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Los siglos pasan, la violencia sobre las mujeres se mantiene

Durante los siglos pasados, la mujer estuvo además especialmente constreñida por unas convenciones sociales que la hacían o bien casarse, o bien vivir en un convento

27/11/2016 · Gorka Díez

El historiador y gobernador del Imperio romano Cornelio Tácito, que vivió entre los años 55 y 120, ya advertía entonces de que si hay un pecado que acarrea una “penitencia irrevocable” es el del homicidio del amo o de la esposa. Estas palabras son una buena muestra de que la violencia en el seno de la pareja ha estado especialmente mal vista por la sociedad. Pero, muy a pesar de ello, es un hecho incuestionable que ha existido desde siempre, ejerciéndose mayoritariamente sobre la mujer. Y que se ha erigido en indestructible muy a pesar de las leyes –donde Castilla-La Mancha fue pionera en 2001 y quiere volver a serlo con una nueva normativa que verá la luz en 2017–, campañas de concienciación o concentraciones como las que este 25 de noviembre, Día contra la Violencia de Género, volverán a llenar las calles de buena parte del país con proclamas de denuncia hacia esta lacra social.


En Cuenca, la documentación judicial que del siglo XVI a la actualidad se conserva en el Archivo Histórico está llena de expedientes que recogen, con fechas y nombres propios, numerosos casos de violencia sobre la mujer, un material estudiado por la directora del Archivo, Almudena Serrano, que el pasado miércoles ofreció una conferencia que incluyó varias referencias a episodios violentos registrados en la provincia. Se trata además de unos episodios que apenas difieren con respecto a los que, desgraciadamente, siguen ocurriendo a día de hoy, lo que constata que, pese al transcurrir del tiempo, poco ha cambiado: los hombres de antes, como los de ahora, se valían de los mismos instrumentos para maltratar a las mujeres, sobre todo de las manos pero, en realidad, de cualquier cosa que tuvieran a su alcance (cuchillos, tenedores, puñales, tijeras, tenazas, trébedes, jarras de vino) y ejercían tanto el maltrato físico como el psicológico, las coacciones y las amenazas, la intimidación verbal, las puñaladas y los golpes que en ocasiones desembocaban en el asesinato de la víctima. 


Durante los siglos pasados, la mujer estuvo además especialmente constreñida por unas convenciones sociales que la hacían o bien casarse, o bien vivir en un convento. No se concebía que estuvieran solteras. Lo primero suponía para ellas depender económicamente del marido y verse relegadas al cuidado del hogar, marginadas socialmente,  lo que no hacía sino cercar su libertad, dificultando su posibilidad de marcharse de casa en el caso de sufrir un maltrato.  


Y era un momento, también, en el que no existían, como ahora, los centros de la mujer, los teléfonos de atención a las víctimas ni programas específicos de apoyo, por lo que su única salida estaba en los tribunales: podían tramitar una denuncia sabedoras de que, siempre y cuando pudieran demostrar el daño recibido, los tribunales las defenderían para preservar la justicia.


Intento de asesinato fallido en 1610

El caso de una de tantas mujeres que han sufrido maltrato a lo largo de la historia es el de Ana López. Según una sentencia del año 1610 consultada por Almudena Serrano, la mujer denunció a su marido, Miguel Abarcas, por malos tratamientos como “palos, coces, bofetones” que la “hirieron y descalabraron muchas veces”. Así hasta el ataque que casi acaba con su vida, en el que su marido “puso mano a su espada para matarla y le tiró con ella algunas cuchilladas y estacadas”, de modo que “si no fuera por las personas que se pusieron de por medio, la matara”.


Otro, más reciente, es el de Dorotea, que en 1944 tenía 36 años y estaba casada, en segundas nupcias, con un hombre de 51. Ella tenía cuatro hijos de un matrimonio anterior, entre ellos un bebé recién nacido. Su segundo marido no soportaba que hiciera ruido durante la siesta y “no pudiendo contenerse en un momento de nerviosidad” le originó a la mujer numerosas lesiones, según la denuncia presentada.


