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Soraya Jiménez: el nombre ficticio de un maltrato real

"El miedo te paraliza, y hasta llegas a justificar al maltratador, diciéndote que algo no has hecho tú bien"

Soraya Jiménez: el nombre ficticio de un maltrato real
26/11/2016 · G. D.

Soraya Jiménez. Es el nombre ficticio, aunque la historia es real, de una conquense que, a los 25 años, y residiendo en un país europeo, sufrió una violencia tanto psicológica como física por parte de su pareja durante una relación que se prolongó durante aproximadamente tres años y que, probablemente, si por ella hubiera sido habría durado aún más, pues si acabó fue porque él decidió hacer las maletas y marcharse a Australia, ante lo que ella optó por regresar a España.


Tanto Soraya como su marido contaban con estudios superiores, lo que demuestra que esta violencia no depende del nivel educativo. Y los dos trabajaban, por lo que tampoco existía dependencia económica. La dependencia era emocional. Ella creía que tenía que luchar por esa relación, y aunque era consciente de que su pareja tenía momentos violentos, llegó a creer, quizá porque de niña ya había sufrido el maltrato en su familia, “que las personas que te quieren pueden ser violentas, incluso llegando a lo físico”. Y, además, “uno siempre confía en que la otra persona cambie, aunque luego no suela suceder”.


La primera violencia que sufrió, la psicológica, le afectaba hasta el punto de “anularme bastante como persona, haciéndome sentir insegura no ya solo con respecto a mi relación, sino a otros aspectos de mi vida”. Y luego llegaron la violencia física y las marcas que ella trataba ocultar. “El miedo te paraliza, y hasta llegas a justificar al maltratador, diciéndote que algo no has hecho tú bien cuando has fracasado con tu pareja”.


Sí hubo una ocasión en la que, llena de “impotencia”, y al encontrarse sin una red familiar o de amigos a la que acudir, se presentó en la policía. Esta lo llamó a declarar pero la cosa se quedó ahí. No llegó a denunciar. Básicamente, lo que buscaba era “que le diesen un toque de atención”. 


Después llegaron épocas mejores, o menos malas, pero la violencia no terminaba de irse. Tras ella llegaba el arrepentimiento y el “no volverá a pasar”, pero pasaba. “En cuanto no le cuadraba algo, ya estaba otra vez”.


Lo primero, reconocerlo

Soraya anima a las mujeres que sufran lo que ella sufrió a dar el paso de, en primer lugar, reconocer el problema. “Es el paso más importante, como cuando uno es alcohólico y debe reconocerlo para someterse a un tratamiento. Hay que aprender a quererse a uno mismo y a no depender tanto de la pareja. Ser un poco inteligente y pedir ayuda: ir al psicólogo o al centro de la mujer por más que no sea fácil, sobre todo en los pueblos rurales, donde todos te conocen. Hablar con la familia y con los amigos porque sola es mucho más difícil y muchas mujeres, ya sabemos, mueren en el proceso”.


Pero esto lo dice ahora, quince años después. Entonces, de no haberse marchado él, Soraya no sabe cómo hubiera podido acabar aquella relación. “Lo mismo estaría en la situación de esas mujeres que se lo callan durante toda la vida”. Lo mismo ella ya no estaría aquí para contar su historia. 


Durante los quince años que lleva de vuelta en España ha dado algunas charlas sobre violencia de género en institutos. Es un tema que le preocupa. Advierte, por ejemplo, del control que muchos hombres quieren tener sobre las mujeres, y que los móviles han disparado. “Que continuamente te llamen, te manden WhatsApp y te reprochen que no contestes, son indicios de posesividad, de querer tener controlada a la otra persona. Eso no tiene por qué dar lugar a una relación violenta, pero una relación sana debe basarse en el respeto, en la igualdad, en la confianza”, considera. Y es de la opinión de que, para frenar esta lacra, deben hacerse más campañas institucionales, sobre todo en los centros educativos y dirigidas a los hombres, “para que aprendan a no maltratar”.


De un caso como el suyo se puede no obstante salir. “He tenido bastantes logros profesionales y personales que me han hecho sentir bien conmigo misma”, cuenta. Pero no se sale del todo. Lo que ha venido después, en estos quince años, está, de hecho, condicionado por aquella relación. “Son cosas que te marcan mucho y que a mí sobre todo me afecta a la hora confiar en otras personas. Me cuesta. No tengo pareja porque no quiero, porque no he llegado a confiar plenamente en otra persona. Te recuperas de ciertas cosas, pero de otras no".

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