Viven en Valencia, Madrid y Castellón, pero cuando se acerca nuestra querida Semana Santa hay algo que vuelve a colocar a Cuenca en el centro de sus vidas. No es solo una tradición o una costumbre heredada sin más. Es una forma de pertenecer, de recordar, de reunirse con los suyos y, sobre todo, de reconocerse en una ciudad que vuelve a ser su hogar durante unos días especiales. Francisco Javier Juan, Mario Burgos y Mercedes Aguirre son los protagonistas de esta breve crónica. Ellos, como otros muchos conquenses, regresan a Cuenca en Semana Santa sí o sí.
FRANCISCO JAVIER JUAN
Francisco Javier se marchó de la ciudad con apenas 12 años. Desde entonces ha vivido en Valencia, donde desarrolló su vida profesional, pero “nunca he dejado de volver”. En su caso, la Semana Santa es una tradición profundamente familiar. Su abuelo fue nazareno, su padre también, él ha seguido ese camino y sus hijas forman parte de las mismas hermandades. Una cadena que se ha mantenido intacta con el paso del tiempo.
Para él, la Semana Santa es “tradición y sentimiento”, pero también “memoria”. Recuerdos de su infancia, de su familia, de una forma de vivir la pasión que sigue presente. “Durante décadas he sido bancero, capataz y continúo participando activamente. Incluso he compuesto una marcha dedicada a la Virgen”, nos cuenta. Su preparación comienza a conciencia varios meses antes: escucha marchas, sigue la actualidad desde la distancia y organiza cada detalle para volver a Cuenca cuando llega el momento.
MARIO BURGOS
Mario Burgos, con 27 años, representa a otra generación diferente, pero comparte la misma convicción. Vive en Madrid y trabaja en el ámbito de la comunicación, pero cada año organiza su calendario laboral en torno a la Semana Santa conquense. En cuanto su empresa lo permite, reserva sus vacaciones para asegurarse de estar en Cuenca desde el Viernes de Dolores hasta el Domingo de Resurrección. “No he fallado nunca”, afirma con rotundidad.
Para él, la Semana Santa es legado, fe y también un punto de encuentro familiar. “Nada más llegar a la ciudad, visito el cementerio para estar con mis abuelos y familiares. Es mi manera de empezar la semana”. A partir de ahí, dice, todo se encadena: procesiones, encuentros y lugares que forman parte de su historia. Burgos pertenece a varias hermandades y mantiene un vínculo especial con la Soledad de San Agustín, donde representa la quinta generación de su familia. Este año volverá a salir como bancero, continuando con una tradición que disfruta al máximo.
MERCEDES AGUIRRE
Mercedes Aguirre, por su parte, lleva más de tres décadas viviendo en Castellón. Su relación con la Semana Santa está marcada por la emoción y especialmente por la música. Hija de un conocido músico y compositor conquense vinculado a esta celebración, Julián Aguirre, creció en un entorno en el que las marchas formaban parte de su vida cotidiana. Para ella, la Semana Santa es “la gran fiesta de Cuenca”, pero también algo íntimo y personal.
“Es como un eslabón más de mi cuerpo”, nos viene a decir. Su vínculo con la Virgen, especialmente con la Soledad del Puente, es enormemente profundo. Durante años ha regresado siempre que ha podido, organizando sus visitas para no perderse los momentos clave: el Jueves Santo y el Viernes Santo son las procesiones que forman parte de su memoria.
Este año, sin embargo, la situación es algo diferente. Una reciente cirugía y las revisiones médicas pertinentes pueden dificultar su regreso. Aun así, mantiene la esperanza de poder escaparse a Cuenca unos días, aunque solo sea para sentir que no falta del todo a la cita nazarena. Porque, para Mercedes, no estar en el corazón de nuestra Semana Santa sería como dejar incompleta una parte de su vida.
Las historias Francisco Javier, Mario y Mercedes son historias distintas en edad y circunstancias, pero está claro que coinciden en lo esencial. Vivir fuera de nuestro territorio no rompe el vínculo con Cuenca, lo hace más fuerte. La Semana Santa no es solo una celebración para ellos: es memoria, cultura, familia, música y pertenencia.
Vuelven, sí, porque hay semanas que no se olvidan. Porque hay tradiciones que no se pierden. Porque, pase lo que pase, Cuenca siempre espera.