16 de Julio de 2019 Son las 23:28

Opinión

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Especial Semana Santa 2019
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Orión

Simulación

Las apariencias engañan. Un aforismo que sigue siendo hoy de actualidad. Claro que para que el engaño sea eficaz se precisa de una estrategia que oculte la verdad o la disimule de modo certero.

Aparentemente somos una sociedad feliz. Volvemos al crecimiento. Somos en ese capítulo los mejores de las Europas. Crece el empleo aunque no exageremos en este asunto por aquello de la temporalidad, la precariedad y el desempleo juvenil además de la tasa de desempleo que sigue siendo alta y resistente para los parados de larga duración. Pero ahí están los gobiernos y sus planes para poner un poco de bálsamo a la infelicidad que supone estar en paro queriendo trabajar y evitar que la sonrisa de gozo se nos congele y se convierta en rictus.

Llenamos bares, hoteles y viviendas de uso turístico, saturamos trenes, aviones y autovías los fines de semana. Aumentan los gastos (pero es verdad que andamos un poco flojos en inversiones, la venta de automóviles baja de un tiempo a esta parte, pero ya habrá otros planes de apoyo al sector) y hasta repunta la venta de pisos, cuyo precio sube como un suflé para felicidad de los vendedores, que también tienen derecho a ser dichosos.

Estamos en la senda. Algunos ajustes, alguna derogación de leyes con efectos perversos y a disfrutar.

Pero es evidente que la dicha no está repartida por igual. Muchos, silenciosos o silenciados por el cansancio o por el miedo, solo ven el futuro con dudas y pesimismo, sin sonrisas.

De esto ya hemos hablado en otras ocasiones y algunos economistas de postín recurren para justificar la desigualdad de acceso a la felicidad al llamado “efecto Mateo” (al que más tiene más se le dará y al que menos tiene hasta lo poco que posee se le ha de quitar. Cita bíblica) como si de un dictado sobrenatural se tratara cuando, en realidad, deberíamos considerarlo como una descripción de la codicia extrema. Condenable por tanto.

Recientemente hemos sabido que las empresas gastan ya en salarios tanto como antes de la crisis. En términos nominales, se entiende, pues el efecto de la inflación durante estos 10 años (15%) disminuye la capacidad de compra, lo que unido a las diferencias salariales de directivos y altos cargos empresariales, supone que la mayoría de los trabajadores hayan disminuido su capacidad de compra y de ahorro.

Entre tanto miles de empresas han muerto, lo que significa que hay menos competencia y por tanto subida de precios. Las que han sobrevivido pagan menos impuestos (Rajoy lo decidió así) y este escenario ha representado que los beneficios hayan crecido un 62% a la vez que repartían dividendos que aumentaron en un 28% en la última década.

En el último año se apuntó una tendencia distinta: crecieron los salarios, se congelaron los beneficios. Siguen ganando pero no al mismo ritmo de aumento.

¿Se consolidará esta tendencia? Esta es la pregunta del millón.

Entre tanto la Banca disfruta de los cuartos que entre todos les hemos inyectado y exhiben satisfechos sus cuentas de resultados y los salarios de sus directivos.(“Si fuésemos un Banco ya nos habríais rescatado”, rezaba una pancarta en una manifestación reivindicativa reciente, lejos de la Plaza de Colón). Aseguran que lo hacen para generar confianza. Nosotros pensamos que nuestra confianza aumentaría si devolvieran (poco a poco, tampoco hay que pasarse) lo que algunos de ellos recibieron para sanear sus balances de activos tóxicos, empaquetados y adjudicados al “Banco malo” que sigue sin levantar cabeza.

Es difícil generar confianza en una sociedad dual en la que la desigualdad se cronifica, aumentan los indicadores de pobreza, y ya se consolida una nueva clase social: la de los trabajadores pobres cuyos sueldos no les alcanzan para evitar el hambre y sus fantasmas. Una sociedad en la que nadie quiere pagar más impuestos. Sí, esos dineros que sirven para que el ESTADO reparta la riqueza que entre todos creamos, aunque a los partidos políticos de derechas les salga la urticaria cuando piensan en ello...

¿De verdad que somos más felices? ¿O solo hemos aprendido a simularlo?

Por cierto este viernes empieza la campaña electoral.

Queda dicho.

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