09 de Junio de 2017
Opinión

Torner

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José Ángel García
Responsable principal, a golpe de amistad e insistente y felizmente fecunda cabezonería, de que Fernando Zóbel acabara ubicando finalmente en Cuenca su colección de arte abstracto español que no sólo iba a propiciar para la ciudad lugar más que destacado en el panorama de la plástica nacional e incluso internacional, convirtiéndose en su principal emblema cultural, sino que, a la vez,  se conformaría como el motor de la radical transformación, cambiándola de arriba abajo,  del latir creativo conquense, Gustavo Torner acaba de dar una muestra más de su mantenido amor a su lugar de origen y a sus paisanos con la donación a su ayuntamiento de la parte de obras que actualmente expuestas en el espacio que en la antigua iglesia de San Pablo lleva su nombre pertenecían a su colección personal junto a una colección de trabajos de obra gráfica y los más de tres mil volúmenes de arte de su biblioteca personal. Y es que el pintor siempre se sintió unido a su ciudad natal con una ligazón que, a más de repetidamente expresada privada y públicamente –“si has nacido en un lugar, de ese lugar eres, quieras o no quieras. Luego están aquellos que aceptan en su vida ser de ahí o los que se avergüenzan o se olvidan, pero claro, tú eres de ese lugar. Y yo, por supuesto, lo acepto y además espléndidamente, con todas las consecuencias” – se ha concretado, a más de en el ya aludido y conseguido empeño por que a ella viniera el museo zobeliano, en su continuada residencia en ella y en su mantenida relación con su acontecer cultural, en hechos tan significativos como la apertura en 2004 de ese espacio expositivo de los Paúles, premio, por cierto, Europa Nostra, que venía a añadir a la oferta turística conquense otro gancho de indudable atractivo pero cuya permanencia ha pasado, mentira parece, por tantas malas vicisitudes, incluido el periodo en que sus puertas tuvieron que permanecer cerradas, debido a problemas económicos, vicisitudes que hay que exigir que no vuelvan a repetirse. Esperemos que la aceptación de esta nueva muestra de generosidad del artista implique por parte del consistorio municipal –que entrará a formar parte de la fundación encargada de sostenerlo– un no sólo estar sino actuar que contribuya eficazmente, junto con el comportamiento en igual sentido del resto de las instituciones que la conforman, a que así sea y no tengamos que lamentar ni nuevos problemas para su existencia ni, mucho menos finales tan lamentables como el sobrevenido a la Antonio Saura. Crucen los dedos.  


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