La cantera de San Mateo
En la Plaza de Mangana, lejos de la suelta de vaquillas enmaromadas y antes de enfrentarse a ellas de verdad, los mateos más pequeños aprenden primero con un carretón con forma de toro. Es la premisa que sostiene, año tras año, la actividad infantil más celebrada de las fiestas de San Mateo: un espacio donde practicar los gestos y las normas del toreo popular sin el riesgo del animal real. Planeta Movimiento repite este año el dispositivo, del 18 al 21 de septiembre y de cinco a ocho de la tarde, después de años en el que esta actividad no para de ganar popularidad.
Carlos Ponce de la Torre, socio de la empresa, coordina cada tarde el dispositivo en la plaza de Torre Mangana. Los carretones los cede la Asociación de Peñas Mateas, aunque la logística y el personal corren enteramente a cargo de la empresa. Este año repite, además, exactamente el mismo grupo de monitores que el pasado, ya curtido en el manejo de las multitudes que se agolpan alrededor del toro.
Ahí está, precisamente, la idea de cantera: los monitores acompañan de cerca a cada niño que torea y le recuerdan las normas básicas, como no ponerse justo delante o dejar hueco a los demás. “No desde el enfado, sino desde el aprendizaje”, subraya Ponce. Quien se salta una norma no recibe una bronca, sino que pasa a mirar cómo lo hacen sus compañeros antes de volver a intentarlo en la siguiente ronda. La fórmula funciona, ya que hay familias que aguantan las tres horas completas y regresan al día siguiente a repetir, niños que van creciendo actividad tras actividad y que, con los años, acabarán corriendo delante de la vaca de verdad con esos mismos reflejos ya interiorizados.
Manejar el carretón, mientras tanto, no está al alcance de cualquier monitor. Ponce busca en su equipo algo más que resistencia física: “agilidad mental a la hora de elegir el camino”, explica, la misma capacidad de reacción que exige un videojuego. El armazón se sostiene sobre una única rueda, “como un monociclo gigante”, y virar exige concentración constante para esquivar a los grupos de niños y trazar la ruta sobre la marcha. Los cuernos, eso sí, están fabricados con el realismo suficiente como para no perder la gracia del toro, aunque, aclara, “no pinchan”.
El desgaste físico obliga a organizar turnos de apenas cinco o diez minutos por monitor, con ciclos de descanso calcados a los de un entrenamiento: quince minutos de actividad, cinco de pausa.
El carretón no es la única propuesta de esos cuatro días. Alrededor de esta particular vaca, Planeta Movimiento monta cada jornada un programa distinto de talleres como pintacaras, manualidades o circo, pensado para edades y gustos que no encajan con la velocidad de la carrera.
La selección no es casual. Y es que, Ponce evita actividades pensadas para un único niño a la vez, como el pórtico aéreo de tela que la empresa reserva para otras citas del año, “porque ahí se crean colas”. Con la plaza abarrotada durante las fiestas, prefiere talleres capaces de absorber a varios niños a la vez y de adaptarse en dificultad según la edad de cada uno.
El año pasado, el recuento de niños distintos que pasaron por la actividad rozó los doscientos en cada jornada, y en los momentos de mayor afluencia llegaron a correr juntos entre treinta y cuarenta pequeños detrás del carretón. Gestionar ese volumen obliga a improvisar el recorrido sobre la marcha y a negociar el paso con las peñas que también ocupan la plaza esos días.
Si algo cambiaría de la edición anterior, apunta Ponce, es que el Ayuntamiento ayudase a “crear ese contexto” con algún cartel que anunciase la actividad infantil en la plaza, sin necesidad de vallar el espacio. Sin esa señalización, reconoce, se dan situaciones tan dispares como grupos de peñistas de botellón a pocos metros de niños haciendo deporte. “Queda raro”, resume, aunque matiza que el ambiente familiar que se respira alrededor del carretón compensa, con creces, esas tardes compartidas entre generaciones.