Una misma devoción a través de cuatro generaciones
La Semana Santa de Cuenca también se deja ver en los armarios de las familias. Allí, guardados como si de un tesoro de tratada, descansan los verdaderos tesoros de la tradición. Bien lo sabe la familia Domingo González, en cuya familia ese tesoro tiene forma de traje de Virgen.
Y es que, como detalla Coral González, esta es una pequeña joya de terciopelo que este año, después de varios años guardada con mimo, ha vuelto a salir para acompañar, en la hermandad del Huerto de San Esteban, a Chelo Domingo Bustamante, la cuarta niña de la familia que lo viste en casi cuatro décadas de tradición.
El origen de esta reliquia familiar se remonta a una promesa de madre. Coral recuerda perfectamente cómo nació la idea de confeccionar la vestimenta, ya que su hija Verónica “estuvo enferma” y si se recuperaba, se ofreció a salir de Virgen en la hermandad familiar, la del Huerto de San Esteban.
Fue entonces cuando las manos de Coral y las de una tía modista se pusieron a la obra para dar forma a un traje que, sin ellas saberlo, se convertiría en un símbolo inquebrantable para las mujeres de la casa. Verónica, la primera en lucirlo, tuvo que esperar un poco para poder cumplir la promesa.
"Yo lo saqué con tres años, porque no lo pude sacar antes porque pesaba mucho. Era muy grande y pesaba", confiesa Verónica con una sonrisa.
El diseño del traje, aunque majestuoso, requería de ciertos trucos para que las pequeñas nazarenas pudieran caminar por las calles de Cuenca sin tropezar. "Las puntas de delante las pisaba. De hecho, el manto lleva una pinza y un plástico por debajo para que no se pique ni se estropee, porque es muy caro", explican madre e hija, revelando esos secretos de vestidor nazareno que pasan de generación en generación.
Verónica procesionó como "virgencita" hasta los siete u ocho años. Después, el traje volvió al armario, pero no para quedarse. La norma no escrita de la familia es clara: el traje pertenece a la casa y está a disposición de las niñas que van naciendo.
La segunda en heredarlo fue Rosita, prima de Verónica. Años más tarde, el testigo lo recogió Anaís, la hija de Verónica, quien lo lució con orgullo durante cuatro años. Ahora, tras pasar 15 años cuidadosamente guardado, le ha tocado el turno a Chelo, la sobrina de Verónica.
"Iba a salir mi sobrina el año pasado, pero se lo probamos y le pesaba mucho. Este año se lo hemos vuelto a probar y ya iba mejor", cuenta Verónica con ese orgullo de tía al ver a su sobrina ya vestida y a punto de procesionar en la plaza de San Esteban.
Y es que, como reconocen tía y abuela, ver a las nuevas generaciones heredar la tela es un momento de profunda emoción. "A mí me hizo mucha ilusión", confiesa Verónica al recordar el momento en que volvieron a sacar el traje del armario. "Lo teníamos tan guardado con su tela para que no se estropeara... Espero que le dure mucho".
Este traje de Virgen es la joya de la corona, pero no es la única herencia cofrade de la familia. Las túnicas también pasan de hermanos a primos según van creciendo. Y es que la vinculación de esta familia con la Hermandad del Huerto de San Esteban es algo que llevan en la sangre, inculcado por la figura del abuelo.
"Cuando nacíamos, él iba al Huerto y nos apuntaba, y luego ya iba al registro civil", recuerdan Verónica y Coral.
Hoy, primos, tíos y sobrinos siguen saliendo juntos año tras año. Lo que empezó como una promesa por la salud de una niña de dos años es hoy una tradición familiar que mantiene unidos a todos los miembros de la familia Domingo González.