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Empatía, esfuerzo y servicio: así llegan los nuevos agentes de la Policía Local

Jesús Ángel Rodrigo y Jaime Muñoz, dos de los nuevos agentes que están en prácticas, comparten sus primeros pasos en un trabajo que definen como “vocacional”
Foto: Saúl García
15/06/2026 - Rubén M. Checa

Hay profesiones que se eligen por estabilidad, otras por tradición familiar y algunas por casualidad. También existen trabajos que nacen de una inquietud difícil de explicar, una idea que acompaña a las personas durante años y que, pese a los obstáculos, al final se acaba convirtiendo en realidad. Es lo que les ha ocurrido a Jesús Ángel Rodrigo y Jaime Muñoz, dos de la decena de agentes que han entrado en el cuerpo de la Policía local de Cuenca durante el último año, y que ahora viven sus primeros días patrullando las calles de la capital. 

Tras superar un exigente proceso de oposición y completar su formación en la Escuela de Protección Ciudadana, los dos agentes viven sus primeros días con emoción. Aunque en el caso de Jesús Ángel, esta situación no es nueva. Lleva casi dos décadas trabajando en la calle ya que entró como agente de movilidad en 2006, en la primera promoción, y desde entonces ha estado ligado a la regulación del tráfico y a la organización de muchos de los grandes eventos de la ciudad. 

Sin embargo, con el paso de los años sintió que necesitaba dar un paso más. “Quería crecer profesionalmente”, explica, ya que como agente de movilidad, recuerda, sus competencias se centraban en el tráfico, una parcela importante pero limitada. A menudo los ciudadanos veían un uniforme y acudían a él pidiendo ayuda para situaciones que legalmente no podía asumir. “Eso te lleva a tomar la decisión de decir: quiero crecer profesionalmente porque me encuentro muy limitado”, relata.

En su caso, además, el camino hacia la Policía Local estuvo condicionado por la vida familiar. Tiene dos hijos y siempre tuvo claro que no podía permitirse opositar por toda España. “Me limité a opositar aquí a Cuenca”, cuenta. Durante años preparó las pruebas mientras seguía trabajando y atendiendo sus responsabilidades personales. Aprobó la oposición el año pasado, aunque tuvo que esperar para incorporarse a la academia porque el curso ya había comenzado. Ese tiempo lo pasó como funcionario en prácticas en la propia jefatura antes de completar finalmente la formación.

Jaime llegó al cuerpo local de manera distinta. El estudió Magisterio y durante años orientó su carrera hacia la enseñanza. Pero había una idea que nunca terminaba de desaparecer. “Ser policía era un sueño desde niño”, recuerda. Veía pasar a los policías cuando era pequeño, se preguntaba adónde irían, qué harían, cómo sería su trabajo. Tenía amigos policías y, mientras ellos empezaban a opositar, él seguía centrado en su propia oposición de maestro. Hasta que llegó la pandemia. “Vi que encerrado en casa no valía. Necesitaba estar fuera”, explica. Fue entonces cuando decidió empezar a prepararse en serio.

Lo que vino después fueron más de tres años de estudio intenso y entrenamiento físico. “Cinco o seis meses estudiando ocho, nueve o diez horas al día”, resume. Y es que, la competencia es enorme: cientos de aspirantes para apenas unas pocas plazas. En la última convocatoria, recuerda, hubo unas 300 instancias para tres plazas. Las pruebas físicas, además, añaden una presión extra. Hay que correr, saltar, lanzar y mantener un equilibrio entre velocidad, resistencia y fuerza. “Un mal día lo tiene cualquiera”, comenta.

OPOSICIÓN APROBADA

Cuando llegó el momento de conocer los resultados, ambos vivieron una mezcla de alivio, incredulidad y emoción. Jaime reconoce que todavía le cuesta asimilarlo porque la idea de trabajar en su ciudad, haciendo exactamente aquello que deseaba, todavía le parece irreal. Jesús Ángel, más veterano, habla de la satisfacción de culminar un proceso largo y exigente que había compatibilizado con trabajo y familia.

Ahora ambos están viviendo sus primeras semanas en la calle. El periodo de prácticas se prolongará hasta octubre, momento en el que firmarán ya como policías de pleno derecho. 

Desde el primer día, subrayan, los compañeros les han tratado “como uno más”. Han participado en intervenciones reales, aunque todavía permanecen en una segunda línea para aprender de quienes llevan años de experiencia. “Cada día es una aventura diferente”, dice Jaime. 

Hablan sin idealizar la profesión. La parte más desagradable, coinciden, es la sancionadora. Jesús Ángel lo conoce bien por su experiencia anterior como agente de movilidad. “A nadie le gusta denunciar”, afirma. Sabe lo que es poner una multa, pero también recibirla. Y entiende la reacción de muchos ciudadanos cuando se enfrentan a una sanción. Además, en una ciudad como Cuenca, donde muchas veces se conoce, denunciar a un vecino nunca resulta agradable.

Jaime comparte esa visión. Cuenta que, en ocasiones, la actitud de la persona marca la diferencia. Hay quien reconoce el error y acepta la sanción sin conflicto, y hay quien busca un culpable externo. Pero insiste en que el objetivo de los agentes en la capital no es recaudar. 

“Somos una policía muy cercana”, señala. Después de haber hecho prácticas en otras ciudades más grandes, percibe una diferencia clara: aquí se intenta concienciar antes que castigar, siempre que la situación lo permita.

 

AYUDA AL CIUDADANO

Los dos agentes no dudan en asegurar que lo más gratificante del trabajo está en las intervenciones en las que pueden ayudar directamente a alguien. Acudir a un accidente, asistir a una persona que atraviesa un mal momento, ofrecer apoyo cuando alguien lo necesita. “Eso te lo agradecen de otra manera”, explica Jesús Ángel. Ahí es donde sienten que el uniforme cobra todo su sentido.

También reivindican una parte del trabajo que rara vez aparece en los titulares, y que tienen que ver con la organización de la ciudad. Procesiones, carreras populares, eventos deportivos, cortes de tráfico y dispositivos especiales dependen en buena medida de la labor policial. “Ese motor de la ciudad muchas veces no se ve”, resume Jesús Ángel, que recuerda turnos enteros regulando el tráfico para que los actos puedan desarrollarse con normalidad.

¿Qué consejo darían a alguien que quiera seguir sus pasos? La respuesta vuelve a girar alrededor de la vocación. De echo, Jaime es especialmente claro: quien busque únicamente un sueldo o un trabajo estable debería pensárselo dos veces. Y es que, a su juicio, “tienes que saber tratar con la gente”, insiste. Habla de paciencia, de empatía, de ponerse en el lugar del otro y de recordar que detrás de cada llamada hay una persona con sus problemas. “Tratar a alguien como si fuera tu madre o tu padre”, resume.

Jesús Ángel añade otra palabra, la de la constancia. Porque las oposiciones son largas, exigentes y están llenas de momentos de frustración. Pero, dice, merece la pena. “No hay un día igual a otro”. Esa variedad, esa mezcla de servicio público, contacto humano y situaciones imprevisibles, es lo que mantiene viva la motivación después de tantos años.

Ahora ambos ya son agentes en prácticas, y siguen aprendiendo cada jornada. No llevan mucho tiempo patrullando las calles de Cuenca, pero ya han descubierto algo que muchos policías veteranos repiten con frecuencia: detrás del uniforme hay personas que también sienten, dudan, se equivocan y aprenden. Y quizá por eso, precisamente, la cercanía y la empatía se convierten en sus mejores herramientas de trabajo.