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23 de Mayo de 2019 Son las 15:54

Opinión

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Especial Semana Santa 2019
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Orión

Adelanto electoral

Las elecciones son la más alta manifestación de la política democrática. Nadie pone en duda esta afirmación. No votar nunca es la prueba de la total ausencia de democracia y amañar los resultados electorales debería ser considerado un delito de lesa patria.

Pero paradójicamente un adelanto electoral bien puede calificarse como un fracaso de la Política. También en esto el acuerdo es unánime.

Votar antes del final natural de una legislatura para resolver un problema de ingobernabilidad es el equivalente a la práctica médica de una cirugía radical para la erradicación de un mal que también tendría cura por medios menos agresivos.

Cuando todos parecen desear el adelanto por igual podríamos definir la convocatoria como la “apología del desencuentro”, la demostración del fracaso de la razón, la pérdida de la confianza en la palabra, en el diálogo y su poder transformador, la demostración de la impotencia para alcanzar acuerdos. ¡A votar que está el poder en juego! Eso parece decir a coro la llamada clase política. Y al fondo una masa heterogénea de personas perplejas, que nadie puede contar, unidos por un único vínculo: la necesidad de la política para seguir viviendo en comunidad.

Pero ¿y si matizamos y en lugar de culpar del fracaso a la Política afilamos el bisturí y sugerimos que, en realidad el adelanto electoral es un fracaso de los “políticos”, es decir de las personas a las que hemos elegido para procurar nuestro progreso y bienestar. Y que tienen cada cual un cometido definido?

Así desaparece la paradoja y podemos afirmar que la DEMOCRACIA acude para salvarnos de los políticos que han hecho mal su trabajo. También es posible la unanimidad en esta afirmación.

Las diferencias aparecen cuando tratamos de poner rostro a ese grupo de personas incapaces de cumplir con el papel que hemos asignado a cada cual.

Aquí encontramos tantos puntos de vista que resulta imposible establecer el número de conjuntos homogéneos.

No todos son iguales. Sería injusto no reconocer el trabajo de muchos, que no son necesariamente los que más hablan y no suelen ser los que más gritan…

Pero nosotros pensamos si no sería más fácil que, en lugar de cambiar de personas, pudiéramos obligarles a cambiar de hábitos. Por ejemplo a no mentir. A no usar las instituciones en beneficio propio o del partido. A sentarse a negociar soluciones compartidas en aquellos temas que comúnmente llamamos asuntos de Estado y que no se levantaran de la mesa hasta lograrlo. A generar confianza en las instituciones, porque hasta un pueblo de demonios la necesita para poder convivir. A vivir mirando de frente los problemas sin el velo que suponen los “salones de los pasos perdidos”, la comodidad de las moquetas. Porque el poder debe vivir donde sufren las personas y el sufrimiento es también, o debería ser, un asunto de Estado.

En definitiva a comportarse como se enseñaba en la asignatura de Educación para la Ciudadanía.

Pero la realidad, es que el próximo 28 de abril estamos convocados a votar. Y lo más decente, lo más realista, lo más comprometido es ir y votar por aquellos que más confianza nos merezcan y ofrezcan las mejores soluciones a los problemas que nos quitan la paz.

Queda dicho.

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