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La primera Exposición de Pintura en Cuenca fue de Rusiñol en el año 1916

Los cuadros que pintó en junio de hace 110 años los expuso en agosto en el Ateneo Conquense, junto a otras obras de su paisano Jaime Serra y “novedosas fotografías” de diversos autores
Foto: Vista del Júcar / artnet.com
12/08/2026 - José Vicente Ávila

Santiago Rusiñol y Enrique Vera reflejaron en sus pinturas la luz del verano conquense durante la estancia de ambos pintores en el verano de 1916 y 1918. Curiosamente, hace 110 años, se celebró en Cuenca la primera Exposición de Pintura, que tuvo como gran protagonista precisamente a Santiago Rusiñol, así como a otros pintores y aficionados a la fotografía, que era novedad de esa época. Ello nos permite profundizar en lo que supuso la estancia de Rusiñol en Cuenca en junio de 1916 y la Exposición que organizó el Ateneo Conquense en el mes de agosto, que como bien recogía “El Liberal” de Cuenca, “es la primera vez que en nuestra ciudad se verifica un acontecimiento de tal magnitud en la esfera del arte”. Además de ofrecer los paisajes conquenses en su pintura y llevarlos a otras exposiciones posteriores, Rusiñol hizo un glosario sobre Cuenca, publicado en catalán en una revista de Cataluña, muy poco divulgado en las diferentes citas literarias sobre la ciudad de Cuenca. 

Santiago Rusiñol, que nació en Barcelona en 1850 y murió en Aranjuez en 1931, estuvo pintando en nuestra ciudad en la segunda quincena del mes de junio de 1916, trasladándose hasta aquí en tren desde Aranjuez, junto a su esposa. La visión de ese viaje, que luego repetiría para venir a la Exposición de agosto, guarda relación con parte del artículo que publicó sobre Cuenca.  Le acompañaban el ilustrador Luis Bagaria, uno de los mejores caricaturistas del primer tercio del siglo XX, que dejó algunos apuntes sobre Cuenca, y el literato Luis García Bilbao, que también dejó impresa su visión de la ciudad de las Casas Colgadas. 

Hace poco más de diez años el nombre Rusiñol fue noticia en los medios porque  una galería londinense subastó una de sus pinturas, titulada “Casas Colgantes, Cuenca”, cuyo precio de salida se estimó entre 80.500 y 115.000 euros, siendo subastado el cuadro por 97.662 euros. Se trataba de una de las siete obras que Rusiñol pintó en el entorno de Cuenca en el verano de 1916. La subasta procedía de una colección privada y hacía un siglo que esa obra no aparecía en público, y fue incluida con acierto en el libro “Las Casas Colgadas y el Museo de Arte Abstracto Español”, de Pedro Miguel Ibáñez.

Sobre la primera Exposición de pintura que se celebraba en Cuenca, organizada por el Ateneo, no fue muy difícil convencer a Rusiñol para exponer sus cuadros, pues el pintor catalán, acompañado de su esposa, que también pintaba, se encontraba muy a gusto en nuestra ciudad, donde encontró a otro pintor catalán aquí afincado como lo fue Jaime Serra. El Ateneo Conquense se había inaugurado el 1 de abril de 1916 y realizaba muchas actividades y de ello se encargó Juan Giménez de Aguilar. 

Hace 110 años, Cuenca celebró su primera gran exposición de pintura, con Santiago Rusiñol como principal protagonista
Cuenca, 1916

La Exposición ocupó la sala baja del Ateneo, con seis hermosos lienzos de Rusiñol y un precioso óleo de la señora Luisa Denis de Rusiñol, además de otras obras del pintor catalán Jaime Serra y del pintor canario Juan Carló. Junto a los cuadros, la sala de Fotografía con obras de Enrique O’Kelly, Cuevas y García, Juan M. Vera y el conocido fotógrafo conquense, César Campos. La sede del Ateneo estaba en la calle Mariano Catalina (Carretería), en el chaflán con la de Gil Carrillo de Albornoz.

