el niño que hace de Mowgli. Con todo, un verdadero divertimento de imaginación visual, una hazaña tan simple en sus personajes (los hay buenos, malos o simpáticos) como en sus motivaciones (amor, venganza, amistad…), pero la cosa funciona, especialmente si el niño que todos llevamos dentro se deja arrastrar por la aventura.
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