San Julián, un lugar para la devoción y la memoria
“Mi lugar tranquilo”. La frase permanece escrita en uno de los azulejos que cubren parte de un muro de la ermita de San Julián el Tranquilo. Junto a ella aparecen nombres, familias, lugares y recuerdos que han ido dejando su huella en este rincón dedicado al patrón de Cuenca. Son pequeños testimonios de una devoción que no entiende de distancias y que sigue llevando hasta este paraje a conquenses, visitantes de otros puntos de España e incluso del extranjero.
La costumbre de colocar estos azulejos comenzó en 2002 y continúa 24 años después. José Arias Ovejero, de la Asociación de Amigos de San Julián el Tranquilo, nos cuenta que “hay piezas dedicadas a familias, otras recuerdan a personas fallecidas y algunas hacen referencia a santos o patronos de otras localidades”. En el muro aparecen también lugares alejados de Cuenca, reflejo de la procedencia de quienes llegan hasta la ermita.
Y siguen siendo muchos. Arias recuerda una reciente celebración en la que llegaron a reunirse 42 personas en misa, entre ellas numerosos visitantes extranjeros. Habla de colombianos y también de personas llegadas desde distintos puntos de España. Castellón o Burgos son algunas de las procedencias que recuerda de grupos que han pasado por un enclave cuyo atractivo va más allá de su significado religioso.
De conservarlo se ocupa, entre otros, la Asociación de Amigos de San Julián el Tranquilo, que cuenta actualmente con más de 200 integrantes. Cada domingo hay misa a las 10.30 horas y los miembros de la entidad aprovechan también sus visitas para realizar pequeñas labores de mantenimiento. “Hacemos lo que podemos con Carlos a la cabeza”, resume Arias, que habla de barrer, arreglar desperfectos y cuidar un espacio al que lleva subiendo desde hace más de tres décadas.
“Este es un sitio tranquilo donde se puede pasar un buen día; tranquilidad para el cuerpo y para el alma”
AÑOS DE LUCES Y SOMBRAS
Pero en este tiempo también se han vivido momentos desagradables. Arias recuerda especialmente los dos robos sufridos en apenas una semana. Los autores “se llevaron las herramientas utilizadas para el mantenimiento, entre ellas un grupo electrógeno y una taladradora, y dejaron todo el interior revuelto, con cajones y objetos por el suelo”. Sin embargo, aquello que más valor tenía para los devotos permaneció en su sitio. “La reliquia de San Julián no se la llevaron”, recuerda.
La principal preocupación de Arias en estos momentos tiene que ver con la celebración del patrón. Desde la asociación lamentan que el 28 de enero haya dejado de ser festivo en Cuenca y reivindican su recuperación para que los conquenses puedan volver a acompañar a San Julián en su día.
El último 28 de enero dejó para Arias una imagen difícil de olvidar. A la jornada laborable se sumó el mal tiempo, que impidió sacar al santo en procesión. Recuerda que “después de una de las misas apenas quedaron tres personas dentro de la ermita y un padre y su hijo en la explanada”. Una estampa muy diferente de la que conserva de otros años, cuando desde antes de las nueve de la mañana comenzaban a llegar personas y la afluencia continuaba también por la tarde. “Ojalá vuelva a ser festivo”, repite.
Pero San Julián el Tranquilo no vive únicamente de sus grandes fechas. Durante todo el año llegan excursionistas y personas que buscan precisamente aquello que anuncia su nombre. Arias cuenta que religiosas y sacerdotes han pedido en ocasiones las llaves para pasar allí el día o realizar retiros. El camino, el paisaje y el silencio completan una experiencia que él resume como “tranquilidad para el cuerpo y para el alma”.
“Nos robaron dos veces en una semana y se llevaron todo el material para el mantenimiento de la ermita, pero la reliquia del santo quedó a salvo”