La Exposición fue inaugurada el 10 de agosto con asistencia, por invitación, de los socios y simpatizantes del Ateneo Conquense, y al día siguiente las visitas eran para el público. Se publicó que “todo Cuenca” pasó por las salas para ver las pinturas de Rusiñol, además de las fotografías, que eran otra novedad, pues muchos ciudadanos no conocían, por ejemplo, la Ciudad Encantada. Jaime Serra presentaba cuatro tablitas al óleo con paisajes de la “Hoz de Villalba de la Sierra”, “Campos de Villalba”, “Parte alta de Cuenca” y “Puerta de Valencia” y una serie de dibujos sobre personajes de la ciudad. 

En el piso de arriba se sirvieron pastas, vinos y licores, y en la prensa local se destacaba la noticia a toda plana, cosa que no era muy habitual. Dado que estas obras fueron luego vendidas a particulares en los años siguientes, y muy poco conocidas salvo las de “Cuenca, 1916” y “La cueva de la bruja”, vamos a descifrar esos seis cuadros con el texto publicado en “El Liberal”:

“En orden de izquierda a derecha se cuenta un rincón de la hoz del Huécar, impresionado durante el crepúsculo de la tarde, que es un derroche de maestría. Tomado al nivel del río aparecen en primer término las huertas y árboles que se destacan distintamente gracias a los vigorosos contrastes del color verde en todos sus matices; en el fondo, y flanqueando el cuadro, se aprecian las extrañas formaciones de la montaña que rodea a Cuenca, y en la que esta misma se asienta, iluminados tenuemente por la violácea luz crepuscular”.

“Junto a él está otro paisaje de la misma hoz, tomado a plena luz. El asunto está impresionado con gran fidelidad; y por las entonaciones tan distintas de los primeros a los últimos términos, se ve que el autor no halla dificultad en trasladar a la tela la gama espléndida de colores que la Naturaleza ofrece en regiones de atmósfera tan diáfana y limpia como esta de Cuenca. El cuadro es de una gran alegría en las notas a toda luz. Al fondo está el “Hocino de Catalina”, sabiamente poetizado”.

“En el tercer cuadro sigue una vista de Cuenca desde el centro del puente de San Antón. El lienzo es reproducción exactísima del panorama que puede verse, desde dicho punto, a media tarde. Soberbio en los tonos claros, es más admirable el primer término, que representa el río Júcar. La ciudad se refleja limpiamente en las aguas tranquilas del estiaje y toda la parte alta, el Carmen, el Seminario, Mangana, se recortan en el cielo azul de una tarde canicular. Flanqueando, se ven las casas de la calle Estrecha, con esa justísima valoración de sombras tan características en Rusiñol. Este lienzo, el primero que pintó el maestro en Cuenca, detiene largo rato a los visitantes, pues por lo conocido del asunto puede enjuiciarse el extraordinario mérito del pincel”.

Rusiñol plasmó en siete obras la luz, los paisajes y las hoces conquenses durante su estancia en 1916

“A continuación hay un cuadro que es, sin hipérbole, el clou de la sala (el colofón de la exposición). Es otro paisaje de la hoz del Huécar. A la derecha, saliéndose del lienzo, surge la roca en que está edificado el exconvento de San Pablo. En este término se aprecia una valentía inconmensurable al hacer el traslado, por la luminosidad que hay en todo él. Al fondo se ve el Correccional (el edificio del Achivo, que fue cárcel provincial) y los edificios que coronan la población por esta parte. Todo ello es estupendo de luz y de dibujo”.

“Contemplamos un lienzo con una vista del río Júcar, tomada desde el Recreo Peral. Es muy interesante por la melancolía de los tonos. Está pintado con luz crepuscular. Las casas de la calle de San Juan tienen el tono violeta que el cielo da a los montes y a los pueblos en la hora indecisa en que los objetos pierden los contornos, y el río, que mansamente lame los cimientos del pueblo es sólo una mancha verdoso-obscura. A lo último se ve el puente de San Antón. Los árboles de las orillas están pintados de manera inimitable. Uno de ellos, de tronco torcido, deja filtrar por entre el ramaje la poca luz que va quedando en el cielo azul-gris, en que se recortan abundantes nubecillas. Este cuadro es de gran perfección”.