Prostitución

A estos casos hay que añadir el del padre de huérfanos del siglo XVI Alonso de Mata, que, valiéndose de su puesto, cuyo fin era ayudar a los menores huérfanos, engañó a varias menores convenciéndolas de que se fueran a Valencia, donde supuestamente les esperaba una vida mejor pero donde, contra su voluntad, fueron prostituidas, siendo “entregadas a infieles y expuestas en partes públicas donde se hacían malas mujeres”.


Otro caso destacado por Almudena Serrano es el de la violación en grupo, y durante varias veces, de una menor del siglo XVI, de nombre María, a la que unos hombres, encabezados por Agustín de la Torre, convencieron para que acudiera a altas horas de la noche al entonces Molino del Postigo, en el actual entorno del Huécar.


O el engaño que sufrieron decenas de mujeres a las que un hombre prometía casamiento solo para conseguir su favor sexual, fruto de lo cual abundaron los embarazos no deseados. 


Igualmente, muchas mujeres que entraban a trabajar en una casa para realizar las tareas domésticas sufrieron algún tipo de violencia, bien abusos sexuales, bien impagos del salario convenido.


Denuncias falsas

También ha habido, eso sí, denuncias falsas de maltrato, como el de una mujer del siglo XVII que no había sido invitada a una boda que se celebraba en la casa del hombre con quien quería tener una relación y se presentó en su puerta gritando a voces para que la dejaran entrar. Al volver a casa, se golpeó y denunció que quien le había propinado los golpes era el amo de la casa.


Violencia sobre el hombre

Y, aunque menores en número, existen, también, casos en los que la víctima no es la mujer, sino el hombre. Sobre todo aquellos hombres más vulnerables, como los vagabundos, que eran sometidos a burlas y violencia física.


Y un curioso caso, fechado en el año 1561, es el de Juan Martínez, envenenado por su mujer, Ana Marco, en una conspiración en la que también participó el amante de esta, Benito Hernández. Su objetivo, según se decía en la sentencia, librarse de él para “usar de su pecado y mala vida con libertad”. Utilizaron uno de los venenos más populares de la época, el Soliman, compuesto de cloruro de mercurio. La mujer  lo echó “en cierta cosa que guisaba y le dio de comer” a su marido, que no tardó en padecer los primeros síntomas. Decía que le abrasaban las entrañas y la boca y le salieron llagas y se le pusieron los dientes negros hasta morir, a los pocos días, de “enfermedad y ponzoña”.


Los amantes siguieron juntándose “en pecado, durmiendo y comiendo juntos, hasta que una noche fueron vistos juntos desnudos en una cama en la casa de Ana Marco por los alcaldes ordinarios”. 


A todos estos casos hay que sumar el último episodio con final trágico ocurrido en la provincia aquel todavía reciente agosto de 2015 en el que la violencia de género se llevó por delante la vida de las jóvenes conquenses Laura del Hoyo Chamón y Marina Okarynska. Una muestra más de la necesidad de reforzar las políticas de apoyo a las mujeres maltratadas y, sobre todo, de tratar de prevenir la violencia.


Abandono de bebés

Junto a la mujer, los niños, económicamente dependientes de los mayores, conforman el colectivo que más ha sufrido la violencia en la historia. De ello hay documentos en el archivo de la Diputación, donde se encuentra el fondo antiguo de beneficencia, donde se guardaban los expedientes que se abrían cada vez que aparecía un bebé abandonado.


Aunque no los tiene contabilizados, Serrano advierte de que han sido muchos los niños abandonados, siempre por la noche y a menudo en la puerta de parroquias o de casas particulares, pero incluso en medio de la calle o del monte.  Y de todas las clases: los de familias sin recursos aparecían muy pobremente vestidos, “con apenas un pellejito de cordero”, mientras que los de las clases más pudientes, que en muchos casos se deshacían del bebé para salvar su honor, al haberlo contraído fuera del matrimonio, en algún caso lo acompañaban de un jarrito de miel para garantizar su cuidado en los primeros días. La mayoría tenía cosida a la ropa una nota de papel escrita a mano con el nombre del bebé (si lo tenía), y la indicación de si estaba bautizado.


“El abandono es algo lamentable que indica lo poco que se valoraba la vida pese a la situación demográfica, al exponer a la muerte a unos niños que eran el futuro del país”, considera la directora del archivo.


Y no es cosa del pasado: esta misma semana aparecía un bebé abandonado en un contenedor de San Sebastián.

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