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Pequeño comercio

Pili Gómez, el último mostrador del Pozo de las Nieves

Su tienda es hoy el único comercio de alimentación tradicional que resiste en el barrio conquense
Pili Gómez, el último mostrador del Pozo de las Nieves
Foto: Saúl García
14/03/2026 - Eduardo M. Crespo

A las cinco y media de la mañana, cuando el barrio del Pozo de las Nieves todavía duerme, ya hay luz en casa de Pili Gómez. Nació en 1963 en Fuertescusa, pero lleva “cerca de treinta años” viviendo en este barrio conquense donde hoy resiste la última tienda de alimentación “de las de siempre”. A esa hora, Pili baja al mercado a por frutas y verduras frescas. Después coloca el género, desayuna y, a las ocho y media, sube la persiana. Empieza entonces una jornada de doce horas al pie del cañón.

Su tienda de alimentación Las Nieves, donde también vende pan, chuches, bollería, bebidas frías y “algo de droguería”, cumple ya tres lustros con ella al frente. La tienda abrió en el barrio hace más de veinticinco años, pero fue en 2013, en plena crisis económica, cuando Pili decidió dar un giro a su vida profesional y capitanearla. Hasta entonces había trabajado como delineante en dos estudios de arquitectura y en uno de ingeniería; también en un laboratorio de productos hospitalarios y, mucho antes, en la fábrica de pantalones Lois que funcionó fugazmente en Cuenca a comienzos de los años ochenta.

Cuando Pili empezó a vivir en el Pozo de las Nieves, el céntrico barrio conquense “era otra cosa”. Eran, por lo general, matrimonios jóvenes con hijos los que ocupaban los pisos. “Muchos procedían de pueblos de la provincia y habían comprado vivienda para que sus hijos estudiaran en la capital”. Por aquellos años, había muchos estudiantes, bares “con mucho ambiente”, verbenas en el mes de agosto por la Virgen de las Nieves, y vecinos que bajaban sus sillas a la calle y asaban patatas en el parquecillo durante las fiestas de San Mateo, “con sus largas charlas por delante”. 

Y estaba el gimnasio de su pareja, Ángel Millán de las Heras, uno de los primeros gimnasios de la ciudad, abierto antes en otros barrios de la ciudad a comienzos de los ochenta. Por sus puertas entraban y salían chavales con el kimono blanco, camino de las clases de judo y de tardes divertidas. Era un trasiego constante que daba vida a las calles del Pozo de las Nieves.

Muchos de aquellos niños crecieron y se marcharon a barrios más nuevos. “Muchos padres han envejecido, claro, otros han fallecido”. El pequeño comercio fue cerrando poco a poco: “Llegó a haber tres tiendas o cuatro de alimentación funcionando al mismo tiempo, una pescadería, una casquería… Después abrió un bazar chino”, nos cuenta Pili. Ahora, su pequeña tienda Las Nieves “es la única que sobrevive en el barrio como comercio de comestibles de toda la vida”, junto con la carnicería de siempre que está a muy pocos pasos.

Esa condición de última superviviente tiene algo de épico, pues se trata de una resistencia de lo cotidiano frente a las grandes superficies y las compras online. “Tengo una clientela estupenda porque un negocio de barrio es también un lugar de encuentro con la gente. Son clientes y son amigos. Y claro, el tiempo pasa y por desgracia muchos de los vecinos de toda la vida han fallecido”. Lo afirma sin dramatismo, como quien constata el paso del tiempo en un barrio que ha envejecido.

 

“El barrio llegó a tener tres o cuatro tiendas de alimentación funcionando a la vez, pescadería, casquería, varios bares... era otro tiempo”

 

Pili recuerda muchos buenos momentos y algunos no tan buenos. Los días más duros, cuenta, llegaron con la pandemia. Entonces, Las Nieves fue un servicio esencial en el sentido más literal del término. Mientras el país se confinaba, el Pozo de las Nieves, con una población mayoritaria de edad avanzada, “vivía con mucho miedo”. Miedo al contagio, a salir a la calle, a tocar el dinero. Pili abrió cada mañana sabiendo que había muchas personas vulnerables que dependían de ella para lo básico: el pan, la leche, los huevos, la fruta… Recuerda aquellos meses comoå los más difíciles de su vida profesional. El silencio de las calles, la incertidumbre “y el dolor de ver cómo el virus se llevaba por delante a clientes y amigos de toda la vida”. 

Pero el día a día apenas ha cambiado desde que se colocó tras el mostrador: madrugar, ir al mercado y escoger género, colocar, atender, fiar cuando hace falta… y escuchar. Porque una tienda de barrio es también un termómetro social. “Ahora el tema de conversación está en si, cuando abran la nueva residencia de mayores, el barrio va a recuperar el parque del que disfrutó durante toda la vida o va a ser solo parte de la residencia”, nos cuenta. Ella tiene claro, y aquí sale la Pili delineante, que el parque volverá a ser lo de antes: “cuando se urbaniza un barrio hay que dejar un porcentaje de zona verde y ese porcentaje es del barrio”.

Y mientras el barrio espera recuperar su parque, su tienda Las Nieves sigue ahí, con su fachada amarilla y las letras azules que anuncian pan, chuches y bollería. Aquí no hay marketing sofisticado ni diseño corporativo. Hay continuidad, memoria, servicio al público y cariño hacia todo un barrio.