“El último de los que expone Rusiñol es la cueva llamada de Orozco, en la hoz del Huécar (en la conocida Cueva del Tío Serafín). Este lienzo se tendría por fantasía del autor, si no conociéramos el original. Rusiñol le denomina “La cueva de la bruja”, y es justo el nombre. Como el anterior, está hecho a última hora de la tarde. Al pie, la copa de dos árboles, cuyo tronco no se ve, hacen que la roca adquiera mayor altura aumentando el efecto fantástico. La luna en plenitud, sale por encima de la peña, enturbiada por las calinas agosteñas, velada por los últimos resplandores del sol ya oculto. Gusta extraordinariamente”. (…) “Bravo, señor Rusiñol, y mil gracias en nombre de esta pobre ciudad”, remata en su nota informativa “El Liberal”.

Además de la Exposición, el Ateneo hizo un homenaje de agradecimiento al pintor catalán con un banquete. El lunes 14 de agosto la entidad conquense homenajeó al gran maestro del paisaje “que, con sus pinceles, ha engrandecido las bellezas de Cuenca”, celebrando un banquete en el comedor del Círculo de la Constancia, acompañando en la presidencia a Santiago Rusiñol, el presidente del Ateneo, Enrique Cuevas y el alcalde, Manuel Caballer; el presidente de la Sección de Bellas Artes, Juan Giménez de Aguilar y numerosas personalidades de todos los gremios de la ciudad. 

A la hora de los brindis de la comida, el presidente del Ateneo agradeció a Rusiñol su estancia en Cuenca y la Exposición presentada, pues “la reproducción gráfica de los bienes que nos otorgó la Naturaleza va a viajar por lejanas tierras, creándose con ellos méritos bastantes para atracción de artistas y amigos del turismo, y lo que es más todavía, una reputación de este mismo pueblo, que tanto regatea quien no lo conoce”. Cuando se levantó el pintor-poeta, como se le conocía entonces, éste lleno de emoción manifestó que no olvidará el recuerdo imperecedero de Cuenca, que le ha brindado hospitalidad, hermosos paisajes, sinceras amistades y otros muchos afectos.

Cuando hablaba sobre Cuenca decía Rusiñol que “muy equivocados aquellos que la injurian sin conocerla. Si bien no posee lo que otras muchas capitales, mucho es culpa de fuera, que no recuerdan de ello, sino para la exacción de tributos, sin preocuparse de darle lo que es de ella misma, y menos de que la pueda engrandecer”. Dijo que él, en primer lugar, quiere a Cataluña, que es su pueblo; pero él entiende “que no debe haber fronteras donde no las hay espiritualmente. Entre Castilla y Cataluña parece haber algunas rivalidades, y es porque en Castilla no se ve a Cataluña sino a través del viajante de comercio o del negocio, y en Cataluña parece que se le ha de ver a Castilla solamente a través del recaudador de contribución; sin fijarse en que en ambas tierras españolas hay casos y sentimientos comunes que no son la rivalidad del dinero”. 

Y añadía Rusiñol: “Allí donde he vivido, he tenido mi patria espiritual”. En París vivió siete años, y agradeció la formación de su voluntad para el trabajo y la alegría del mismo. Después en Granada, en Madrid, en Aranjuez, y últimamente en Cuenca, “donde vino como viajante del sentimiento, encontrando inmensos placeres, que ha procurado exteriorizar en sus cuadros”, relataba el cronista de “El Liberal” conquense.

Rusiñol marchó a Valencia tras su estancia en Cuenca con dirección  a Girona, donde pintó numerosos cuadros. En la Sala Parés de Barcelona expuso en enero de 1917 la obra que hizo un año antes en Aranjuez, Cuenca y Girona.  De la crítica de aquella muestra se escribía  sobre su pintura conquense: “Si no fuese que Rusiñol tiene ya su técnica tan personal, no parecían (estos cuadros) del mismo autor. Aquellas cimas inmensas de tierra parda, sobre las cuales cabalgan caseríos que parecen colgados; aquella monotonía que debe ser en la realidad la gran masa terrosa bañada por el sol, Rusiñol la idealiza con su mágico pincel y la torna de una gran belleza”. Durante su estancia en Cuenca a Rusiñol le dio tiempo a ir escribiendo la novela “La niña Gorda”, que vería la luz en 1917, además de otra obra: “El catalá de la Mancha”.

