Cuenca consume más de 16 millones de litros de agua al día
Abrir el grifo y que salga el agua potable, fresca y segura es un gesto que está tan asumido que a menudo se olvida el inmenso trabajo e infraestructura que hay detrás para que este líquido llegue a nuestros hogares. Esta logística se traduce en un consumo de 16,4 millones de litros de agua de forma diaria, y en el caso de Cuenca capital y sus pedanías se trata de agua de manantial, extraída de acuíferos subterráneos, cuya composición física y química es prácticamente idéntica a la de reconocidas marcas comerciales de agua mineral de la Serranía conquense.
Para conocer de primera mano cómo se logra esa excelencia, un equipo de Las Noticias de Cuenca se ha sumergido en las instalaciones del Servicio Municipal de Aguas junto a su coordinador, Juan Cañas; la directora del área de Calidad del Agua de la empresa pública Aguas de Cuenca, Inmaculada López; la técnico auxiliar de Calidad, Beatriz Sánchez y el concejal responsable del servicio, Alberto Castellano. A través de depósitos, galerías históricas y laboratorios móviles, descubrimos el motor prácticamente invisible a ojos de la ciudadanía que da de beber a toda una ciudad.
El viaje comienza en el paraje de Cueva del Fraile. Ahí, en el año 1530, se canalizó por orden de Juana I de Castilla un arroyo que brotaba agua hacia el río Huécar. Se construyó entonces el primer canal abierto, que bordeando toda la hoz, daba agua a las fuentes públicas del Casco Antiguo así como a los edificios más nobles de entonces.
Con el paso de los siglos y por cuestiones sanitarias, aquella infraestructura evolucionó. En 1899 se construyó un segundo canal, el que sigue en uso hoy en día, que canalizaba el agua hasta los antiguos depósitos de San Pedro y la zona del Matadero, llegando por una nueva infraestructura cerrada adentrándose por una cueva en el barrio del Castillo, bajando al depósito actual de la calle San Pedro.
Décadas más tarde, en los años setenta, se incorporó la captación de Rollo Frío, un manantial ubicado en las proximidades de Villalba de la Sierra, que lleva el agua hasta los depósitos y que en la actualidad suminsitra el 80% del agua que se consume a diario.
Y para su distribución, el engranaje se ordena en dos escalones. Primero los depósitos de cabecera, donde se realiza el tratamiento de las aguas que llegan a Cerro Molina, Dehesa de Santiago, El Castillo así como los de Valdecabras, Albaladejito (que nutre a Villanueva de los Escuderos, Cólliga y Colliguilla) y Tondos. Desde aquí, a parte de ir a la red de abastecimiento, reparten el agua a depósitos de distribución como los ubicados en Villa Román, calle San Pedro, polígono Sepes, Mohorte y La Melgosa.

TRATAMIENTO MÍNIMO
Las masas de agua de las que se beneficia Cuenca, conocidas técnicamente como el Jurásico de Uña y el Cretácico Norte, dotan al líquido de unas características excepcionales. Como explica Inmaculada López, directora de Calidad, “estamos en la misma masa de agua que otras fuentes del norte de la provincia, como Fuente Liviana o Solán de Cabras. Nuestra composición físico-química es prácticamente igual”.
Al tratarse de un agua de origen subterráneo que la propia naturaleza ya se encarga de filtrar, el único tratamiento que recibe antes de llegar a los hogares es el estrictamente obligado por la normativa sanitaria: la desinfección. El objetivo es mantener unos niveles de cloro residual libre de entre 0,2 y 1 miligramo por litro, previniendo así cualquier posible contaminación en la red de tuberías.
Este proceso se lleva a cabo en los depósitos de cabecera, que son siete en total, incluyendo Cerro Molina y Dehesa de Santiago, mediante la adición de cloro gas o hipoclorito líquido. Desde allí, el agua viaja por gravedad hacia los diez depósitos de distribución repartidos por la ciudad y las pedanías, lo que además supone un enorme ahorro energético y económico para las arcas municipales.
