Chema Albareda retrata la belleza fugaz de la vida
José María Albareda (San Clemente, 1960) es un pintor enamorado del paisaje, tanto de las viñas y campos de girasoles de La Mancha en la que nació como del Casco Antiguo de la capital, donde reside. Pero ahí no acaba la cosa: también le atraen los rostros y las mesas de trabajo de los pintores. De ahí que, en su exposición ‘La figura y el lugar’, que hasta el 31 de noviembre se puede contemplar en el Centro Cultural Aguirre, haya reunido una veintena de pinturas que, principalmente, se centran en paisajes, retratos y mesas de trabajo de artistas como Cézanne o Rembrandt.
Aunque Chema Albareda es un pintor que, de lo que vive, es de su trabajo de docente -da clases de Plástica y Dibujo Técnico en un instituto-, pinta desde niño y con constancia. “Nunca he dejado de pintar, porque sé que si lo haces cuesta retomarlo. Como decía Saura, copiado de una frase de Rembrandt que este tenía en el estudio: Ningún día sin una línea”.
Con esta premisa, ni siquiera los fines de semana deja de acudir a su cita con los lienzos. “Siempre intento buscar un rato el sábado o el domingo, porque entre semana es más difícil compaginar vida familiar y laboral. Se trata de continuar y no dejarlo”.
Las de Albareda son pinturas figurativas, pero también expresionistas. “Me gusta estar en ese límite entre lo figurativo y lo que casi es abstracto, pero sin dar el salto total. Siempre tengo que tener alguna herramienta compositiva que me agarre a alguna figuración: el abstracto me gusta mucho verlo pero no me siento cómodo en él: me produce vértigo”.
A la hora de retratar la capital conquense, se deja llevar por “el juego de formas verticales. Tanto Federico Muelas como mucha gente lo han reflejado: Cuenca es lo vertical, alzarse sobre el suelo. Y a mí me gusta componer ese juego de sombras que suben hacia arriba y se quedan suspendidas en el aire”.
Se trata de una Cuenca de colores no del todo vivos, pero tampoco oscuros. “Estoy entre medias: aunque en la Facultad tuve una etapa más colorista, ahora me gustan los tierras, los ocres, los carmines, los sienas”.
Junto a la capital, hay varias obras dedicadas al campo manchego, un paisaje “con una variedad tremenda, que en cada época del año es un espectáculo, con un tono distinto, de modo que van apareciendo los rojos, los marrones… Es el mundo que conozco mejor y donde más a gusto estoy”.
Los retratos
A lo que más horas dedica Chema Albareda es, no obstante, a los retratos. En ellos adquiere una vertiente más realista. En esta muestra se recogen, entre otros, los de su hija y su madre.
“Reflejo lo que tengo más cerca. En el caso del retrato de mi hija, me gusta sobre todo incidir en los ojos, en la mirada. Y, en el de mi madre, me llama la atención el rojo de su vestido, un rojo muy fuerte en medio del cuadro, que de alguna manera me recuerda a ‘El expolio’ de El Greco”.
Junto a otros retratos de seres angustiados, en los que empezó a trabajar y quiere seguir haciéndolo tras leer un artículo sobre el Alzheimer, ‘La figura y el lugar’ cuenta con varias pinturas dedicadas a las mesas de trabajo de pintores a los que admira. Llama la atención una calavera que recuerda la mesa en la que trabajó Cézanne. “Él la tenía y es un tema que me interesa, el de las vanitas (vanidad en el sentido de vacuidad, de insignificancia), un recurso que aparece mucho en el barroco y que remite a la fugacidad de la vida, a que todo pasa rápidamente”.
Tras contemplar la calavera y oírle hablar sobre lo fugaz que es todo, la lectura de sus pinturas adquiere nuevos matices: es fácil apreciar la nostalgia por el tiempo que se quiere y que se va: ahí están los paisajes manchegos de la infancia, la Cuenca otoñal, su madre, los ojos todavía de infancia de su hija, la angustia del Alzheimer, los colores siempre un pelín apagados. Y entiende mejor el cuadro que en parte podríamos decir que cierra la exposición, denominado ‘Donde nunca fuimos’: una carretera, probablemente una autopista, que no se sabe adónde lleva, ese lugar al que podríamos haber viajado pero nunca lo hicimos, las vidas que podíamos haber tenido y no tuvimos. Nostalgia por lo no vivido.