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El arte de matar, según Lars von Trier

El director danés vuelve a los cines con "La casa de Jack"

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9/2/2019 · Pepe Alfaro

La obra del director danés Lars von Trier (Copenhague, 1956), que abarca casi tres décadas a caballo entre dos siglos, ha ido evolucionando desde las propuestas del movimiento Dogma, del que fue uno de sus principales puntales, que abogaba por un cine desprovisto de artificios narrativos, hasta la pura provocación indisimulada desarrollada en su último film, La casa de Jack, una vuelta de tuerca por intentar adentrarse en las manifestaciones del arte, en este caso viajando hasta la mente (y la tarea) de un asesino en serie, sin broma y en serio.

La película se compone de cinco incidentes, entre las decenas de asesinatos a cual más abyecto cometidos a lo largo de una docena de años en la América profunda de los años setenta, por este psicópata enmascarado tras el rostro del actor Matt Dillon, y que son narrados a un personaje de talante mefistofélico creado por el veterano Bruno Ganz, que también hace de narrador omnisciente, aunque el espectador no lo descubrirá hasta el epílogo de la función, cuando acompaña al asesino a los abismos de un infierno que parece una broma colorida al lado de la cámara frigorífica mortuoria donde el personaje principal almacena los restos de sus víctimas.

En los cuatro primeros episodios el polémico director pone directamente el dedo en el ojo de la violencia de género, tema especialmente sensible y controvertido socialmente, al cargarse a cuatro mujeres tan dispares como ingenuas, sin ahorrar al espectador las peroratas, inanes o directamente pueriles, que el demente utiliza como técnica preparatoria para el sacrificio, mostrado con ese estilo de filmar con la cámara al hombro propio del cineasta, dotando al relato de un naturalismo que incrementa el efecto de las brutales imágenes sobre el espectador.

La casa de Jack no es, pues, una película fácil de digerir. Al contrario, los espectadores deberían tener referencias previas sobre la historia y la crueldad de algunas imágenes, pues aunque el tema no sea excesivamente original (desde Henry: Retrato de un asesino a American Psycho se pueden encontrar en la pantalla verdaderos ejemplos de asesinatos espeluznantes), su tratamiento puede llegar a herir determinadas sensibilidades. Objetivo bien diferente es llegar a desentrañar las intenciones de Lars von Trier con esta historia, más allá de utilizar su cine como detonante para hacer gala de su carácter provocador, transformando la fascinación por el mal en el leitmotiv del film. La cuestión es que las disquisiciones sobre los límites del arte, la filosofía existencial o el misticismo inherente al ser humano que riegan las escenas de sangre parecen extraídas de un manual de saldo, y lo que al final prevalece es la radicalidad de unas imágenes que podrían haber formado parte de la enésima entrega de la serie Saw, como una de las más morbosas visualmente del cine de terror de los últimos tiempos.

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