Garantizar que esos 16,4 millones de litros diario mantengan su pureza exige un protocolo de vigilancia acorde. Y aquí es donde entra en juego el meticuloso trabajo de Beatriz Sánchez, quien recorre incansablemente las instalaciones con su laboratorio móvil. A la semana, se realizan múltiples análisis de control en diferentes depósitos y puntos de la red.
En estos análisis de rutina, el equipo técnico verifica los parámetros asociados al olor, sabor y color que, dada la excelente materia prima, siempre resultan óptimos. Además, se mide el pH, la conductividad, la turbidez y los niveles de cloro libre y total del agua que llega a nuestros grifos.
La red de Cuenca, debido a su gran volumen, se somete a más de mil muestreos anuales. Estos incluyen análisis completos donde un laboratorio externo rastrea desde metales pesados hasta plaguicidas, pasando por análisis operacionales y listas de observación recientes, que incluso buscan rastros de antiinflamatorios u hormonas. Hasta la fecha, jamás se ha detectado ninguno de estos contaminantes en el agua de la ciudad.
Pero la vigilancia no solo se hace en los depósitos, sino que desde el servicio de Calidad también se vigilan las fuentes públicas, como la de la Plaza Mayor, a parte de las fuentes naturales en la carretera de Palomera, vigila las piscinas municipales y lleva a cabo revisiones en instalaciones interiores en hospitales, colegios o domicilios particulares. Y es que, de vez en cuando hay ciudadanos que llaman a Aguas de Cuenca dado que, a su entender, hay una anomalía por cuestiones como turbidez o sabores raros, que frecuentemente suele ser por asuntos relacionados con la vivienda y no por el estado de la red municipal.

MATENIMIENTO DE LA RED 24 HORAS
Si el agua es un tesoro, custodiarlo requiere estar en alerta 24 horas al día. Para ello están los celadores y fontaneros del Servicio de Aguas, que vigilan el servicio de forma ininterrumpida en turnos de mañana, tarde y noche los 365 días del año. Supervisan que los cloradores funcionen, que los niveles de los depósitos sean los correctos, y que las instalaciones mantengan una higiene escrupulosa.
Y si aparece una anomalía, el protocolo es inmediato: avisos internos, confirmación en menos de 24 horas y medidas preventivas y correctivas según el caso. Muchas incidencias, explican, no están en el “agua de origen” sino en instalaciones interiores con grifos en mal estado, cromados de baja calidad que pueden aportar metales como níquel, o incluso contaminación por limpieza inadecuada del propio caño.
Sin embargo, uno de los problemas del servicio, como relata Juan Cañas, no viene de la naturaleza, sino del incivismo. Cuenca tiene más de 150 fuentes de agua potable en sus calles, y cuando estas no se rompen por las heladas del invierno, lo hace el vandalismo. “Hay fuentes que las tenemos que reparar hasta 10 veces al año porque nos roban las palomillas o revientan los grifos a golpes”, lamenta Cañas.
Por eso, una posible solución técnica a medio plazo sería adaptar algunas fuentes para que mantengan un pequeño flujo constante, lo que evitaría la congelación invernal y reduciría la proliferación de bacterias en el caño, disminuyendo así el número de incidencias.
Aunque si hay algo de lo que nadie duda, es que detrás de cada gota que sale por los grifos de la ciudad y sus pedanías hay una vocación. “Trabajamos con el corazón, la cabeza y las manos”, sostiene Cañas, algo que corrobora Alberto Castellano.
Toda esta profesionalidad de los trabajadores, unido a la privilegiada captación de agua, hace que la capital tenga una de las tasas de agua más bajas de toda España. Al ser de gestión directa municipal y aprovechar la orografía para distribuir por gravedad, se evitan los sobrecostes energéticos y los márgenes de beneficio industrial de las gestoras privadas. Unas tasas que, asegura el edil, “no han sufrido ni sufrirán incrementos durante esta legislatura”.
