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Especial Semana Santa 2019

Un paseo por la nostalgia lluviosa de Ana Isabel Martínez

"Soy muy observadora, y cuando paseo o me siento en un sitio de la calle me suelo quedar a observar", dice Ana Isabel Martínez, que expone hasta el 4 de diciembre en la sala Click

30/10/2013 · G. D.

Dice Ana Isabel Martínez (Albaladejo del Cuende, 1968) que los días de lluvia le transmiten paz y tranquilidad. Y ella es precisamente una mujer que transmite eso mismo: paz y tranquilidad. Así que nuestra conversación, en la sala Click de la capital conquense, donde hasta el 4 de diciembre expone 19 lienzos bajo el título ‘Un paseo por la nostalgia’, es como si tuviera lugar bajo un paraguas protector que nos refugiara de la crispación de la vida política actual, de la crisis económica y de sus devastadoras consecuencias. 


Aunque, más que ella, que se reconoce tímida, quienes hablan, por sí mismas, son sus pinturas: escenas cotidianas de días de lluvia con paseantes solitarios o en pareja que se cruzan con otros paseantes por las calles urbanas de Cuenca o de París, mujeres sentadas sobre su equipaje que aguardan en el andén a que llegue el tren que les acercará o les alejará de lo más querido. 


Aunque da la impresión de que la tristeza se asoma por varias de sus pinturas, ella matiza:  “Mis pinturas no son alegres, pero tampoco tristes. Yo creo que lo que transmiten es melancolía. Yo misma me considero así, y disfruto de mi melancolía, de mis momentos de nostalgia”, dice.


Alumna aventajada de Emilio Morales, con quien se inició en la pintura a una edad quizá un tanto tardía -los treinta años- si algo hace identificable sus cuadros, se retrate en ellos un caminante con paraguas o un paisaje, es la técnica: “Consiste en poner capa sobre capa, muchas, para dar la sensación de profundidad y de niebla, lo que me ayuda a representar esos días de lluvia y de nieve, del otoño en que nací”.


Aunque no es tan habitual que en Cuenca llueva casi diariamente como en ciertas partes del norte, ella recuerda que en los otoños de la infancia “el otoño era el otoño y había que llevar paraguas, pasear bajo la lluvia”. Y cuando llueve, cuenta, “la gente va como más calmada, más despacio”. Y eso le permite observar mejor e inspirarse.


“Soy muy observadora, y cuando paseo o me siento en un sitio de la calle me suelo quedar a observar”. En esos lugares de espera y de partida que son las estaciones se encuentra no pocas veces con sus musas: no en la estación del AVE, “donde no hay acceso a las vías y no se ven los andenes”, sino en las estaciones de tren clásicas, como la de Cuenca o la de Atocha, en Madrid.


Esta última aparece, de hecho, en una de las obras que se pueden ver en la sala Click. “Muchas veces me siento a esperar un rato largo a mis hijas porque el tren viene con retraso y veo a la gente. Hay muchos supernerviosos porque esperan encontrarse con gente a la que a lo mejor llevan muchísimo tiempo sin ver. Y otros con su tristeza a cuestas, al despedirse de los seres queridos. Son estados de ánimo que, aunque sé que es complicado, intento transmitir en mis pinturas, y que creo que en algunos casos lo logro”.


Aunque, probablemente, Ana Isabel podría haber captado más de una lágrima, no hay primeros planos en sus obras, sino seres humanos que pasean por la calle a cierta distancia, con el rostro difuminado, en muchos casos de espaldas. “Mi idea no es sacar a las personas, sino el paisaje urbano, una panorámica de las luces del día de lo que ves cuando vas por la calle en un día de paseo observando lo que hay alrededor”. Pero es detallista hasta en las ropas. “En otoño hay una luz distinta y todos nos vestimos con colores distintos al verano y a la primavera, como más oscuros”.


“¿Eres tú la del…”, le pregunta un hombre que interrumpe la entrevista. Ana Isabel responde afirmativamente. “Soy yo, sí”. “Me recuerda a Sorolla”, le asegura. “Sorolla tenía más luz, era más luminoso: mis cuadros son más apagaditos, aunque hay ciertos reflejos de sol de vez en cuando”, responde ella. El hombre sigue recorriendo los 19 óleos y, pasados unos minutos, se despide. “No me ha gustado: me ha encantado”. Ana Isabel Martínez ya tiene un nuevo admirador. Y eso es, de hecho, un poco lo que intenta al exponer estas pinturas: conseguir que la gente conozca su obra y, si puede ser, se sienta atraída por ella. “Me interesa que la gente sepa lo que pinto”. Otra cosa es que luego su obra se venda o no, porque no es fácil. La crisis ha reducido el ánimo de la gente a comprar pinturas, reconoce. “La verdad es que aquí en Cuenca no se compra mucho arte”. Claro que de vez en cuando se producen excepciones: solo el día de la inauguración de la muestra, vendió dos. 


Como, al final, con lo que Ana Isabel Martínez se gana la vida es con una explotación agraria y un empleo a tiempo parcial en la Federación de Automovilismo, acabada la entrevista se despide y se marcha hacia su puesto de trabajo. No lo hace con calma, como los personajes de sus pinturas, sino bastante rápido. No llueve y no hay charcos que sortear. Tampoco hace falta paraguas. Luce el sol y además es viernes. Este otoño se está portando muy mal con los melancólicos.

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