26 de Marzo de 2019 Son las 20:12

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Extremismos y diálogo

Estamos ya cerca de iniciar un doble periodo electoral que, probablemente, saturará de política los medios de comunicación y las conversaciones, algo contraproducente para que el mensaje de los distintos partidos llegue con claridad y sin interferencias al ciudadano de a pie, pero al parecer inevitable dado el rechazo de los independentistas catalanes a los presupuestos generales y lo inconveniente de mezclar en una misma fecha distintas elecciones, cada una de las cuales tiene sus características y es capaz de generar su propio debate.

Lo cierto es que el hecho de que el abanico de partidos con posibilidades de adquirir representación se haya ampliado notablemente en el último lustro ha animado el debate político y potenciado el pluralismo, permitiendo que el ciudadano tenga más opciones donde elegir. Pero, a su vez, resulta que lo que podría entenderse como algo rico para nuestra política puede llevarnos al caos si los distintos partidos, o al menos la mayoría de ellos, son incapaces de mirar más allá de su ideología y de su programa electoral y no están dispuestos a buscar puntos en común con otras fuerzas a través del diálogo.

A más partidos con representación, más necesario es abandonar los extremos y hacer cesiones para tratar de llegar a acuerdos con otras formaciones, por distintas que estas sean, en al menos lo esencial. Pero, precisamente, si algo está imperando en la política española es su radicalización: un viaje al extremo protagonizado no ya por Vox, que aunque ahora es cuando ha encontrado notoriedad ya estaba ahí desde hace años, sino, especialmente, por el Partido Popular de Pablo Casado, que precisamente en Cuenca ofreció, hace ya un par de semanas, una de las ruedas de prensa más extremas que se recuerdan, llena de insultos al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y falsas analogías entre los independentistas catalanes y aquel terrorismo de ETA que por fortuna ya es pasado. Hay que ser muy radical para criticar que un gobierno del PSOE negociara con el entorno de ETA cuando gracias a aquel acercamiento, unido a la labor de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, se creó una situación más favorable a que la banda terrorista tomara la decisión de abandonar la lucha armada que si, por ejemplo, al Estado se le hubiera ocurrido intervenir la Comunidad Autónoma Vasca. Y ello sin hacer cesiones relevantes a los terroristas e independentistas vascos. Gracias a ello ahora hay paz, señor Casado.

Y el diálogo es y va a ser también imprescindible en Cataluña si realmente queremos solucionar el problema, algo que desde luego no se va a conseguir con manifestaciones en la plaza de Colón de Madrid ni calificando de “batasuno” a todo aquel que pide la independencia, que de pedirla en su derecho están.

Junto al nuevo PP, también Ciudadanos ha dado un giro notable hacia la derecha, no sabemos si para no ser absorbido por Vox y el PP de Casado o porque el partido que preside Albert Rivera ha optado por quitarse la careta de la moderación. Porque desde luego que un partido de centro no puede presentarse a unas elecciones generales asegurando que de ningún modo pactará con el PSOE independientemente de cuáles sean los resultados. Máxime en un momento en el que todo hace prever que lo que este país necesitará tras el 28 de abril será, precisamente, un acuerdo de gobierno entre distintos. Y para eso será necesario mucho diálogo y cesiones por parte de todos: justo lo contrario de lo que pretende Rivera, que curiosamente con Vox sí que ha pactado en Andalucía.

Esta radicalización es peligrosa porque puede acabar provocando enfrentamientos entre la población, hacer que se generen odios y el país vuelva a quedar dividido irremediablemente en dos. Algo de lo que la derecha debería ser consciente. Como también debería saber que, tanto en la vida como en la política, es imposible conseguir todo lo que uno quiere. Entre otras cosas porque incluso hay objetivos que chocan entre si (lo mismo que chocan valores para todos esenciales como la paz y la justicia, la igualdad y la libertad), de modo que muchas veces hay que elegir o aspirar, a lo sumo, a conseguir parte de lo que nos gustaría. Y conformarnos con ello.

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