El artista consideró Cuenca una de sus “patrias espirituales” y agradeció sus paisajes, amistades y hospitalidad

“Cuenca”

Por Xarau (Santiago Rusiñol)

Santiago Rusiñol no se conformó con pintar en Cuenca, sino también escribió sobre ella. El artículo titulado “Cuenca”, a modo de glosario, fue publicado en esas fechas de agosto de 1916 en la revista “La Esquella de la Torratxa” de Barcelona, un semanario satírico, de ideología republicana y anticlerical, fundado en Barcelona en 1872, que dejó de editarse en enero de 1939. En esa revista, en catalán, escribían, entre otros, Eugenio D’ors y Rusiñol, que firmaban con pseudónimo. El artículo dedicado a Cuenca, con la firma de Xarau, que es la que utilizaba Rusiñol, fue reproducido por “El Liberal” de Cuenca, el 19 de agosto, traducido al castellano por Juan Giménez de Aguilar.

“Hablar de Cuenca, aquí en España, es como hablar de tierras desconocidas, de una ciudad imaginaria, de una capital de provincia de la cual muchos dudan que exista. Cuenca, con estar en el centro de Castilla –en la yema del huevo de Castilla--, los caminos para llegar a ella son tan largos y fuera de ruta, que los pocos que hasta allí han ido, así que vuelven se les pregunta de su viaje como si llegasen de la Meca.

No está tan lejos como podría creerse esa ciudad misteriosa. De Aranjuez, por ejemplo, dando una vuelta grande, tan sólo hay cinco horas en tren. De Valencia, dos de tren y seis de automóvil y alguna más a pie si hay alguna panner, pero este tren que en otros países tendría prisa por llegar, aquí lo toma con mucha calma.

Ahora subimos un poco, ahora nos paramos, aquí bebemos en este pueblo, ahí nos paramos en una estación que han dejado en medio de un campo porque no han sabido donde ponerla, parece que es un tren que no se paga, un tren de aficionados, un tren tartana, uno de aquellos trenes que aunque llevan pasajeros siempre son de mercancías.

Además, el camino que recorre es de una soledad de desierto, es una serie de calveros que no tienen topografía; es un trozo de planeta en el que todavía no se han puesto mojones. La tierra que pasa este tren es de la tierra que dicen parda los pintores de la escuela central; y la pardina de esta tierra ya saben muchos lo que quiere decir. Quiere decir montañas sin árboles, llanuras con algo de hierba quemada por el sol, como a la parrilla; quiere decir terrenos; más allá más terrenos; y vengan más montañas, con alguna senda perdida donde están todavía las huellas del rucio de Sancho Panza.

Quiere decir, de cuando en cuando, algún cortijo del mismo pardo de la tierra, plantado en seco, sin una albahaca que alegre un poco la ventana, ni un triste rincón de sombra, ni un ciprés que marque una silueta; quiere decir un país de carácter, y desgraciadamente aquí en España cuando dicen los artistas que es una tierra de carácter, descontad que es una tierra pobre. Mucha grandiosidad de línea y parquedad de cosecha, mucho color y pocos alimentos; mucha llanura y demasiada miseria.

Tanta estepa pardina o carácter es lo que hace parecer a Cuenca más lejos, y a fe que es lástima que así sea; porque si España es uno de los países que tienen muchos lugares admirables, Cuenca es de los que más merecen ser visitados y conocidos, y que los trenes tengan más velocidad y que no pasen tantas horas en esas llanuras inmensas.

Para darnos una idea de lo que viene a ser esta ciudad, así como muchos conferenciantes, antes de entrar en materia, os transportan a la Edad Media, aquí tendrían que remontarse a la época terciaria (que ya es retroceder), a los grandes trastornos de nuestro planeta, a los levantamientos y hundimientos de cuando nos arreglaban el mundo para hacerlo un tanto habitable.

