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"Yuli": el doble exilio de un artista cubano

La película habla de muchas historias, entre ellas el prodigio de que un nieto de esclavos pudiera llegar a convertirse en un mito de la danza, erigido en primer bailarín del Royal Ballet de Londres

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16/12/2018 · Pepe Alfaro

Desde que Iciar Bollaín (Madrid, 1967) debutara tras la cámara (como actriz ya tenía otro bagaje desde niña) con apenas veintisiete años con la película Hola ¿estás sola? (1995), la obra de esta comprometida directora le ha llevado a transitar por temas socialmente controvertidos como el despoblamiento rural (Flores de otro mundo, 1999), el maltrato (Te doy mis ojos, 2003), el colonialismo (También la lluvia, 2010) o la venta de la identidad originaria al mejor postor (El olivo, 2015). Igual que en estos dos últimos títulos, vuelve a contar con el guionista Paul Laverty (escritor habitual de las películas del británico Ken Loach) para adaptar la autobiografía del bailarín cubano Carlos Acosta significativamente publicada bajo el título “No Way Home”, aunque para la edición en español se ha traducido “Sin mirar atrás”.

Yuli es el apodo que le puso su padre en referencia al hijo de un dios de origen africano llamado Ogún, un luchador incansable. Porque la película habla de muchas historias, entre ellas el prodigio de que un nieto de esclavos pudiera llegar a convertirse en un mito de la danza, erigido en primer bailarín del Royal Ballet de Londres durante quince años. El film de Bollaín recorre el periplo vital en tres períodos determinantes de la vida del protagonista, desde su niñez, cuando deambula por las calles bulliciosas y menesterosas de La Habana, su primera escuela, hasta que su padre, intuyendo las extraordinarias cualidades del pequeño, y contra su voluntad, le obliga a asistir a las clases de la Escuela Nacional de Cuba.

El joven artista Keyvin Martínez toma las riendas del personaje cuando sale de la isla caribeña camino del éxito internacional, trasmutado en el primer bailarín de color en interpretar algunos de los papeles más famosos de ballet, originariamente escritos para blancos. Hasta que para el difícil retorno de un exilio doble el propio Carlos Acosta se interpreta a sí mismo en ese intento por recuperar la estimación de los cubanos, a través del proceso de creación coreográfica que les permita disfrutar de su arte, decidido a superar los peores efectos del exilio, buscando el afecto de los seres queridos tras décadas de ausencia por los mejores teatros del mundo, allí donde solo era un personaje sobre un escenario.

El rodaje de la película en Cuba le otorga, por otra parte, un plus de veracidad, especialmente en determinadas escenas, como cuando el personaje recorre los edificios, mayormente inutilizados, de la Escuela de Artes Plásticas de La Habana (1961-65), monumental y emblemático proyecto de la Revolución en el ámbito de la cultura cuyas obras no llegaron a verse concluidas, simbólico abandono que representa una metáfora no solo de las artes, sino de la sociedad cubana.

Una buena oportunidad para disfrutar de esta historia que se presentó en la última edición del Festival de Cine de San Sebastián, donde fue reconocida con el premio al mejor guion, compartido en esta ocasión con la francesa Un hombre fiel (L'homme fidèle, Louis Garrel).

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