Miles de nazarenos. Miles de espectadores en las aceras. Miles de emociones ha despertado la procesión de este Miércoles Santo en Cuenca. El llanto previo a pisar la calle tras un año de espera, las dudas durante la complicada bajada de escaleras en San Esteban, San Pedro o la Catedral, la alegría que da la tranquilidad de saber que la meteorología no será un impedimento para salir a la calle este año, el escalofrío que despiertan las marchas en el cuerpo, el recuerdo de los que ya no están y, por su puesto, esa fe y devoción palpables en el ambiente son algunas de las miles de emociones y sensaciones que los de Cuenca y los que han venido a Cuenca han sentido durante la procesión del Silencio de este 2026.
Puntual a las siete de la tarde, la iglesia de San Esteban abría sus puertas para dar inicio al cortejo, encabezado por la Banda de Trompetas y Tambores de la Junta de Cofradías. Tras ella, las imágenes de la Oración en el Huerto y el Prendimiento de Jesús irrumpían en la calle entre la expectación de un público que llenaba la plaza de la Hispanidad. El característico balanceo de los olivos de ambos pasos comenzaba a dibujar el paisaje bíblico, no sin ese temor característico que encoje el corazón de los presentes al ver bajar a los banceros las escaleras del céntrico templo. Una maniobra complicada que siempre termina siendo diestra.
Largas y ordenadas filas de nazarenos acompañaban a ambos pasos en su avance por Aguirre y Las Torres en dirección a El Salvador, donde aguardaba la incorporación Nuestra Señora de la Amargura con San Juan Apóstol. La entrada de la Madre y el Discípulo, envuelta en un profundo respeto, volvía a convertirse en uno de los momentos más especiales de la jornada.
El ascenso por la curva de la calle del Peso ha dejado, un año más, algunas de las imágenes más icónicas de la noche, con los olivos recortándose sobre las empedradas y estrechas paredes como paso previo al ascenso a una Plaza Mayor que desde las ocho de la tarde ya comenzaba a estar abarrotada. Las escaleras de la Catedral ya estaban a esa hora llenas de gente a pesar de que el tramo central de las mismas estaba precintado.
Allí, delante de la Seo, en torno a las diez de la noche, la procesión alcanzaba su plenitud con la salida desde la Catedral de la Santa Cena. La hermandad, que este año ha recuperado el característico color rojo eminencia en sus capas, ha vivido una procesión especial. En recuerdo a dos hermanos fallecidos –uno de ellos con banzo para este año– el paso ha lucido en su parte trasera dos rosas rojas a modo de homenaje a estas dos personas y un crespón en su estandarte.
De forma paralela, desde la iglesia de San Pedro descendían las hermandades de San Pedro Apóstol, la Negación de San Pedro y el Ecce-Homo de San Miguel, completando la secuencia evangélica que da sentido a esta procesión.
Ya formado el cortejo, la bajada se iniciaba siguiendo el orden cronológico de los pasajes de la Pasión: Santa Cena, Oración en el Huerto, Beso de Judas, San Pedro Apóstol, Negación de San Pedro, Ecce-Homo de San Miguel y, cerrando, la Amargura con San Juan.
El acompañamiento musical, con las distintas bandas de la provincia, ha vuelto a aportar matices a un desfile en el que el silencio –al menos dentro del cortejo– es protagonista.
Especialmente emotivo ha resultado, como es tradición, el paso por San Felipe Neri, donde el Coro del Conservatorio volvió a poner voz al recogimiento con sus cantos, estremeciendo a los asistentes en uno de los enclaves más sobrecogedores del recorrido.
La bajada, por Alfonso VIII, las curvas de la Audiencia y el Puente de la Trinidad, ha dejado imágenes para recordar un año más. Los pasos alineados, las interminables filas de nazarenos, la luz tenue del Casco Antiguo multiplicada por las velas y el serpenteo del cortejo ha hecho revivir el relato de Cristo en Getsemaní.
En el tramo final, ya en Carretería y Calderón de la Barca, el público volvió a acompañar el discurrir del cortejo antes de las despedidas progresivas de las hermandades. La Santa Cena, el Huerto, el Prendimiento, San Pedro y la Negación se retiraban en el entorno de San Esteban, mientras que la Amargura con San Juan regresaba a El Salvador y el Ecce-Homo de San Miguel hacía lo propio en San Andrés pasadas las tres y media de la madrugada, poniendo fin a una larga noche de fe que ha concluido con aproximadamente una hora de demora respecto al horario previsto.