No es necesario ser geólogo (puedo dar pruebas de que no lo soy) para ver a simple vista, aun hoy día, que las montañas inmensas que sirven de cabecera a Cuenca, han sido estanques inmensos, que el mar cubría estos valles y que estos grandes escarpes eran islotes. Sobre la mesa donde escribo tengo un caracol de mar fósil, encontrado en estos abismos; y allí donde hubo conchas, ha habido peces. Las piedras, que como grandes murallas quieren asomar por encima de los escarpes, cual fantasmas de encantamiento, con siluetas gigantescas, veréis que marcan las orillas donde llegaban las playas. 

Figuraos por un momento que nuestro mar retrocede y que la raya corroída, llena de caracoles y pechinas, que marcan las ondas de Garraf (comarca costera catalana), al mirarlas desde el fondo las viéramos en lo alto de las cingles. Aquestos valles son lechos de arena que ha millares de años se han desecado. Aquí donde ahora se ven grandes nogueras y huertas floridas como un jardín, se revolcaban el mamouth, y el mastodonte, y los grandes reptiles; estas huertas… eran submarinas, y estos vergeles eran grandes arenales. (Rusiñol casi da la pista de los dinosaurios….)

Cayendo el agua en cascadas, fue bajando, y fue nivelándose; los lagos fueron desecándose, y testigos de aquellos trastornos son los peñascos centinelas que forman dos ríos, el Júcar y el Huécar. Aun hoy día, allí, donde hay un agujero, existe una fuente, y aquella agua parece un agua de otro tiempo, parecen las últimas gotas de aquellos lagos que se secaron, talmente agua milenaria, y al bajar a los ríos y engolfarse, tiene un color verdoso de misterio y encantamiento, de vejez, que no se ha visto jamás en ningún agua.

Ahora bien, encima de las costas que hoy son montañas, de los abismos que fueron playas, está emplazada la ciudad de Cuenca. Imaginaos para tener una idea, que las casas de arriba parecen nidos colgantes; unas encima de las otras, todas tienen por balcón aquellos agujeros que eran madrigueras de monstruos, y hoy son huertos y vergeles, que por un lado tienen diez pisos y por el otro están a pie llano, y para llegar al cuarto piso hay que bajar, y para bajar al segundo todavía más, y el tejado de la una es la puerta de la vecina, y la torrecilla de ésta es el alero de aquélla.

Imaginaos, que encima, como sostenida por aquellos pilares que surgen del fondo, se sostiene la catedral, de piedra de color de oro con pinceladas de azul. Figuraos que la hiedra pujante… del mar, se ha ido agarrando a las piedras; y al llegar arriba se deshace como grandes garzotas de esmeralda. Figuraos que aquellas grietas que se abren como grandes heridas, donde se ocultaban los anfibios, han colocado huertecillos como cajones, con guirnaldas guarnecidas de flores, con tiestos pequeños para cultivar orquídeas. 

Figuraos que abajo, allí al fondo de todo, como dos cintas verdes, se unen los ríos y se van hacia una llanura formada de tierra quemada, donde no encontrarán árboles; y figuraos, por último, este sol de Castilla, que ilumina piedra por piedra sin dejarse ni una. Eso es Cuenca; una ciudad vieja en una playa prehistórica.

Además de esto, en el llano, hay ensanches. La Cuenca nueva. La del casino, la del café, la del Ateneo, la de las tiendas, la del mercado. La que también quiere europeizarse, la que con el tiempo será una villa como todas las villas del mapa. Esta a nosotros no nos interesa, como no interesa la otra a todos los que viven abajo.

Uno de ellos nos decía que en la parte alta, por la forma de sus calles, se ven burros en los tejados. Pero de burros en los tejados todos los que vieron el eclipse y la quema de los conventos por la semana gloriosa, habrán visto algunos más que en Cuenca”, terminaba el artículo de Rusiñol con la firma de Xarau.