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La logística detrás de una peña de San Mateo

Julio Reíllo, presidente de la peña Vakanalla, detalla cómo se organiza la comida y la bebida para casi 700 peñistas que se han congregado en el aparcamiento de la calle San Pedro
Foto: Saúl García
21/09/2026 - Rubén M. Checa

Detrás de cada peña de San Mateo hay semanas de trabajo que el público, y sobre todo los peñistas, apenas percibe. Julio Reíllo, presidente de la peña Vakanalla, es una de esas personas encargadas de que todo salga a la perfección, y que planea todo el engranaje que permite dar de comer y beber a cientos de personas durante los cuatro días grandes de la fiesta conquense.

Este año la peña cuenta con 450 peñistas que estarán los cuatro días de vaquillas, aunque la cifra real ronda los 700 si se suman quienes acuden solo uno, dos o tres días. Reíllo explica que los menús se cierran de antemano y se adaptan “en la medida de lo posible” a alergias e intolerancias, cada vez más frecuentes entre los socios. Los pedidos, detalla, se ajustan a la gente prevista cada jornada.

La planificación no arranca cuando termina el verano ni cuando se cuelga el cartel de fiestas, sino en cuanto se cierra el número definitivo de peñistas. Solo entonces Vakanalla se pone en contacto con las distribuidoras, todas conquenses, para calcular las cantidades. Reíllo detalla que estas empresas cada año presionan para adelantar los plazos, aunque la peña no puede comprometerse hasta tener las cuotas cerradas.

El cálculo más delicado es el de la bebida, sobre todo el de la zurra. Este San Mateo prepararán 8.000 litros de producto, de los que solo una parte se elaboró antes de empezar la fiesta. El día previo al desfile hicieron en torno a la mitad de la zurra, porque las fermentaciones no siempre responden igual y un exceso de producto listo puede acabar por tirarse. El resto se ha ido preparando según se ha ido gastando. A eso se suma la logística de refrescos, que no llegan a granel: la Fanta de limón, la de naranja, el Sprite o la Coca Cola vienen siempre en botellas de dos litros, lo que multiplica el trabajo de manipulación.

Reíllo explica que evitar el desperdicio es una prioridad para la peña. Este año compran a bodegas de la comarca, en Valverde de Júcar, y detalla que tirar producto por una alcantarilla no le hace ninguna gracia a quien lo elabora. Con las distribuidoras negocian devoluciones de entre un 15% y un 20% del producto cerrado, aunque, según detalla, la peña prefiere comprar ajustado al número real de socios en lugar de calcular a la baja, como hacen otras peñas. Lo que sobra se aprovecha en los bares y restaurantes de los que también son socios, de modo que nunca se pierde nada.

El otro gran obstáculo, según Reíllo, es la normativa municipal. La peña se ubica en el parking de la calle San Pedro, antes del Arco de Bezudo, en pleno casco histórico, lo que limita el acceso de vehículos para cargar y descargar mercancía, restringe el uso de generadores de electricidad y obliga a recoger cada noche mostradores y arcones que antes podían quedarse montados. 

Si bien, reconoce  que las restricciones “tienen su lógica” porque se trata de un entorno protegido, pero detalla que el modelo actual de peñas es cada vez más difícil de sostener. Por eso, después de cuatro años, este será probablemente el último de Vakanalla, una situación que, según explica, viven la mayoría de las peñas del Casco Antiguo.

Reíllo pone como ejemplo otros modelos de fiesta, como el Torico de Teruel, donde las peñas trabajan bajo carpas con acceso a agua y luz y pueden dejar el material montado de un día para otro. Pero la dificultad no es exclusiva de Vakanalla: peñas como La Entodavía, junto a la Fundación Antonio Pérez, viven la misma rutina, con socios que, tras veinte horas de trabajo, tienen que subir a pulso arcones y mostradores hasta una furgoneta para volver a bajarlos al día siguiente.

Pese a las dificultades, Reíllo explica que la filosofía de la peña no ha cambiado desde su fundación. La idea, detalla, fue ofrecer a los jóvenes de Cuenca lo que a él le hubiera gustado encontrar cuando empezó a apuntarse a peñas: comida caliente y en condiciones, bebida de garantía y algo de postre, algo que ninguna otra peña ofrece. Vakanalla sirve tortitas con chocolate y tarta de queso, además de menús que van de la pasta al medio pollo asado, la paella o hamburguesas más elaboradas que el clásico bocadillo de bacon y queso.

El primer año, detalla, la peña perdió 3.000 euros de su propio bolsillo. Desde entonces ha ido creciendo: de los 350 peñistas de los dos primeros años a los casi 700 de esta edición. Reíllo explica que ese crecimiento refleja un público, en su mayoría, agradecido con el esfuerzo que hay detrás de cada plato y cada vaso de zurra servido en Vakanalla. 

Sobre la respuesta de los peñistas, Reíllo detalla que en torno al 90% valora el esfuerzo diario y entiende las horas que hay detrás de cada servicio. Explica que ese público “ve sudando la gota gorda” a quienes organizan la peña, aunque detalla que también hay una minoría que no lo aprecia igual. Explica, eso sí, que no se puede juzgar a la mayoría por el comportamiento de unos pocos, y que ese respaldo es, en gran parte, lo que sostiene el proyecto pese a las dificultades logísticas y normativas de cada edición.


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San Mateo 2026