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Especial Semana Santa 2020

Tratado de familia

En este libro, los personajes transitan, más que por territorios fronterizos, por la tierra de nadie de sus emociones, viven expuestos a sentimientos propios y ajenos

26/1/2014 · David Barreiro

Es el cuento un subgénero narrativo engañoso. Parece lógico tratarlo como algo menor por su extensión y por el hecho de que, en apariencia, una simple idea pueda servir para tejer una acción que, contada en unas pocas páginas, cumpla con su objetivo de satisfacer al lector en un visto y no visto. Incluso existe una opinión generalizada de contraposición del cuento a la novela según la cual el primero no es más que la resolución de una trama mientras que a la novela corresponden los grandes conflictos internos y externos, el desarrollo de los personajes y, en definitiva, los grandes temas de la literatura. Nada más lejos de la realidad. El cuento es un subgénero de notable complejidad, esencia, puro hueso literario, en el que cualquier desliz en su andamiaje conduce inexorablemente a su derrumbe. Dicho de otra manera, el cuento no es una forma literaria menor –Poe o Cortázar lo atestiguaron–, aunque en su contra quizás juegue el hecho de que abundan en nuestras librerías los textos breves pero escasean los cuentos, los buenos cuentos.


Magníficos son los que conforman Agua dura (Ediciones del Viento, 2013), de Sergi Bellver, libro de doce historias de diferente extensión y, por qué no decirlo, hondura, en los que el autor maneja con filigrana los recursos propios del subgénero con una prosa siempre adecuada a la historia, seca y precisa en unas ocasiones –Propiedad privada, que inicia el libro, o El nudo de Koen– y de mayor cuerpo en otras –Deseo de ser Dimitri o Mala hierba–. 


En este libro, los personajes transitan, más que por territorios fronterizos, por la tierra de nadie de sus emociones, viven expuestos a sentimientos propios y ajenos incapaces de deshacerse de lastres del pasado –el peso de la memoria– y de encontrar asideros a los que aferrarse en el futuro y mimetizados con los desolados paisajes en los que se mueven.


Agua dura destaca también por los distintos planos de lectura de cada relato y por una estructura global en la que los dos textos de mayor altura –el citado Propiedad privada y el sublime Islandia– arropan con sus mantas ásperas al resto de cuentos en los que el autor muestra su destreza con el género y deja entrever sus influencias –Chéjov o Conrad– en historias urdidas con precisión y que se elevan con una prosa de gran calidad en no pocas ocasiones, como en esa carta de gélido desamor que es Pájaros que llegan a Moscú.


Hay, además, fino humor en el libro, vetas cómicas que, sin embargo, no alcanzan a sus personajes, sino que son compartidas únicamente por narrador y lector pues los hostigados protagonistas han de conformarse con una amargura que apenas deja margen para una esperanza que en la mayoría de las ocasiones se imagina pero no llega nunca a concretarse.


Pero sin duda el gran acierto de esta obra, lo que la ubica a buen seguro como uno de los libros de relatos del año, es su sutil y acertado acercamiento a ese universo extraño y esencial, cercano y al mismo tiempo remoto, llamado familia. Los personajes de Bellver se sienten obligados a querer a sus parientes cercanos, pero no pueden evitar sentir cierta extrañeza hacia ese amor impuesto que une tanto como aleja, que permanece latente pero puede no llegar nunca a empapar porque sus cañerías contienen tan solo agua dura que no fluye sino que permanece atascada mientras en otra parte la vida sigue su camino.


Sergi Bellver

Ediciones del Viento, 2013. 120 pp.

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