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La imaginación de Jesús Ocaña conquista el Centro Aguirre

Híbridos de humanos y animales inspirados en “la gente de la calle” protagonizan sus pinturas expresionistas se pueden contemplar hasta el 11 de enero

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Fotos: Saúl García
7/1/2019 · Gorka Díez

La que probablemente sea la exposición más amplia jamás celebrada con obra de Jesús Ocaña (Cuenca, 1957) reúne, dentro del ciclo Días de Arte Conquense, medio centenar de pinturas realizadas por este autor conquense a lo largo de la última década y tiene dos partes bien diferenciadas: la primera, a la que se accede por el lado derecho de la sala de exposiciones del Centro Cultural Aguirre, está llena de colores vivos, tan característicos del autor, y la segunda, que se puede empezar en el recorrido inverso, en estricto blanco y negro.

Dos formas de asomarse al arte en las que Ocaña se mantiene no obstante fiel al expresionismo abstracto y a su fascinación por personajes imaginarios, híbridos de personas y animales que es como, asegura, él ve “a la gente de la calle”, aunque bien podrían proceder de cualquier otra ciudad. O planeta.

La inclusión de las obras en blanco y negro, iniciadas a partir de 2010 aunque en su mayoría más recientes, son fruto de la buena aceptación que tuvieron las cinco que expuso en una reciente exposición al alimón con Miguel B. Ortega de nombre ‘Art, Fusión’ que acogió la sala Iberia. “Las primeras doce o quince las hice por probar, sin llegarlas a enmarcar ni nada, pero como a la gente le gustan, las hago de vez en cuando. A mí me parecen más sencillas pero también tienen su dificultad”.

El blanco y negro de estas obras remite a Antonio Saura. Pero sus figuras, lo mismo que el color de la otra parte de la exposición, tiene un referente claro: Bonifacio Alfonso (San Sebastián, 1933-2011), de quien Ocaña es su más confeso discípulo.

“Fue mi maestro porque para eso estuve con él tantos años. Primero como amigo, luego una década como su estampador. Muchos días me pasaba estampando sus grabados de cuatro de la tarde a diez y media de la noche. Estaba como una cabra, como todos los grandes pintores, pero era un genio”.

Las obras de Ocaña intensifican incluso el color de las de Bonifacio, que sobre todo en su última etapa “apagaba más los colores”. Se trata de un colorido lleno morados y naranjas que contrastan con Cuenca, “más de grises y verdes”. Y que tampoco le ha inspirado ninguna otra ciudad porque “aunque me gusta mucho viajar, ya apenas salgo por ahí a ver el mundo”. ¿A lo mejor es cosa de su carácter optimista? “No lo sé porque mi mujer me dice que no soy optimista. Pero sí es cierto que si pinto no es para contarle a la gente lo mal que pueda estar”.

Comienzos con De la Vega

Pese a la influencia de Bonifacio, Ocaña dio sus primeros pasos en la pintura con Víctor de la Vega. Con catorce o quince años, el venerado pintor le dio clases en el instituto Alfonso VIII y los sábados ofrecía una formación extra a algunos alumnos. “Nos quería enseñar técnicas de pintura y recuerdo una perspectiva que nos hizo de la fachada del convento de San Pablo, actual Espacio Torner, a mano alzada desde varias perspectivas. Lo hizo en diez minutos y aluciné tanto que me dije que quería dedicarme a la pintura”.

También recuerda una época, como pintor y estampador, en la desaparecida escuela de artistas y artesanos ubicada en la plaza de la Merced, donde coincidió con autores de la talla de Javier Pagola, Julián Pacheco, Óscar Lagunas, Adrián Moya, Perico Simón, Ángel Cruz, Elisa Lumbreras o Vicente Marín. Aunque entonces tuvo un incómodo encuentro con una persona de cuyo nombre prefiere no acordarse que le dijo que sus cuadros no valían nada: le molestó tanto que cogió los cerca de dos centenares que tenía y, tras fotografiarlos, les prendió fuego. “Luego me hice un kilo de filetes en la hoguera y me los comí. Aunque al día siguiente me arrepentí y me dije que tenía que volver a tener 200 obras otra vez. Quienes más me animaron fueron mi mujer y Miguel Ángel de Isidro ‘Goliardo’”.

Desde entonces no sabe si pinta mejor o peor, pero sí que “empecé a hacer algo diferente”: la imaginación, con Bonifacio como principal referente, se convirtió en su principal herramienta. Y nunca se ha planteado abandonar los pinceles. “Vender o que a la gente le guste mi obra me da igual, pero pintar me apasiona. Y al primero al que le tiene que gustar mi obra es a mí. Luego, si vendo, que en Cuenca eso es difícil porque, aunque hay gente con dinero, pocas quieren invertir en arte, pues mejor”. Pero el dinero que obtenga ya tiene un destino adjudicado: “Será para seguir comprando tintas y haciendo cuadros”.

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